¡Qué vaina con los “ismos" y los “istas”! Hay tanto rollo alrededor de esos sufijos, tanta necesidad de teorizar, de poner los puntos sobre las íes, que a muchos nos provoca salir corriendo para hacerle el quite a esa etiquetadera que en algunos momentos resulta excesiva. Y es grave que eso nos pase en cuanto al feminismo y al machismo se refiere, que el tema nos jarte, nos canse, nos mame. Porque todavía hay mucho por hacer, todavía falta camino por recorrer, todavía hay tela por cortar en esta lucha en la que ninguno de nosotros debería dar su brazo a torcer, esa lucha que pretende una cosa muy obvia y necesaria: que todos los humanos gocemos de los mismos derechos, deberes y libertades, independientemente de qué tengamos entre las piernas: pene o vagina. Que nadie discrimine, mate, pordebajee, humille, hiera o abuse a otro por su género.

El tema ha estado candente la última semana en el mundo tal vez porque el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, salió a decir muy orgulloso que él, hombre y heterosexual, es un feminista consumado. Columnistas feministas del país empezaron entonces a cuestionarse algo muy válido: ¿realmente puede ser un hombre feminista? Según Florence Thomas eso no es posible. Catalina Ruiz-Navarro, por el contrario, opina que sí, que un hombre puede ser feminista con algunas condiciones relacionadas a que renuncie a sus privilegios de macho, otorgados por una sociedad clara e históricamente patriarcal. O sea, para algunos estudiosos del tema el feminismo es cuestión de género y por ende está vetado a los hombres; para otros, ser feminista no tiene nada que ver con si eres hombre o mujer, sino con renunciar a ciertos “beneficios” propios del machismo que afectan especialmente a las mujeres.

¿Hay algo nuevo para decir alrededor del machismo, del feminismo, de los feministas, de los machistas? Tal vez no, tal vez ya se ha dicho y escrito todo, tal vez por eso estemos hasta la coronilla de la repetidera de la repetición. Hasta el lenguaje ha entrado en el debate. Ahora para ser políticamente correcto toca utilizar un idioma incluyente en el cual las mujeres no se queden por fuera, es decir, si vamos a decir “los”, debemos acompañarlo de un “las”. “Los” y “las”. Y así. La lista entonces es larga. De cuanta cosa, así como en la viña del Señor, se ve en este enredo en el que todos, nos guste o no, estamos involucrados. Hace nada, para que vean que en esto del feminismo no se ha puesto punto final, salió una famosa feminista británica a proponer campos de concentración para meter en una especie de cuarentena a los hombres. Eso a ella le parece muy normal, muy justo. A otra feminista, de la que no quiero decir su nombre, le escuché argumentar que como los hombres son hombres y no han sufrido lo que implica para una mujer ser mujer, se deben callar, no opinar al respecto, y mucho menos apoderarse de banderas que no les corresponden. La del feminismo, por ejemplo. O sea, según ella, como no soy de la raza negra no puedo hablar de racismo y como no soy gay no puedo hablar de homofobia.

Yo, que admito ser una completa ignorante en sociología y en todo lo que tiene que ver con el comportamiento humano, lo que creo es que un hombre puede ser feminista, incluso aunque sea machista. Por muchos años, como no lo entendía, me salí por la tangente, me hice la loca, no tomé ningún partido con el pretexto, bastante trillado, que soy humanista y pare de contar, que defiendo los derechos de todos por igual, no solamente los de las mujeres. Una posición bien cómoda, lo admito. Porque es que el feminismo talla, saca llaga, jode. Es una piedra en el zapato hasta para las mismas mujeres. ¿Y por qué? Creo que es porque somos, como ya lo dije antes, ambas cosas. Somos machistas y somos feministas. Y lo somos sin ser incoherentes porque el feminismo y el machismo no son polos opuestos aunque lo parezcan. Una cosa no es la contraria de la otra, conviven codo a codo.

