Los cuarenta años que tengo, todos, completitos, los he vivido en un país en guerra. En 1976, cuando nací, Colombia ya llevaba varios años en estas. ¿Cuántos? No sé. Ni para eso nos hemos puesto de acuerdo. La mayoría de estudiosos del tema -académicos, politólogos, analistas- creen que el conflicto actual de corte contrainsurgente entre el Estado y la guerrilla nació al sur del Tolima, en una vereda de Marquetalia, en 1964; es decir, que tiene la medio bobadita de cincuenta y dos años. Medio siglo mal contado. Para otros, las raíces de este enfrentamiento que nos ha costado casi 300 mil muertos y más de seis millones de desplazados (todo un récord mundial sólo superado por los sirios), viene de atrás, de la época de La Violencia, esa brutal guerra civil en la que se mataron, a punta de bala y machete, miles de colombianos por el color de su trapo, rojo o azul, entre 1946 y 1958. De ser cierta esta teoría, nuestra guerra es ya septuagenaria. ¿Quién tiene la razón? Tal vez ninguno; tal vez lo cierto es que lo nuestro han sido las matazones desde siempre, desde que nacimos como patria. ¿Acaso, desde la independencia de España hasta hoy, los colombianos hemos hecho otra cosa con más juicio y perseverancia que matarnos?

Se nos volvió paisaje eso de vivir, de nacer, de comer, de crecer, de morir en guerra. Se nos metió la guerra a los ojos y a las tripas y al alma y a la casa. Se nos metió hasta a las novelas que nos divierten por la noche, a los titulares del noticiero que sintonizamos preferiblemente para ver las secciones de farándula y de fútbol. Sólo las canciones que tarareamos se han salvado de su influjo, de resto esa guerra que la mayoría de nosotros no ve, que no conoce, ha permeado por completo nuestra vida. Hace parte de las clases de historia en colegios y universidades, de las anécdotas familiares, de las discusiones en la mesa a la hora del almuerzo con la familia, de las peloteras de sillón mullido en Facebook o en alguna otra red social. En nuestra cotidianidad, en nuestro día a día, siempre ha habido un lugar para ella. La llevamos tan tatuada en el pellejo, nos colonizó tanto el corazón, que es posible que ahora, ad portas de ponerle punto final a este desangre eterno en el que nos hemos untado de porquería y de inmundicia hasta el cogote, millones de colombianos, en el plebiscito que tiene por objeto refrendar la firma del fin de la guerra con las FARC, voten por el NO, llevados, como los ingleses, por promesas de imaginarios pajaritos preñados, de mentiras repetidas tantas veces que millones las dan por ciertas, y que, por ende, no sea posible validar el acuerdo firmado entre las partes. ¿Se imaginan? Si eso ocurre, tendremos que cargar, ya no sólo con la vergüenza de ostentar el título del país con la guerra más antigua, sino que además, de ganar en las urnas Uribe y su combo de recolectores de firmas, de voceadores de odio, arrastraremos con el lastre de ser la única nación del mundo que decide democráticamente echar a la caneca de la basura la más sesuda y juiciosa negociación de paz que se haya logrado hasta el momento en el mundo. ¿Tanto amamos la guerra que no la queremos soltar, que no la queremos dejar atrás, que nos tragamos enteras mentiras que a todas luces lo son justamente porque deseamos seguir como estamos?

Que las FARC le entreguen sus armas a la ONU -las mismas con las que mataron, hirieron, amedrentaron, secuestraron a sus víctimas- y que con ellas se hagan esculturas, monumentos es simplemente un suceso que nos debería producir a todos una profunda alegría, un hecho histórico que nos debería devolver la esperanza, las ganas de nunca irnos de estos lares, de regresar a casa, de reconstruir lo destruido. ¿La guerrilla de las FARC desarmada y sus fusiles en obras de arte? ¡Qué cosa bella! Nada más ese detalle, que no tiene nada de pequeño, es suficiente para que todo el país esté brincando en una pata, abrazándose en las calles, haciéndose el amor en las esquinas. Armas, ya no disparando, ya no matando, sino adornando una plaza, un parque, recordándonos que estuvimos en el infierno y que logramos dejarlo atrás.

Así que no, no se trata de ser optimistas o pesimistas, no se trata de triunfalismos, no se trata de cegueras ni de que algunos de nosotros, por bobos, por crédulos, confiemos en unos cafres a quienes no deberíamos creerles ni el nombre. No se trata de no ser tan pendejos como para creer lo increíble, lo imposible, lo que hasta hace nada no era más que un sueño inalcanzable. Claro que muchos guerrilleros han sido una porquería con nosotros (no se puede generalizar porque miles están ahí obligados o porque el país no les dio ninguna otra opción de hacer algo distinto con sus vidas), claro que tenemos mil razones para dudar de sus intenciones, claro que no son confiables. Pero en este momento no se trata de apoyar a Santos o a Timochenko o a Uribe o a Pastrana. Ninguno de esos personajes son hermanitas de la caridad. Ninguno está libre de pecado. Pero eso no debe importarnos. Lo que toca es mirar más allá de personalimos, de protagonismos. Ver. ¿Qué es mejor, armados o desmovilizados, dando plomo o dando lora, matando gente en el monte, en las veredas, o arengando con micrófono en mano en las plazas? No es cuestión de optimismo, es cuestión de practicidad y, cómo no, de humanidad. Así que a la hora de votar en el plebiscito, no olvidemos, no pasemos por alto, que quitarle la A de su sigla a las FARC es, sin duda alguna, lo más grande que podemos lograr como nación en el último siglo. Es lo que nos va a dar a todos una segunda oportunidad sobre estas tierras. ¿Oportunidad de qué?

De que dejemos de creer que vivimos en un país de mierda.

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