Por G. Jaramillo Rojas

Esta noche, si seguimos al pie el calendario, es la última noche de invierno. Para cuando despiertes será primavera y, para florecernos, pienso invitarte a saltar por las azoteas. Quiero que derribemos esas latosas nubes que con tanto recelo ocultan la gracia del cielo. Estamos sellados por el fuego. Creo que todo es posible, pero sigues dormida. Cierro mis ojos.

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Abro mis ojos. Te veo. En silencio me infecto con tus enfermedades de transmisión sentimental. Me dejo destinar por la fosforescencia de la mañana que tiene como único y elemental faro el aroma de tu cuerpo. Soy consciente de que sólo soy consciente de ti cuando no estás. Soy un maldito inconsciente. Pero ¿quién dice que la inconsciencia no puede ser la más auténtica forma del amor, tal como la muerte forja el indudable sentido de la vida? Duermes. Duermes con la serenidad de la infinitud. Por nuestras persianas se cuelan estelas de sol que dibujan la encantadora forma de tus dormitadas sonrisas asaltaruidos. Eres una ignorante de mi mañana pero eres mi mañana. También ignoraste mi noche pero la hiciste toda para mi insomnio de velas y sombras.

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Abres los ojos. Tú y tu ceño fruncido siempre a la misma hora de la mañana. Jamás comprenderé tu afonía después del largo mutismo noctívago. Tú y yo, desde nuestra habitación, nos derrochamos en la inmensidad del río y nos vamos por las rompientes de sus expeditas aguas, como dos embarcaciones que salen a descubrir. Nos miramos como jamás podrán mirarnos otros ojos humanos. Somos el despertar. El origen. Nos contemplamos realistas, sin idealismos ni glorificaciones, porque somos tan puros como impuros y tan perfectos como imperfectos. Somos una provocación y una esencia. Existimos como una belleza solitaria que no puede más que agradecerse a sí misma. Somos reyes inmortales que, sin saber navegar, se deciden a zarpar.

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Agarro tu mano y flotamos silbando fuerte entre los rápidos de las sabanas mientras se va tejiendo el suave delirio de la piel. Nunca paramos y no vamos a hacerlo porque en esta complicidad no caben los obstáculos. Seguimos por el aire en contra de la gravedad: tú como una pluma, yo como una hoja. El viento nos incendia con sus ecos. Giramos. Nos escribimos en los renglones de nuestras espaldas versos que sólo los dos entendemos. Preparamos el tiempo universal de las caricias y no nos acostumbramos a nada porque cada día nos revelamos como novedosas invenciones: así como somos, tan nosotros, así como eres, tan tú, así como soy, tan yo, nos galopamos desde el umbral mismo de nuestros rostros privados. De nuestras grietas públicas. Somos el sosiego que se consagra con la coalición de nuestras soledades. Somos un desarraigo que huye al reverso de cada beso.

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/ nadas entre mis alas de silencio e invocas mi aliento de placer / el volcán despierta y se derrama en cada sueño de seda sobre tus párpados forajidos / el amor no es casualidad / el amor es una biósfera de manos agarradas / de palabras acaloradas / que no duermen ni fantasean / el amor es una bahía / que custodia la vida / mientras reposamos anclados a nuestros ombligos /

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Seguimos componiéndonos a uno o dos nudos por hora. Caminamos por la cubierta principal, vamos rebeldes, exponiendo nuestros disfraces de invención natural y los manchamos con vicios y debilidades, con cosquilleos y contradicciones. Así nos liberamos permanentemente. Yo te hablo desde tu perfección y con absoluta transparencia. Utilizo tu mirada de estrellas y no te pido pasado, ni futuro, sino realidad y no tengo más testigos que la brisa y sus tímidas gotas que irrigan mi voz.

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Te escondes detrás de mis ojos y me llevas a romper la oscuridad de mis visiones. Eres el descanso. Pendes dentro de mí como si fueras un grano de arena que se deja arrullar por la inacabable agua del mar. Eres ola, me arrojas en picada sobre tu espuma emocional proponiéndome livianas lunas para la siesta y frescos soles para el atardecer. Te descifro en clave volátil y escribo con mi sangre el ardoroso susurro de tu sexo.

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¿Recuerdas que al dormitar, en nuestras espaldas un valle se blanquea en el éxtasis del amor? ¿Recuerdas la desnudez de los huesos?

