A Carlos Barrera

Empecé a escribir esta columna con la idea de abordar el tema del paro camionero, que completa un mes y que ha generado pérdidas por 1 billón de pesos. Quería hablar de la degeneración de la protesta social, de la manera en que los politiqueros y monopolistas utilizan a los conductores de carga, y de las razones por las cuales las acciones que entorpecen el abastecimiento de alimentos se pueden catalogar como terroristas.

Pero, de la misma manera que cuenta en su columna de hoy mi colega y amigo Samuel Rosales Ucrós, me dejé tentar por uno de los innumerables videos que diariamente se comparten en Facebook. Hablaré yo también, entonces, de una corta pieza audiovisual captada en secreto con la cámara de un teléfono celular.

La imagen muestra el arranque de rebeldía de un estudiante de secundaria. Por lo que se ve, el joven debe tener alrededor de 16 o 17 años, la misma edad de mi hijo mayor. En medio de una clase el estudiante se levanta de su asiento y comienza a increpar a su maestra. Le dice que está cansado. No soporta más las quejas de la profesora acerca de los pocos avances de la clase. Le habla de sus métodos, que al parecer consisten en entregar a los alumnos montañas de fotocopias para que las lean, esperando que las fotocopias les enseñen lo que necesitan. Está enojado el chico. Está tan enojado que se atreve a decirle a su maestra que las fotocopias no enseñan. Que los que enseñan son los profesores. Que si ella quiere que los alumnos se emocionen con su materia debe entrar cada mañana y hacer que se emocionen, cara a cara, “si quiere hacer un cambio y que ellos mejoren deben tocar su maldito corazón”. En las imágenes se nota que lo que el joven pide no es difícil, ya que en el salón no hay más de diez estudiantes, como debe ser. La maestra le dice que está perdiendo el tiempo y lo echa del lugar. Antes de cumplir con la orden de desalojo, el protestante termina su diatriba diciendo a la maestra que se tome su trabajo en serio porque lo que está en juego es el futuro de los alumnos y del país.

Esta escena es conmovedora de muchas maneras. No se trata de una protesta banal. No es el ataque de un adolescente malcriado e irrespetuoso con la autoridad (se ve en todo el video que el joven evita a toda costa levantar la voz). No es un pájaro disparando ráfagas de odio a la sensata escopeta de la educación. Es una persona, un ser humano que conoce sus derechos y que tiene la valentía de exigirlos. Es un estudiante que pide que se tenga en cuenta su opinión en su propio proceso formativo. Es un alumno que no quiere estar afuera de su salón, que no quiere perder el tiempo, que no está contento porque se libró de la aburrida clase de lo que sea. Es alguien que se ha dado cuenta de que las cosas van mal y quiso hacer algo que los demás no se atrevieron a hacer: controvertir, con argumentos y sin violencia, a un superior que ejerce de mala manera su autoridad y su trabajo. Es un líder. Una voz que se levanta, desprovista de agresión y de odio, en medio del silencio de los que nunca dicen nada. Intuyo que al cerrar la puerta del aula, el chico de pelo largo se convirtió en hombre.

Al querer retomar el texto me di cuenta de que a lo mejor no me iba a apartar de mi tema original. Porque quizás el joven del video, el rebelde, el valiente, el reivindicador, dentro de poco también protestará en las calles cuando algo le parezca injusto, pero estoy seguro que no lanzará piedras contra la policía, ni quemará vehículos, ni bloqueará vías, ni dejará que toneladas de alimentos se pudran en una carretera. Pero sobretodo, no se dejará manipular por ningún politiquero oportunista.

A este país le vendría muy bien que los líderes del paro camionero fueran como ese muchacho que nunca voy a conocer y que se parece tanto al hijo mío.

https://www.youtube.com/watch?v=9r1_hq9nfPc