Mientras el feminismo es un movimiento que busca reivindicar unos derechos, el machismo tiene que ver con una estructura social que coloca a los hombres en una posición de privilegio injusta que perjudica al género femenino, pero, que aunque no lo admitamos, nos da también a las mujeres algunos privilegios que no deseamos soltar. ¿Cómo vamos a decir que no somos machistas si nacimos y crecimos y hemos sido criados por machistas y hemos padecido una sociedad machista y nos hemos beneficiado de algunas condescendencias que el machismo nos otorga?

Cada vez que prefiero que un hombre pague las cuentas, soy machista. Cada vez que digo que una chica se busca lo que le pasa por fácil, por regalada, soy machista. Cada vez que en una reunión le hablo de moda a las mujeres y de política a los hombres, soy machista. Cada vez que me quito pelos de mi cuerpo para agradar a un hombre, para que no le dé guácala, soy machista. Cada vez que me alegra ser mujer para no tener que ir a la guerra, soy machista. Cada vez que le digo a mis hijos que sean machitos, que no lloren como nenas, soy machista. Cada vez que hablo de “quitamaridos” o de “perras”, soy machista. Cada vez que me atrevo a pegarle a un hombre porque sé que como a él lo criaron para que no me toque ni con el pétalo de una rosa no me va a devolver el golpe, soy machista.

¿En serio no puedo ser machista y feminista al mismo tiempo? Mi respuesta, que advierto no tiene nada de académica, es que sí, por lo menos yo soy ambas cosas. Porque como bien advierte la escritora Bertha Lucía Estrada, toda mujer es feminista por el simple hecho de poder realizar actividades que ahora parecen muy normales pero que hace nada eran campos vetados para las féminas como estudiar, votar, vestirse como quiera, ser elegida para un cargo público, trabajar como ingeniera o como obrera, tener una cuenta bancaria, cobrar un sueldo, andar en la calle sola, casarse con quien le venga en gana, planificar, maquillarse, no taparse el pelo, gastar con tarjeta de crédito, viajar y salir de su casa sin pedir permiso, no saber ni querer aprender a cocinar o a limpiar o a atender a la familia, etc. Hasta las que dicen que no lo son, lo son. No es necesario redactar una declaración pública para ser algo que somos desde que nos parieron, lo admitamos o no lo admitamos. ¿O es que esas que se declaran antifeministas van a renunciar a los derechos de los que gozan hace varias décadas gracias a que el feminismo se ha ido imponiendo, ha ido ganando terreno?

Es una cuestión de privilegios. Somos selectivas, cogemos de cada “ismo” lo que se acomode a nuestras convicciones, a nuestros prejuicios, a nuestra manera de pensar, de concebir el mundo, a nuestro propio patriarcalismo (aplica también para los hombres). Por esa selectividad es que puedo gritar a los cuatro vientos que soy independiente y que no necesito de ningún hombre para ser feliz o para hacer lo que que quiero hacer y cuando quiero hacerlo; y al tiempo me fascina que uno de ellos me pague todas las cuentas y sea el proveedor de la casa (aunque yo tenga con qué pagar), me cargue la maleta (aunque yo pueda arrastrarla), me cuide (aunque yo no sea manca), trabaje para complacer mis caprichos o mis necesidades (aunque yo también trabaje), me llene de regalos (aunque yo me los pueda comprar), me pague cirugías para que me vea más linda o más joven (aunque yo me las pueda pagar y aunque no las necesite). A ese tipo de machismo relacionado con la "mujer mantenida" no sólo le saco partido sino que además no quiero renunciar a los privilegios que obtengo de ahí, para qué voy a echar carreta.

Las que son como yo, las que no se incomodan con lo incómodo de un "ismo" o del otro (dejar de ser completamente machista es duro, ser totalmente feminista es teso), esas que no se deciden ni por fu ni por fa sino que toman de cada cosa lo que les calza, somos una acomodadas, unas conchudas. ¡Tremendas lechugas!

¿Es hora de que por fin nos decidamos a ser abiertamente feministas?

Siempre y cuando no zampemos a los hombres de cabeza en un Auschwitz, las espantosas estadísticas de mujeres asesinadas por ser mujeres lo que indican es que, ni para los hombres ni para las mujeres, es tarde.

(Imagen tomada de http://weloversize.com/)