Cuando leí sobre la publicación de los papeles de Panamá una de mis primeras reacciones fue de asombro. Según la noticia, 11.5 millones de documentos habían sido robados de las oficinas de Mossack Fonseca. 11 millones de documentos de al menos una página. No salía de mi asombro: mi biblioteca personal, fruto de 15 años de trabajo, ronda los 3000 libros; si promediara las 300 páginas el resultado sería menos de un millón de páginas. Creo que los funcionarios de esa empresa no podrán ser acusados de pereza o falta de diligencia en su trabajo.

Casi todas las revelaciones me parecieron obvias: Que los sátrapas de las antiguas repúblicas soviéticas tuvieran empresas offshore, o que los petromonarcas del Oriente Medio tienen empresas por esta región, o que asociados a Vladimir Putin o los ricos y algunos familiares de reconocidos delincuentes latinoamericanos estuvieran en esas listas no debería sorprender a nadie. Lo sorprendente es que no estuvieran en ellas. Si hubiera sido al revés, habría sido una revelación.

Las primeras informaciones comenzaban por señalar que las empresas offshore no son ilegales en si mismas, y puede haber razones cetrteras para sustentar esa afirmación. Si eso es así, hurtar esos documentos sobre relaciones legítimas es un crimen. Si se justifica su publicación con el argumento de la revelación de algún delito, volvemos a una pregunta clásica de filósofo moral: ¿Los fines justifican los medios? A esta pregunta creo que la mayoría respondería: “Depende”

La pregunta entonces es: ¿Cuáles son los fines en este caso? Aparentemente, buscar delitos, controlar la evasió, asegurarnos de que los ricos pagan su parte de los impuestos y que no los evitan por medio de estas compañías de papel (según la prensa) con una serie de recovecos legales que la mayoría no entendemos. Está bien, las dos primeras razones justifican la presentación de los papeles. Nosotros, los que pagamos nuestros impuestos, no podemos dejar de emocionarnos e indignarnos ante las maquinaciones de los ricos y reclamar por ello.

Creo que la mayoría pagamos nuestros impuestos porque no tenemos otra alternativa. Los evadiríamos si pudiéramos. Lo vimos durante muchos años en el pago del IVA o del impuesto al consumo; cuántos no le preguntamos al vendedor: “¿Si te pago en efectivo no puedes obviarme el IVA?” Si hubiera la posibilidad de elegir entre pagar o no pagar este impuesto, ¿cuantos lo haríamos por nuestra propia voluntad? En mucho, pagar impuestos es visto como un mal inevitable, en la misma categoría de fenómenos como la muerte. De allí que lo que hay detrás de los Panama Papers es algo más profundo que el pago de la cantidad de impuestos justos.

En diferentes partes del mundo crece la idea de que es necesario pagar más impuestos, sin saber muy bien para qué, pese a las voces que señalan que el aumento de los impuestos contribuye a desestimular la economía. Muchos ricos, como Warren Buffett, Bill Gates o Mark Zuckerberg, impulsan la propuesta de donar el 98 % de su fortuna a causas nobles (la eliminación de enfermedades, la reducción de la pobreza, la desaparición del hambre). De hecho, hace poco el gobierno conservador australiano anunció una rebaja de impuestos y 50 personalidades del país enviaron una carta donde recomendaban abandonar la idea. La idea de que se pagan muy pocos impuestos alcanza hasta la literatura; en la trilogía Millenium, al final del primer libro, los ricos Vanger ofrecen al protagonista, Blomkvist, pagarle lo ofrecido en otro país y así bajar su factura de impuestos, y éste señala, fiel a sus principios, que se le pague en Suecia. Parece estarse desarrollando una especie de masoquismo fiscal. Hay que pagar más impuestos, nos dicen los economistas en nombre de promesas vagas como financiar al Estado, ampliar la cobertura social, etc. Todos, sin embargo, protestamos cuando se anuncian alzas en la tributación.

En la práctica, la mayoría (ricos incluidos, claro) hace lo que puede para reducir el pago de sus impuestos, mediante el uso de exenciones que se consideran permitidas. En otras palabras, trasladan la presión fiscal a los hombros de otros. De allí que resulta poco menos que sorprendente la indignación por las revelaciones de las supuestas evasiones de Mossack-Fonseca.

La indignación y el supuesto ultraje de las revelaciones de los Papeles de Panamá (si lo miramos bien, casi nada, salvo que quizá algunos de los que se muestran progresistas, también caen en el juego) parece más una vuelta a la vieja idea del odio hacia los ricos y exitosos -que tiene antecedentes desde la parábola del rico que no pasa por el ojo de la aguja- que un genuino deseo de mejorar al mundo. Pensaría, incluso, que lo que realmente se desea por parte de muchos es privar a los ricos de su riqueza, sin importar si nadie más se beneficia con ello.

En la práctica el dinero desaparece, se usa, se esconde o se evapora, según el esquema tributario de cada país. No es posible afirmar que el dinero escondido en sociedades off shore serviría para, por ejemplo, el postconflicto, o para elevar la calidad de vida de los ciudadanos del país, o para mejorar los servicios públicos. Cada país tiene sus pozos sin fondo, Colombia es experta en ello. Quienes señalan las cifras de la supuesta evasión de los Panama Papers hablan de cifras astronómicas que marean el entendimiento y que, en sus palabras, podrían representar una supuesta mejora en la calidad de vida de los ciudadanos. Me permito dudarlo. Al final nunca sabremos cuánto dinero se dejó de pagar en impuestos, ni si ello hubiera hecho del mundo un mejor lugar. De todo esto solo quedan volutas de humo, como de tantas otras historias de las redes sociales.

Imágen tomada de: sport.es