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Entraste a mi vida echando puertas y ventanas abajo y, con una o dos baladas escritas sobre hojas secas empezaste a cambiar, lenta y extrañamente, todo mi lugar en el universo, hasta hacerme descubrir que los sentimientos pequeños son los únicos que crecen desmedidamente mientras que los grandes sólo pueden ser aceptados y batallados y perdidos. Desde tu llegada sólo dejo que tus manos sean las que traigan todos los ponientes y los astros y las lluvias y las noches. Yo sólo puedo abrazar tus labios con los míos, y así trazar, con la delicadeza de tu trato, la carta de navegación contra todas las tempestades, y trepar por las alturas y descender, en un segundo, por las pendientes más agrestes, permitiendo que cada ínfimo detalle nos queme como brasas o nos envuelva como vías lácteas.

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Ya nos tragamos el mundo con la frecuencia de aquel adolescente poema que te recité en el Titicaca. Éramos la fantasía escondida del valle sagrado de los Incas. Nos escondimos en Tarata a celar el techo de hados cochabambinos y soñamos con que fuera otoño para poder bailar desde lo más alto en el centro del continente sur. Con tu silencio puro me invitaste a respirar y me anunciaste una vida etérea, mientras el océano de la memoria chocaba las costas limeñas entufadas con nuestros besos en el barranco donde Miraflores se vuelve fantasía. Yo era muy chico y tú eras muy grande. Yo soy muy chico y tú eres muy grande. Aunque en los anales del mundo esté escrito que yo lo pisé primero… ahora sé, que si fue así, fue para esperarte y poder aprehender que sobre ti mis pasos deambulan mejor que por encima de las nubes más extensas del cielo.

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Al conocerme te perdiste sobre mis reflejos insondables. Y así empezamos a construir un todo, y también una nada, como dos vagamundos o como los turistas que se quedan, en elipsis, ante la revelación de sus almas en paisajes que no les pertenecen pero que no pueden dejar de habitar. Eres mi campiña y a veces siento pena porque tú me trajiste a tu lugar y yo abandoné el mío. Pero sonrío cuando recuerdo que ingresé a tu corazón y pude edificar allí una pequeña morada que es, para mí, un palacio, desde donde veo todo lo que sueñas y oigo todo lo que callas. Nos aparecimos uno en la vida del otro sin previo aviso y a la brava. También minúsculos e insurrectos. Al principio sentía que en una mano mía cabías, pero después descubrí tu cuerpo y me perdí en tu geografía. Posteriormente pensé que te habían hecho de arcilla para que mis lerdas manos de practicante de alfarería pudieran esculpirte, pero tampoco era real, hasta que un día descubrí que no eras tú sola, ni yo aparte, sino que juntos forjábamos el mismo río, la misma arena.

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Eres destino y cuelgas en mí como la hamaca que abandonamos en el Cabo de la Vela a la vera del desierto. Eres el misterio de aquella carpita que habitamos en el Tayrona la primera vez que nos fuimos, juntos, a declararnos el mundo. Sin saber, ese día hallamos nuestro secreto flotando sobre la libertad de un ángelus. Recuerda que florecimos expertos, husmeando el sol caribeño y sufriéndolo con ligeros espasmos de cariño que nos llevaron a chocar nuestros ánimos hasta la alucinación. Brillamos porque así lo quisimos y nos despedimos de los ocasos refugiándonos en cada alba. Hemos fumado y bebido mirando al suelo. Hemos repasado, una y otra vez, los irremediables deseos de la carne presente, haciéndonos del pasado y desconfiando del futuro. También nos hemos insinuado las negruras más profundas hasta caer en la confesión de nuestras cegueras luminosas y ebrios salimos victoriosos de nuestros respectivos cuerpos para fondearnos en el del otro como si fuéramos vasijas de sonrisas vivas.

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Somos el sentirsinsentido que fundamenta las ordenanzas de todos los principios. Y nada es tan mentiroso como lo que se sale de los dos. Y todo es irremediablemente pulcro si proviene de los dos.

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/ indestructible césped / tierra perpetua / del mismo jardín / somos / tatuaje en el rostro alborozado / y en el lagrimeado también /

