Por John William Archbold

Nadie debe juzgar a los religiosos, aunque ellos se sientan dueños del báculo que les permite reclamar sujeción sobre el mundo. En esos casos vale la pena obedecer a Jesucristo y recordar lo que dijo a sus discípulos mirando pasar a los fariseos: “De modo que haced y observad todo lo que os digan; pero no hagáis conforme a sus obras” (Mateo 23:3). Hay que profesarles el amor que ellos predican, aunque sigan ejerciendo el diabólico odio que a todos los humanos nos emerge en el sudor; hay que respetarlos como los semejantes que son, aunque ellos sigan sin concordar con el libre albedrío que a todos nos ha concedido su Dios.

Nadie debe juzgar a los religiosos; no es su culpa mirar como forasteros a las ovejas descarriadas y a las cabras que no encajan en sus rebaños; no es su culpa tener arraigado un dogma que convenció a los europeos de ser superiores, que les dio autoridad para cuestionar la existencia de un alma en los cuerpos de negros e indígenas, de asiáticos y maoríes, de los judíos que los engendraron y de los musulmanes que son sus hermanos; no son responsables de haber aprendido a dividir antes que a rezar, a quemar vivos antes que practicar la caridad. Se les enseñó a rastrear su dignidad en la miseria del otro y que el impulso que los elevaría hasta la diestra de Dios era el humo de los pecadores calcinados en el infierno.

No se debe juzgar a los religiosos porque cada uno de sus extremos está justificado. No es su culpa nacer manchados de un crimen tan vergonzoso como tomar frutas sin permiso. Nadie puede señalarlos de crueldad cuando su fe está cifrada en un Dios que ordena muertes para quien no descanse en el día que él ha señalado (Éxodo 31: 14). No es posible esperar que respeten la esencia humana cuando ese Dios ha considerado una inmundicia los procesos naturales que afloran en nuestros cuerpos y que posibilitan la vida (Levítico 15:19-33). Jamás se debe cuestionar que no tengan misericordia del dolor ajeno, cuando el Dios en el que creen permitió que fueran cegadas las vidas de diez jóvenes inocentes sólo para ganar una apuesta ante su peor enemigo (Job 1: 8 -22). No los acuses de no ser coherentes cuando siguen a un caudillo que ayunó 40 días en el desierto pero que, corroído por el hambre, utilizó todo su poder divino para maldecir un árbol por el simple hecho de no tener frutos.

No los juzgues. Dios ya lo había advertido, a nosotros y ellos mismos: Muchos declararían públicamente conocer a Dios, pero sus obras no serían más que repudio para su nombre (Tito 1: 16)

(Imagen tomada de: Jota Figueira)