Borges, ese argentino tan paradójicamente atípico y representativo de su país, no sólo me consideraría un estúpido por ser amante del fútbol, sino que también ridiculizaría esa extraña devoción que, así como tantos otros, profeso por el sistema decimal. Devoción que acaba de hacerse patente con la fascinación que me produjo el hecho de que la Copa América –conocida hasta 1967 como Campeonato Sudamericano de Selecciones- haya alcanzado los 100 años de antigüedad.

A esa fascinación se suma el dato increíble de que la Copa América es, además, la competencia futbolística internacional adscrita a la FIFA más antigua del planeta. De hecho, antes de la primera edición jugada en 1916 en Argentina, ya se había hecho un primitivo experimento en ese mismo país, en 1910, en el que se enfrentaron Argentina, Uruguay y Brasil.

En cien años largos era lógico que pasara de todo, máxime si es un torneo que se juega en un subcontinente tan pobretón y desordenado como este. Para empezar, la periodicidad siempre fue caótica: de jugarse año tras año en sedes fijas, en un momento dado el campeonato pasó a disputarse prácticamente cuando se pudiera, con una intermitencia impredecible. O incluso dos veces en un mismo año, como ocurrió en 1959. Más aún: entre 1967 y 1975 no se llevó a cabo ninguna edición, bache que desembocó en el cambio del sistema de sedes fijas, y que también aprovechamos para arrogarnos, a favor del torneo, el nombre que designa al continente completo, quizás como una pequeña venganza contra los gringos, para quienes los únicos 'americanos' son ellos.

El nuevo sistema de partidos de ida y vuelta en un subcontinente con distancias tan grandes era una locura financiera, así que no sólo muy pronto se volvió al sistema anterior, sino que más tarde se invitaría a equipos de otras confederaciones, lo cual valió para la estrambótica situación de que un exótico Japón haya sido un potencial 'Campeón de América' en 1999.

Sin embargo, de todas las rarezas que se han sucedido a lo largo de ese siglo -entre las cuales se cuenta la disputa del partido más largo de la historia (150 minutos: los 90 reglamentarios y 60 suplementarios en cuatro tiempos adicionales)-, hay una que quiero destacar: pese a que Argentina y Brasil son los dos equipos de mayor aprovechamiento en los anales del torneo (Argentina ha conquistado el 70% de los puntos disputados, y Brasil el 63%), los dos mejores jugadores históricos de cada uno de esos equipos -y que quizás también son los cuatro mejores futbolistas que ha dado el mundo- nunca ganaron el trofeo, si bien uno de ellos todavía tiene oportunidad de conseguirlo.

Sí, por inverosímil que parezca la Copa América nunca fue levantada ni por Pelé, que ganó tres mundiales, ni por Garrincha, que ganó dos, ni por Maradona, que ganó uno, ni tampoco por Messi, que no ha conquistado ninguno, pero que es el actual niño consentido del fútbol mundial y ha ganado lo que ha querido con su club, Barcelona.

Parece una maldición. Maradona fue convocado tres veces para jugar la Copa América, en una de las cuales (otra rareza) vistió el número 6 en la camiseta, y no el tradicional 10. Sin embargo, el mayor logro de ese portentoso futbolista en sus tres actuaciones fue un disparo magistral desde la mitad del campo en el Maracaná, durante el juego que disputaron Argentina y Uruguay en la edición de Brasil 1989: después de pararla de pecho, Maradona lanzó un largo globo al arco, la pelota bañó al arquero, se estrelló en el travesaño y rebotó hasta la media luna. Pero nada más para 'Dios Armando'.

Lo que ocurrió con Pelé y Garrincha es como para sentarse a llorar. 'O Rey' sólo jugó una Copa América, la de Argentina 1959. Como es casi obvio, resultó goleador del campeonato, con 8 tantos, y fue declarado el mejor jugador del torneo. En esa versión, la Copa se definía a través de un sistema de puntos, y no con una final. Con todo, y tal como ocurre muchas veces con ese sistema, en esa oportunidad coincidía el hecho de que los dos protagonistas del último partido del cuadrangular eran también los únicos opcionados para ganar el torneo. Argentina empataba  a 1 con una selección Brasil constelada de las estrellas que habían ganado el mundial de Suecia 58. El empate bastaba para Argentina, pero un triunfo coronaba a Brasil. Faltando pocos segundos para el final del partido, Garrincha se coló entre la defensa, remató al arco y venció al arquero. Brasil 2, Argentina 1. Pero no: el árbitro chileno, de cuyo nombre no quiero acordarme, pitó el final del encuentro cuando la bola viajaba entre el guayo de Garrincha y la línea de gol. Argentina 1, Brasil 1. Argentina campeón del campeonato Sudamericano de 1959. Sí señores: por culpa de ese mequetrefe, Pelé nunca ganó el único trofeo que le faltó en su carrera.

El caso de Messi nos es más familiar, por lo reciente. Después de perder por goleada ante Brasil en la final de Venezuela 2007, su equipo no pudo ganarle en dos finales consecutivas a Chile, para luego caer las dos veces en la definición por penales. Con el agravante de que fue el propio Messi quien erró uno de los disparos en la última disputada, que era nada menos que la correspondiente a la celebración de la cifra magnética de los cien años.

La situación parece asemejarse, pues, a la famosa carrera imaginada por Zenón de Elea, en la que Aquiles, representado aquí por esos cuatro astros inconcebibles del fútbol, por más rápido que corra jamás alcanzará a la tortuga, la cual simbolizaría a esa muchas veces subestimada competencia.

Paradoja a la cual, dicho sea de paso, a Borges le encantaba sacarle el jugo, y quien de no considerar estúpido ese deporte, quizás hubiese disfrutado lo indecible al ver llorar de esa manera a su compatriota 'infalible' el domingo pasado.

Imagen tomada de: taringa.net