Cada domingo abro la sección editorial del periódico más importante de Colombia. Encuentro que ese espacio, justo el día en que más periódicos se venden en la semana, está dominado por dos firmas que tienen muchas cosas en común, demasiadas, diría yo. Se trata de dos mujeres periodistas con muchos años de experiencia que expresan en sus columnas, con mayor o menor fervor, una postura política de derecha, lo cual, por supuesto, no tiene nada de malo.

Leerlas en la edición dominical de El Tiempo es prácticamente una obligación de las poquísimas personas que solemos perder valiosos minutos cada domingo intentando que nos orienten.

En este país los comentaristas de la prensa escrita, porque en los otros medios la opinión no existe, estamos condenados a hablar de las malas mañas de los personajillos que pueblan este apesadumbrado territorio. En ese sentido, las señoras de los domingos, como la inmensa mayoría de sus colegas opinadores, cumplen a cabalidad con su papel.

Sin embargo, el asunto de la opinión periodística no puede quedarse en la repetición de la fórmula que consiste en referir un hecho y luego decir si a uno le gusta o no le gusta. Eso es muy fácil. Eso no orienta a nadie. Eso es ganarse la plata sin hacer ningún esfuerzo. Se toman muy literalmente la palabra “opinión”, como si se tratara de decir lo que uno piensa del vestido de fulana en la fiesta de anoche y listo, ya opiné, ya cumplí con mi sagrada misión de decirle a los tres pelagatos que me leen lo que tienen que hacer con sus vidas.

Por el contrario, un comentarista de prensa debe ir más allá del simple registro de los hechos; para eso están los redactores; debe ir más allá de la expresión fácil de un punto de vista; para eso están los chismosos de los cocteles. Un columnista debe ser profundo, debe analizar los acontecimientos con rigor, debe explicarse, debe explicar, debe ofrecer alternativas de interpretación de la realidad que renuncien a los lugares comunes y a las frases de cajón. Pero sobretodo, debe cuidar el tono, el ‘talante’, como solía decir Álvaro Gómez Hurtado, el maestro de una de las señoras de los domingos.

Ellas no lo hacen. Sus textos se han convertido con los años en predecibles peroratas ideológicas, escritas a los gritos, a propósito de alguna noticia rimbombante o rocambolesca; presumen de que sus fuentes las mantienen enteradas, “dateadas”, como si aún fueran reporteras principiantes; gastan tinta y yemas autoproclamándose idóneas para regañar a delincuentes y ministros y candidatos y presidentes, sugiriendo condenas a jueces, dando lecciones de moral a fiscales y contratistas; están convencidas de que sus argumentos en verdad causan un efecto avasallador en las decisiones de quienes destruyen todos los días las esperanzas de los millones de seres humanos que no leen el periódico. Y lo peor es que no están solas las señoras; decenas de escritores de una cuartilla, enquistados en sus espacios de medios de comunicación más o menos influyentes, se convencen de que sus formas y el ejercicio diario de su omnipotencia de intocables los exime de realizar esfuerzos adicionales que impliquen enriquecer sus posiciones en lugar de radicalizarlas, como si los matices fueran una especie la infección de la que es preciso huir a toda costa. Ahí están, los Vargas, las Sanín, los Rangel, los Londoño, y muchos más, pontificando, banalizando la importancia de su oficio, negándose a encontrar explicaciones por fuera de sus predecibles convicciones.

Y bueno, está lo del tono, lo de la manera, lo del talante. Cuando uno es el amo (o la ama) de las páginas editoriales de un diario de tanta importancia, podría suponerse que, además de estar bien “dateado” y de tener un ego monumental, también posee una mediana capacidad de expresarse en su lengua materna con una pizca de ingenio y sabiduría. Ni eso tienen las señoras de los domingos.

Hoy pasaré por alto la sección editorial y me concentraré en el crucigrama.

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