Por María Angélica Pumarejo

Especial para mis amigos de El Diablo Viejo

Y cuando ya pensaba que el abanico de los grandes personajes del cine estaba listo de repente me estalla frente a los ojos Jep Gambardella. Una figura como casi ninguna, con el dulce gesto de quien lo ha visto todo, ha fracasado en todo y sin embargo se ilumina con las formas de la belleza, que son todas, que es ninguna, acaso solo las que se arman adentro como ilusión por encontrarla.

La gran belleza, otra esencial italiana, es una bolsa donde cabe cualquier escena sobre la vida; es como Roma, una ciudad en la que la pupila no para de dilatarse porque de una cuadra a otra todo está, lo de antes, lo de ahora, lo oscuro, lo luminoso, lo que sea. Podría ser incluso cliché, pero es justo por eso que Gambardella la hace de principio a fin. El personaje es tan magnífico que en medio de la suntuosidad de la cinta uno lo busca a él todo el tiempo, como si necesitara de su gesto para sentir aprobada la emoción que despierta cualquier escena. Uno quiere sentir lo mismo que él, porque él siente perfecto. En ese hombre están todos los hombres.

Cuando aparece la primera vez en un primer plano luminoso ya se sabe que estamos ante un símbolo. La cara de fiesta es reveladora. Es su cumpleaños número sesenta y cinco y toda Roma se ha volcado a festejarle a él, el escritor de una sola novela, el crítico de arte, o reportero, o cronista de personajes únicos. Es el hombre de la fiesta, el que no ha escrito más porque se ha dedicado a la vida nocturna. En Roma hay tanto que hacer, la noche es larga, las luces la cubren, ¿cómo escapar a tanto esplendor? ¿cómo escapar a ser testigo de la mezquindad del hombre ataviado de lentejuelas? . Tal como lo dice “llegué a Roma para convertirme en el mundano mayor y lo logré”. Jep es nada más y nada menos que la morisqueta con la que el fracaso se burla del éxito mientras lo pone de frente al espejo. Este es quizás el punto cardinal de La gran belleza, la burla del éxito. Qué mejor escenario para hacerlo que la fiesta en la cultura romana, que entraña en su circo, en el más antiguo, la burla y el desprecio. La fiesta continua de Jep y todo su círculo de amigos es el gran circo donde se aprietan con cuidado de no rasgarse, todo el variopinto mundo de excéntricos bendecidos por su vida refinada, la misma sobre la que el fracasado escritor tiene una aguda lectura, como la que hace sobre la exitosa Stefania, su amiga de siempre, cuando ésta cuestiona al grupo de amigos en una de las tertulias que suelen llevarse a cabo en la terraza de Jep. Ella disiente del fracaso, para lo cual pone de ejemplo su vida productiva: once novelas, un libro de historia sobre el Partido, sus hijos, un matrimonio de años, todos los viajes y conocimientos que hacen crecer el país y la sociedad. Y Jep, con su particular estilo, apacible y centrado, la deja frente al espejo para hablarle de su mentira y su miseria: "escribiste la historia del partido porque eras la amante del jefe del Partido; las once novelas son de la pequeña y mustia editorial del Partido; tu matrimonio maravilloso lleva a cuestas una amante visible para todos; los hijos han sido criados por el servicio, el chofer, el mayordomo y ¿qué has hecho tú?", le pregunta, "cuál ha sido el gran sacrificio del que tanto te ufanas". Todos callan, ella acepta en silencio y se marcha. Jep no se ha equivocado y en esa escena lo amamos más, a ese hombre capaz de decir la verdad de manera tan limpia, tan irrefutable y tan llena de amor. Esa escena nos deja al lado de la gente de éxito, nos la hace mirar de reojo. ¿Qué carajos será el éxito?, ¿es el brillo de la fiesta, el mismo que se extingue cuando se apagan las luces del salón y se retira la corte?, ¿es el traje que unos poderosos le ponen a otros que se creen poderosos para que sean sus saltimbanquis mientras detrás de ellos se ríen? o ¿es uno de los lados de la gran belleza? Podría ser, la belleza no es pura.

¿Por qué no ha vuelto a escribir Jep?: “Buscaba la gran belleza, pero no la he encontrado”, eso responde. Lo extraordinario de este personaje es que él encarna la belleza en cada gesto, a lo mejor no sea sino autenticidad, a lo mejor ahí estriba la cuestión, a lo mejor solo es pura conciencia. La pregunta se la hace “la santa”, una monja de 104 años que visita Roma y que ha leído su novela y se confiesa su admiradora, cuando él le responde que no ha encontrado la belleza ella habla de sí misma, dice: "Sabe que solo como raíces, porque las raíces son importantes. Ahora lo pienso, las raíces como la conciencia, como el adentro, como la gran belleza, que debe ser una cosa solo posible de encontrar en el centro de la tierra o en algún punto de fuga".

La belleza de Roma casi que hace daño, hiere. Sobrecoge esa Roma nocturna, gran pretexto para ver todos los monumentos iluminados, lo demás permanece a oscuras, solo tiene luz lo bello, de ahí proviene todo. Un claroscuro es esta ciudad en la cinta, un perfecto Caravaggio. Solo se ilumina la belleza, es Roma como una bofetada al resto del mundo. Roma, como Jep Gambardella, ¿Ah, Samuel Whelpley?, es esta película donde nos han sentado a ver a ese personaje que nos empequeñece cuando irradia toda su generosidad para comprender de manera perfecta cada rasgo de esta mísera condición humana.

(Imagen tomada de http://www.lacriticany.com/)