Por John Better

En el mundo gay es muy frecuente el uso del apodo. Una forma divertida de “mariconear” al mundo llamándonos unos a otros como se nos venga en gana. El apodo entre los gays nos categoriza al interior del getho, nos brinda status o, por el contrario, nos ridiculiza de manera implacable.

No es lo mismo ser llamado La Loba (famosa artista del espectáculo trans en los años noventa) a ser conocidos mundialmente como La Cero Cero, el tristemente célebre travesti delincuente que causó terror en varias zonas del ejercicio de la prostitución en Barranquilla. El apodo también es una forma de fraternizar, una muestra de inconmensurable afecto, o que lo digan las queridísimas Cuca o La Abuela, personajes insignes de nuestra benemérita comunidad LGBTI.

La historia de mi apodo no tiene nada de especial, pero la contaré brevemente. Por aquellos años noventa el sitio de reunión gay era los oscuros parqueaderos del estadio Metropolitano. Noche tras noche, en enjambre, maricas de toda la periferia nos dábamos cita con fines de comadreo o sexo proletario con los más aguerridos cigarrones de los que se haya sabido jamás.

Éramos más de cincuenta allí reunidos. Recuerdo claramente a viejas comadrejas camaradas: La China y su cara de muñeca de trapo; la Boca de perro (hoy conocida como Linsay Duran), con su uniforme de “vigilanta” de centro comercial; La Aretusa y su cuerpo de vaciadora de concreto; La Fredalba (madre superiora), entre otras de las que un día hablaré, lo juro.

Una noche en la que hice mi arribo, una loca a quien le decían La Terror, exclamó:

.-¿Y ella quién es?

A lo que Fredalba respondió: "Ella es la Puertoriqueña".

Ahí fue mi bautismo. Y cada vez que me llamaban de esa forma sentía aflorar en mí un cipote de mujerón proveniente de alguna isla centroamericana, un hembrón digno de tocar las maracas y el bongó en las Chicas del Can.

Pero el tiempo pasó y no supimos cómo ni por qué. El Sida y los asesinatos hicieron su parte. Y aquella cofradía de maricas tejedoras de historias se fue mermando, las que se jugaron la vida entre redadas policiales o ataques de alguna pandilla homofóbica: las Américas del estadio, como fuimos conocidas.

Un día no quedó nadie en aquellos parqueaderos. Todo acabó. Cada vez que paso por esos alrededores miro con tristeza aquellas gradas donde fuimos tan felices. Cierro los ojos y aún puedo escuchar los aplausos en el improvisado reinado, las voces fantasmales diciendo: “Ahí viene la puertoriqueña”, y puedo verla a ella también, ofreciéndoles como respuesta una impecable pasarela montada en sendos tacones imaginarios que de pronto fallan por la voz a mis espaldas:

-Oye, yo a ti te conozco, mara, tú eres…

-Sí, soy yo.