Mi gratitud al Dr. Miguel Artel Alcázar, quien me dio la idea del texto.

Son tiempos exultantes para Barranquilla. El alcalde oprime feliz el botón que activa los explosivos que derriban el Coliseo Humberto Perea, prometiendo que allí surgirá uno nuevo orgullo de esta ciudad pujante y pionera; hoy, rumbo a mi oficina, veo un gigantesco afiche que cubre la antigua sede de la Federación de Cafeteros: es una hermosa imagen de la nueva sede de la Alcaldía en el sector de La Loma. Ello sin contar el hecho que se anuncia la demolición del Tomás Arrieta para dar paso al nuevo estadio Edgar Rentería -“nuestro Messi”, en palabras del alcalde- que cumplirá las normas requeridas por la MLB.

Desde que mudaron la oficina a Barranquillita me ha tocado recorrer el Centro con frecuencia. Más allá de la caótica, ruidosa y al parecer interminable hilera de ventas callejeras y los puestos de fritanga, es posible mirar los restos de una Barranquilla que se nos fue y que estaríamos en mora de recuperar. Pero me pregunto si esta recuperación se hace según los parámetros correctos o si simplemente es “La pica del progreso” con un barniz cultural y no más. Cada vez que veo el centro de Barranquilla y oigo las declaraciones de sus dirigentes y sus promesas grandilocuentes, no sé qué pensar.

Quienes vivieron los años cincuenta del siglo pasado veían una ciudad cosmopolita en pleno proceso, “un pequeño Nueva York”, en palabras exageradas de un amigo mío. Tal vez no lo era, pero en las calles no era extraño que un vendedor de pescados hablara con fluidez cuatro idiomas, mientras que los mercados estaban atestados de cabezas azabaches, rubias y pelirrojas. En pleno centro brillaba como un diamante el que solía ser el club de moda de nuestra urbe. Quienes lo conocieron cuentan que el piso era de mármol y las paredes estaban colmadas de azulejos empotrados en mosaicos dorados.  Ahora ese lugar, antigua meca del lujo y la ostentación, es un discreto centro comercial donde encuentras ropa a precios módicos, el caucho para la olla a presión, adornos para celulares y los repuestos para arreglar la nevera o el televisor.

Ver la sede de la empresa del hombre más rico de Barranquilla en esos años era observar una edificación neoclásica de muy buen gusto con el nombre del pueblo donde nació el comerciante: Beitjala. En sus pasillos se ordenaba la distribución para todo el país de los diferentes productos que Don Elías traía de diversas partes del mundo: telas, ropas, perfumes, cosméticos y artículos de lujo vendidos a sus coterráneos, quienes, a su vez, como hormigas, iban de pueblo en pueblo comercializándolos. En ese lugar hoy por hoy funciona un lúgubre depósito de telas y saldos y, ¿saben qué es lo más triste?, aún conserva las sobras esa elegante fachada, todavía son visibles los vestigios de otros tiempos, que fueron arrastrados por los años y ahora son el recuerdo de los que añoran las glorias marchitas

Pasar por las antiguas oficinas Art Deco de la primera aerolínea del continente es descubrir que donde antes se daban las órdenes de despegue para los aviones que nos conectaban con el mundo, hoy funciona una fábrica de películas piratas. Nuestro centro se ha llenado de chazas y de gente que ha creído en él. Elocuente es que la mayoría sean antioqueños que han puesto sus negocios y misceláneas, en los que se venden productos importados de la China a bajo precio. Digo elocuente, porque los Barranquilleros no creen en su centro. Lo abandonaron, sin más. Ni el mismo alcalde que sueña con llevar la alcaldía al sector de La Loma como una muestra de “progreso”.

El edificio de la Caja Agraria, un Premio Nacional de arquitectura, fue durante muchos años objeto de agrias polémicas porque impedía el desarrollo y ampliación del Paseo Bolívar; gran parte de Barranquilla, los bobales de turno según, Cepeda Samudio (léase dirigentes locales),  insistieron tanto en su demolición que un presidente le dijo a uno de ellos: "Por mí, derribe ese edificio". Gracias a Dios –y aquí sí, a Dios gracias- los burócratas del gobierno actuaron lento y la idea de la demolición se abandonó.

Crecí en el Barrio Prado y volver a él es descubrir cómo “el progreso” se lo ha llevado. La antigua casa de esquina donde me caí en la bicicleta y me rompí la cabeza contra el muro del jardín ha desaparecido para dar lugar a un centro comercial de un piso, un adefesio que permanece desocupado la mitad del tiempo. Mi calle de viviendas estilo californiano pasó a estar repleta de bares, casinos, restaurantes y oficinas. Las fachadas en arco desaparecieron, dieron lugar a vidrio y levantes que no recuerdan que allí jugaron niños, vivieron familias y se criaron hogares. La antigua Curia Arzobispal fue demolida y en su lugar se colocó una desechable venta de telefonía celular. El barrio es una larga lista de crímenes de Lesa Urbe. Mi vieja casa, que se salvó, es hoy una agencia de arriendos y los actuales propietarios han respetado su arquitectura.

Utilitarismo ante todo, pensamos: "Si es feo, para abajo, no se respeta ni su historia, ni su valor arquitectónico o de ingeniería". La Mansión Volpe, elegante edificación de amplios jardines, fue demolida para dar paso a uno de los primeros rascacielos de la ciudad; se nos dijo que donde vivía una familia hoy podían vivir 150. Utilitarismo. Se demolió el Humberto Perea porque según los estudios amenazaba ruina; como en su momento se demolió la cubierta del Back Stop del Tomás Arrieta sin que nadie cayera en cuenta, que el diseño de arco del Tomás y los postensados del Humberto Perea eran diseño del más grande ingeniero colombiano, que da nombre al Premio Nacional de Ingeniería, Guillermo González Zuleta, de quien se cumplieron 100 años de su nacimiento. Ni una línea en la prensa de la ciudad recordando su legado. De hecho destruimos dos de las tres obras suyas que hay en Barranquilla.  Utilitarismo y la pica del progreso ante todo.

Un Centro Comercial compró la antigua sede de un club de inmigrantes en cuya fachada estaban los escudos de las provincias del país de origen. La casa de hermosos azulejos y estilo español donde esa colonia recordaba su patria será hoy un parqueadero en una ciudad cada vez más caótica. Una edificación que era testimonio de las puertas abiertas de Barranquilla borrada por el interés utilitario de unos pocos y el desinterés de muchos. Cuando se demolió, salimos en las redes a lamentar y “llorar como mujeres lo que no supimos defender como hombres”.

Estos lugares deberían ser venerados como testimonios de la gloria que construyeron nuestros antepasados, de lo que nosotros o nuestros padres fueron testigos; por el contrario,  aquí solo dejan ruinas.

Y pensar que el centro histórico de Ámsterdam tiene ocho siglos y permanece en perfecto estado; que es corazón de la ciudad, motivo de orgullo y razón de pertenencia para sus ciudadanos.

Aquí las cosas son a otro precio. Barranquilla en su historia ha cambiado una y otra vez sus intereses, olvidando sus comienzos; al final ha dilapidado su historia rechazando los símbolos de su origen.

Nunca faltará voluntad para recuperar lo que se ha pisoteado, pero el olvido, y sobre todo lo utilitario, no admiten disculpas. Pocos lamentaremos lo que se perdió, la mayoría ni siquiera lo sabrá.