Por Germán Arango-Ulloa

Aparecen en todas partes y por todas partes se meten. Nada parece detener la invasión veraniega de insectos que tiene al ochenta y pico por ciento de la población rascándose a cuatro manos. Picazón.

Zzzzzz... zzzzzzz... zzzzzzzz.... ¡plap! "Uno menos", digo con aire de triunfo, mientras retiro de mi pómulo izquierdo el cadáver, todo muerto él, escuálido, artrópodo y con una carencia casi absoluta de esqueleto, como corresponde, del enésimo mosquito que he logrado matar a bofetadas sonoras sobre mi ya enrojecida cara.

Envalentonado ante la precisión de mis cachetadas (de cada diez que me pego mato medio mosquito) y fingiendo demencia ante el dolor que me producen los moretones, tomo entre mis dedos índice y pulgar el inerme aunque enorme aguijón con alas. Altivo, lo paseo entre las caras asombradas de mis hijos y su madre –la de mis hijos— y lo exhibo ante la concurrencia ocasional como si se tratara de un trofeo. Después de rendirle tales honores lo deposito casi con delicadeza en una bolsa de tela asfáltica recubierta de plomo con refuerzos de acero blindado y cierre hermético a prueba de bombas que conseguí casi nueva en una venta de garaje de desechos nucleares.

Ustedes dirán que estoy exagerando, pero les juro que es cierto. Nunca, sin embargo, son demasiadas las precauciones que se deben tomar contra los mosquitos cuyo beso de muerte debe evitarse aún a riesgo de parecer un demente en trance de insecticida inquisidor.

Porque, mire usted, una investigación exhaustiva, llevada a cabo por la unidad investigativa entomológica de este cronista, muestra y demuestra que se trata de cinco millardos, setecientos millones, novecientos cincuenta y siete mil quinientos veinticinco clases de insectos, subdivididos en idéntica cantidad de especies, los que por esta época nos han invadido. Es decir, casi la misma suma de chinos que otros chinos más grandes son capaces de hacer en una noche.

De esa cifra, el noventa y nueve punto nueve por ciento eyaculan, riegan o segregan venenos que pueden producir desde una simple rasquiña –que deja de ser tan simple cuando la picazón da ahí donde la cosa se pone dura—, hasta la mismísima muerte.

De acuerdo con la mencionada pesquisa, el mayor índice de fallecimientos causados por los picotazos se debe de manera directa a las infecciones adquiridas vía aguijón. Esto es porque, por lo general, los insectos ahí –en el aguijón, digo— no usan condón. Ni en otras partes tampoco. También son frecuentes los casos de personas que se desnucaron o quedaron torcidas, y por tanto inválidas de por vida, al tratar de rascarse de manera simultánea la pantorrilla, detrás de la oreja izquierda y ahí, en esa profundidad donde la espalda pierde su nombre casto.

A esos datos habría que agregar el número desconocido de suicidas que optaron por lo que consideraron el menor de los males, ante las hordas criminales de insectos que invadieron sus casas, y los desplazados por las ídem, que no llegan a ser tantas como las de los desplazados por las bandas de paramilitares en Colombia, pero casi. Asimismo, la multitud de locos zurumbáticos que, como yo, andan previniendo a todo el mundo contra los besos mortales de los insectos, pero cuya vista de cachetón de pómulos encendidos y ojos de loco provoca más pánico que un insecto bizco, y ante el cual todos salen corriendo.

Como serán de resistentes y numerosos los mosquitos, zancudos y todos sus compinches armados de aguijón, que ni siquiera la primera potencia militar y nuclear del mundo han podido hacer nada para frenar su invasión, o al menos reducirla. Por el contrario, cada verano que pasa el número de especies e individuos de insectos que pululan, copulan y, claro, se reproducen en el ambiente, crece a una tasa del diecisiete por ciento. Esto, de acuerdo con estadísticas del Departamento de Agricultura estadounidense. Según esas mismas cifras, siete de cada diez personas picadas terminan infectadas con bacterias y virus que van desde las que solo dan risa, hasta las más graves, que producen la temible enterobacteria Escherichia Coli, alias E. Coli; la Amebiasis; el Dengue; el Chikungunya; el Zika; el aviar H5N1 e incluso el VIH y el Gerleinis-Y-Afines-HPs100, uno de los más peligrosos pues genera una dormidera cercana a la catalepsia mientras se chupa todos los recursos de los pacientes (de cada siete personas infectadas, cuatro llegan a morir si no son tratadas a tiempo con métodos eficaces. Ni se le ocurra ir a que lo desatiendan en una EPS.

Los principales focos de cultivo de insectos son los pozos de aguas retenidas, las frutas, verduras y vegetales en general, las manos sucias y, peor, los pies. ¡Ah!, y el cabello y, ni se diga, el bello vello. Sí: justo ahí donde acaba de pensar, malpensado.

Los insectos en general son fáciles de matar, pero difíciles de eliminar. De hecho, ha sido imposible acabarlos: no sólo se reproducen a velocidades comparables a las de los chinos, ya se dijo, sino que se acostumbran pronto y se hacen resistentes a los venenos usados para combatirlos. Desde las famosas diez plagas de Egipto, hasta la tristes celebridades alcanzadas en tiempos más recientes por Houston, Texas, como el “pantano de las avispas” (“the wasp bayou”), Miami, y Bogotá –en especial ahí, a espaldas de Simón Bolívar—, nada ni nadie han podido exterminar a los insectos.

Hay, sin embargo, algunas fórmulas caseras que dan buenos resultados. La más segura y popular es fumigar con humo. Consiste en encender la chimenea o hacer sahumerios con leña verde en lugares seguros, ventilados y vigilados, agregándole olores artificiales como el del “Canal del Congreso”, “Cannabis Zancudaris” y “La Merde”, que son tres de los más apetecidos.

Con mucha picazón,

Germán Arango Ulloa © Gau – 2016.

(Imagen tomada de Taringa)