Por Carlos de la Hoz Albor

Hemos de creer que la escuela también hace posible muchas verdades. Esta, por ejemplo: la mayoría de los seres humanos nos pasamos la vida buscando grandes respuestas para los males que nos aquejan sin saber que es la observación minuciosa de los pequeños detalles la que nos permite vislumbrar la salida a nuestras dudas e inquietudes. Digo esto sin pretensiones de sentencia y más como una tierna lección que me fue dada aprender gracias a la costumbre de no conformarme con lo que me sugieren las apariencias y asumir el acercamiento a la vida y el alma de los niños como el único libro que el maestro nunca debe privarse de leer.

Magdalena —identifiquemos así a la niña de esta breve crónica— se empecinaba en no leer, por más que mi agobiante insistencia se lo pedía y por más entretenido que estuviera el curso de la historia, que mantenía a todos en suspenso y del cual solo restaba el final (que yo había reservado para su voz, precisamente para su dulce voz). No hubo poder divino ni humano que la convenciera de ponerse de pie y leer el breve párrafo que nos dejaría saber si el malvado león se había salido con la suya o, por el contrario —y como anhelaba la concurrencia, yo entre ella—, los otros animales de la selva le habían dado su justo merecido y liberado a sus amigos, forzados por éste, desde hacía varios días, a penosas labores.

Fue necesario escoger a otro estudiante de entre las muchas manos que se levantaban pidiendo la oportunidad de leer el final de la historia, pues Magdalena no se decidió a hacerlo.

Complacidos con el desenlace, los niños salieron a recreo y yo me quedé con este acucioso interrogante revoloteando en mi cabeza: ¿por qué Magdalena no había querido leer?

No quise preguntárselo enseguida, pues mantenía la cabeza recostada sobre el brazo del pupitre y con las manos en los oídos, como queriendo poner una infranqueable barrera entre ella y el resto del mundo. Así que salí del salón procurando no hacer ningún ruido que interrumpiera el silencio perfecto que guardaba.

Tras comprar un refresco y caminar sin interés por los pasillos de la escuela, me acerqué a una ventana ubicada en la parte trasera del curso donde momentos antes había estado. Entonces lo vi: la pequeña Magdalena ya se había levantado y se asomaba ahora tímidamente a la puerta del salón para atisbar a sus compañeros y a los otros niños que corrían y gritaban en el patio de recreo. En medio de los pliegues de la falda azul de su uniforme, un enorme hueco (luido posiblemente por el prolongado tiempo de uso y las muchas manos de jabón de cada tarde) la obligaba a llevarse las manos atrás. Comprendí que su negativa de leer no había sido ningún acto de rebeldía, ni mucho menos una señal de incompetencia para realizar un ejercicio que, sabía, le agradaba, sino un desesperado mecanismo de defensa. Hubiese bastado con que se levantara para que sus compañeros vieran la desfondada falda y soltado una cerrada carcajada.

Terminé la jornada, abatido por la triste escena que había contemplado, moviendo la cabeza de un lado a otro, como quien se empeña en negar una realidad que lo apabulla, y con una sonrisita en los labios que no era de gozo sino de desencanto, de rabia y frustración.

Como una manera de expiar aquellos sentimientos decidí que en adelante, cuando uno de esos colegas de aire circunspecto que tanto abundan en las escuelas me preguntara con voz inquisitoria por qué los niños no leen, poniendo cara de quien ha descubierto una grave verdad sin titubear contestaría:

–Porque tienen el uniforme roto.

 
Imágen tomada de lasmayitas6