Tomado del muro de Pame Rosales

Ayer finalmente vi el video de La bicicleta. Quería disfrutarlo en pantalla grande, así que ignoré las millones de posteadas que tuvo en las redes sociales y esperé a verlo en la TV de mi casa. Después de verlo tengo que confesar que coincido con Rodrigo Blanco y con Andrés Rosales: muy opacos los colores para mostrar a este trópico, el cual se caracteriza -y casi que se representa- justamente por la viveza de los mismos. Al principio, le eché la culpa a mi televisor por esas imágenes que parecían sacadas de una película noruega de los sesenta. De hecho pasé por todas las opciones de contraste de colores, pero no fue mucho lo que mejoró. Aparte de la ligera emoción que me invadió por el hecho de que esa pobre ciudad saqueada, mancillada, humillada y despreciada hasta por sus propios hijos reciba ese pantallazo mundial, también debo decir que, salvo por la ausencia de los ubicuos carnavales, hay momentos en los que la producción, las ideas, la edición, las imágenes, las tomas, parecen las de uno de esos videos institucionales que hace la Cámara de Comercio de Barranquilla o la Alcaldía Distrital; de esos que pasan en un teatro antes de que empiece la película, y durante los cuales uno aprovecha para una última ida al baño o para comprar las gaseosas y las crispetas.

A veces parece hecho con sus propias cámaras por estudiantes ochenteros de la Autónoma que hubiesen sido contratados para tal efecto por el Telecaribe de la época.