Que la lengua está viva es una verdad que se confirma en la calle todos días. Millones de hablantes martillan a diario las palabras, a veces con tanta insistencia, que terminan deformándolas, retorciéndolas, poniéndolas de cabeza.

A fuerza de decir -no de escribir- el lenguaje se mueve hacia adelante. No hay que olvidar que, en el umbral de las ficciones, la literatura fue oral. Así, hablando, los usuarios del español imponemos nuestros pequeños engendros, asumiendo con juicio nuestra insurgencia idiomática, sin que haya necesidad de procesos de paz con la Academia, sin que nos juzguen por delitos atroces, sin que nos quieran castigar con la cárcel o el destierro en alguna isla repleta de sordos.

Sarcasmo a flor de piel, yo solía jugar con el uso incorrecto de algunas palabras esdrújulas –esas simpáticas criaturas musicales-, en particular las que terminan con el manido sufijo logo. Con seriedad, como para que el interlocutor me corrigiera de inmediato, pronunciaba despacio los vocablos odontóGOLO, proctóGOLO, semióGOLO, radióGOLO.

Pero esa travesura inocente de defensor de la tradición terminó malamente hace poco, cuando mi amiga Viviana, siempre enterada y perspicaz, me sacó del marasmo de mi supuesta corrección lingüística al anunciarme que la Real Academia Española de la Lengua había incorporado a la lista de los vocablos autorizados el término murciégalo.

Corrí enseguida a verificar el dato y me encontré con una lista improbable de vulgarismos que hacía tiempo habían colonizado un espacio dentro de los diccionarios oficiales. Eran horrorosos ejemplos de la vitalidad de la lengua, de la omnipotencia de los hablantes, del triunfo de las guerrillas del venerable dialecto castellano.

No quise ver más y se me quitaron las ganas de burlarme de los alzados en armas que se atrevían a pisotear el idioma de mis maestros. Qué lengua viva ni qué carajo. Qué dictadura del proletariado hispanohablante ni qué nada. Qué insubordinación en contra de los ancianos académicos apoltronados en Madrid ni qué ocho cuartos. A mí que devuelvan mis palabras.

Después de la sorpresa, aliviada en parte con una aromática caliente que me trajo Viviana, no resistí a la tentación de intentar un texto con las palabras que había visto en esa página funesta. El resultado, que transcribo a continuación, terminó de una vez con el poco temple que le quedaba a mis nervios, me dejó sin querer hablar por varios días y me hizo pensar, por primera vez en mi vida, que a los guerrilleros (a los del idioma) hay que eliminarlos sin negociar.

Era otubre. Mis pasos de vagamundo me habían conducido hasta el mugroso apartotel en el que yacía junto a esta desconocida amigovia de buen culamen, muslamen y sobretodo pechamen. La dejé durmiendo y me fui a buscar unas almóndigas para el almuerzo; el hambre ya me estaba volviendo friqui. Antes de entrar al restaurante ya era posible olorosar las delicias que provenían de la paila, así que no perdí tiempo, me arremangué la camisa para evitar alguna mancha accidental y me dispuse a regresar con la comida. Pero algo abracadabrante me detuvo. Un gigantesco murciégalo colgado de las vigas de la posada me estremeció de pies a cabeza y por poco me hace soltar la bolsa de los cruasanes rellenos de crema, el postre que me habían ofrecido en el local. Como pude esquivé a la bestia, no sin antes tomarle una foto con mi celular. Al cerrar la puerta de la habitación encendí el pecé para tuitear lo que había visto. La chica, que salía del baño envuelta en una toballa, por fin abrió la boca para decirme, sin usar un solo palabro: “Papichulo, casi no llegas y pensé que moriría del hambre. Ya que estás en el pecé grábame en esta uesebé el nombre del restaurante; estas almóndigas están deliciosas. Será nuestro secreto." Me giré para mirarla justo cuando empezó a llover y me conflictué pensando en que debía quedarme con ella hasta que escampara. Debí estar muy borracho cuando la traje a dormir conmigo. Esta mujer tenía una espantosa cara de crocodilo.

(Imagen tomada de http://www.abc.es/)