Por Matilde de los Milagros Londoño

Vivir en una ciudad tan diversa como Nueva York me ayudó a entender algo primordial: los privilegios nunca han sido algo bueno en sí -de hecho, son la confirmación de la desigualdad- sino que son una oportunidad (y más importante aún, una responsabilidad) para que los privilegiados nos eduquemos bien. Y al decir “bien” no me refiero a ir al colegio o a la universidad -instituciones clásicas por donde todos los privilegiados pasamos ilesos y de donde salimos, casi siempre, con el mismo nivel de inconsciencia social con el que entramos-, me refiero a educarnos con el propósito de construir y aportar al mundo que nos rodea.

La curiosidad y observación son esenciales; preguntarnos sobre los contextos sociales de las personas que son diferentes a nosotros, adentrarnos en su historia y explorar lo que esa historia significa en la actualidad nos llevará a hacernos preguntas más difíciles y necesariamente incómodas que podremos responder sólo saliéndonos de las trabas de nuestra propia experiencia. Recuerdo las primeras preguntas que me hice, impactada, cuando estudiaba escritura en The New School: ¿Por qué mis compañeros afroamericanos sólo escriben sobre raza? ¿Por qué mis compañeros gais o transgénero sólo escriben sobre sexualidad e identidad? Y luego, ¿por qué no he sentido yo la necesidad de escribir sobre ninguno de esos temas? Y ahí tuve una primera revelación: Ni mi raza ni mi género han sido un obstáculo o una lucha en mi vida. Yo, a diferencia de los compañeros de mis ejemplos, he tenido el privilegio de poder escribir sobre lo que se me antoje porque mi vida no ha sido una súplica ni una exigencia ni un milagro.

De hecho, nunca necesité cuestionar, no fue sobre mi raza ni sobre mi identidad ¿Por qué? Porque soy blanca, heterosexual y cisgénero, y ninguna de esas categorías ha sido un problema. Al contrario, en casi todas partes y desde siempre, estas características han sido una injusta y arbitraria salvación. Yo he amado libremente y jamás me han discriminado por el color de mi piel. En Estados Unidos recibo frecuentemente comentarios como: “¿Eres de Colombia? ¡No puede ser! No pareces latina.” Y me lo dicen como si me estuvieran haciendo un cumplido. Como si me hubiera salvado de una tragedia por tener la piel blanca. Y me hierve la sangre de la indignación porque ahí entiendo que a los demás latinos los tratan diferente que a mí, aunque sean tan latinos como yo y eso no es justo. Porque me doy cuenta de que también aquí mis privilegios me protegen y que el resto de inmigrantes están, en pocas palabras, desamparados.

Mi existencia en este mundo ha sido tan cómoda y natural como respirar. Pero muy pocos tenemos el privilegio de pasar por esta vida sin obstáculos impuestos por otros, de inhalar y exhalar sin que el aire contaminado nos pudra los pulmones. De hecho, el resto del mundo, que es la suma de muchas culturas y minorías, tiene que luchar por existir. Y esa realidad no podemos sentirla los privilegiados, pues es imposible habitar la experiencia ajena, pero sí la podemos y debemos entender a partir de nuestra racionalidad y empatía.

Reconocer la carga tan pesada que resulta de los privilegios ha sido un proceso intelectualmente desafiante y emocionalmente doloroso. No ha sido intuitivo ni fácil de entender o de comunicar. Reconocer que mis buenas intenciones no me han hecho menos racista, sexista, injusta y violenta ha sido un golpe. Aceptar mi culpa-por omisión, por ignorancia, por comodidad y por vivir bajo las normas de nuestros hábitos culturales sin cuestionarlas a fondo- sin perderme el respeto es algo que no he logrado del todo. Sigo tropezando con la misma piedra y en el mismo pie cuando, después de grandes esfuerzos por reconfigurar mi visión del mundo vuelvo a caer, sin quererlo, en alguno de mis horribles lugares comunes. Y aun así he hecho el esfuerzo porque es lo mínimo que debo hacer, porque ninguna de estas incomodidades se compara, siquiera remotamente, con lo que sufren quienes viven bajo discriminaciones sistemáticas. La confrontación interna es la más poderosa contribución que podemos hacer para que haya un cambio duradero y responsable en Colombia.

Necesitamos empezar por un autodiagnóstico. ¿Cuáles son nuestros privilegios? Ser blancos, hacer parte de la clase alta, ser heterosexuales y cisgénero, ser católicos y ser hombres, por ejemplo, son todos privilegios en Colombia. Y todos ellos tienen como consecuencia el poder y la intolerancia. Intolerancia que se manifiesta en el machismo, el clasismo, el sexismo, la homofobia y el racismo, entre otras actitudes inherentemente violentas y abusivas que hemos normalizado y naturalizado desde nuestra burbuja. Y todas esas actitudes terribles se han impuesto históricamente y a la fuerza sobre el resto de colombianos a quienes el privilegio no cobija sino que ahoga. Y en consecuencia todos, todos, terminamos haciendo parte de una cultura violenta.

Creo profundamente que estas actitudes son la real causa de nuestra guerra. Por eso, hasta no reconocer nuestros privilegios y comprender el impacto que han tenido en nuestra historia, no habrá paz. Si seguimos portando el privilegio como una bandera virtuosa perpetuaremos nuestro conflicto. Reconocer nuestra responsabilidad va a ser duro e incómodo, pero es hora de abrirle espacio en nuestro diálogo colectivo al tema de los privilegios y todo lo que ellos esconden. Hay que poder desmantelarlos, afrontarlos, cuestionarlos, usarlos para bien y, ojalá, destruirlos.

Quitémosle la primera plana a la guerra para hablar sobre sus causas, tal vez así podremos algún día acabar con la guerra de verdad.

(Imagen tomada de http://jany.org/)