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Sobrevivimos al tiempo como el agua pura que nos bañó tantas veces en el nacedero de la finca El Jobal. Latimos en mi habitación de puertas abiertas todos los viernes a la noche con el afable engreimiento de nuestras borracheras de amor. Sitiamos las borrascas de tus históricos desiertos con la misma letra etílica. Y a veces narcótica. Poseemos aquello que todos quieren poseer cuando se sumergen en sus adentros platónicos y se enteran de su longeva soledad. Acabamos con imperios gigantescos haciendo brotar nuestros mejores planetas en aquella vieja silla de madera dispuesta por la ciudad para los dos en la Avenida Jiménez. Las solitarias salas de cine de ese centro prostibular de la amada Bogotá fueron los lugares en donde aprehendí a repiquetear tu boca con la humedad de mis atolondrados pensamientos. Fuimos melodía en Quemchi y en Valdivia. Errantes privilegiados en Santiago. Violencia y estruendo en Buenos Aires. Acuarela en Montevideo. Historia mágica y medieval en Piriápolis. Polvo y mar en Lima. Luz y sombra en La Paz. Miedo en Salta. Odio puro en Potosí. Agua en Bariloche. Nieve en El Bolsón. Y épica en Necochea. Hemos tribulado como dos punkies antinosotrosmismos para después relamernos la transpiración con tus fotografías que son la duplicación constante de nuestra memoria del mundo. Y el Ultimo Ke Zierre, el Ultimo Ke Zierre, acaso la banda sonora que sabe sintonizar nuestros corazones sin tus bragas y sin mis calzones y con los pecados elevados al cuadrado.

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Desde el día que nos vimos por primera vez en aquel salón de ciencias en el primer febrero de este siglo empezó esta contradicción que nunca tuvo boleto de regreso.

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Ternura sempiterna que nos mata y nos resucita.

Millones de veces.

Palabras exactas que aún no escribo.

Porque no paran de suceder.

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Sé que nadie me puede quitar tu sonrisa, ni tus ojos dulces que empalagan mis adentros, sé que nadie puede arrebatarme la palabra seca y contundente de tu inconsolable aburrimiento y sé que nunca dejaré de arrojarme con desaliento a la inútil tarea de descifrarte en este mundo odioso y absurdo que no cambia y que se hunde cada vez más mientras se refleja en tu mirada triste.

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Tú, fea, hermosa, tú, tallada con todo el oro y toda la plata del mundo, tú, hecha de todo el trigo y de toda la tierra, tú, creada y bañada con toda el agua de los ríos, tú, envuelta por mis brazos y durmiente de mi pecho, tú, mancillada por mis besos y, tú, usufructuaria de mi alma, eres la altura máxima de mis fondos y el fondo máximo de mis alturas.

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Sube la marea. Nos ondeamos de lado a lado con la misma bandera y con el mismo viento. En la proa somos dos aves purpúreas que echan raíces para no parar de palparse ni de rozarse el alma.

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Lanzamos ácido a todo lo que no sea cariño.

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Sabemos que cada una de las lesiones y cicatrices que nos acompañan tienen la forma de nuestras bocas pavimentadas. Mordemos con delicia o con cólera el mal tiempo, mientras vertemos nuestras sangres sobre las palabras dichas y también las silenciadas. Es cierto que por momentos nos hundimos en agujeros de reserva, en obstinados abismos de flagelos vanidosos y narcisistas, pero también es cierto que, apenas podemos volver sobre nuestros centros, lo hacemos con violencia, derribándonos, con aquel amor criminal que es quizás el más excitante de todos los amores que ostentamos, así como el más fatal. Yo, por mi parte, después de cada contienda te doy besos más recónditos que tus depresiones y sé que logro limpiar esas ciénagas tan orgullosas como escabrosas.

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/ y es que también somos tragedia / feroz hoguera / ¿por qué negarlo? /

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Tú no te hieras en mí, porque es algo inútil. Y no me hieras a mí porque al hacerlo también te hieres y te expones a quedar sin memoria. Vamos por una ruta perpetua y a veces resbalamos, pero cada paso en falso nos ha servido para excavar bajo la tierra aledaña hondos pozos para volver a empezar no desde el principio, ni desde el precipicio sino desde el indicio. Este amor es así, susceptible y agresivo. Este amor es así y puede que no haga sufrir, como otros muchos, pero sí que sí sabe castigar y flagelar, cuando se lo propone, con la espera.

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Siento en ti la nacionalidad de mi cariño y algunas veces se me ocurre pensar que mi vida concluye en tus brazos con esa extraña pureza que a doble tiempo nos martiriza y nos encanta y que entre los dos forjamos de la nada, quizá aquél lugar desde donde todo, hasta lo más fantástico, es posible.

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Te quiero toda, de ojos a pies, a uñas y por dentro. Te quiero, así cambiemos tanto hasta parecernos extraños. Te quiero, así nos desesperemos y lloriqueemos y perdamos el equilibrio creándonos terribles nudos en nuestros estómagos.

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Te invito a rumiar nuestras guerras en contra de los incontables exteriores vaciados de mí y, sobre todo, de ti. Te invito a vivir hasta la muerte y a morir hasta la vida porque esta noche, si seguimos al pie nuestro calendario, es la primera noche de una nueva estación que espera a que tú, con tu ausencia, le pongas un nombre al ermitaño tiempo que empieza.

(Ilustración de Chirila Corina)