Por John William Archbold

En 1993 el politólogo Warren Farell publicó la que se ha convertido en una de las obras canónicas de los estudios sobre varones: El mito del poder masculino. Una profunda investigación que sustenta duras críticas al movimiento feminista y la manipulación insana y oportunista de sus bases ideológicas.

Antes de hablar del contenido del libro debería decir que Warren Farell era conocido por ser una de las caras más representativas del panorama feminista estadounidense. Era miembro de la junta directiva de la National Organization for Women (NOW), la entidad feminista más importante de los Estados Unidos en los últimos 50 años. Ante la circunstancia etérea de ser un hombre que defendía los derechos de las mujeres se convirtió en una figura mediática que aparecía con frecuencia en programas de televisión y revistas de variedades.

En los años ochenta la Corte Suprema de los Estados Unidos consideró una demanda que pretendía negar por completo los derechos de custodia a los progenitores tras un divorcio (cabe destacar que los hombres no tenían derechos legales sobre sus hijos nacidos por fuera del matrimonio); eso sometía la relación de padres e hijos a la completa voluntad de las madres. El apoyo que NOW manifestó a este proyecto provocó la disidencia de Farell y su posterior instalación como crítico de ciertas políticas que las organizaciones feministas venían adelantando. Su posición era clara: se estaba procurando una reducción de los actos discriminatorios contra las mujeres sin abogar por una verdadera equidad de género, de ahí su famosa frase: "El movimiento feminista ha hecho un trabajo excelente para liberar a la mujer de los papeles femeninos, pero nadie ha hecho lo mismo por los hombres".

Pero ¿De qué habría que liberar a los hombres? Se supone que el macho había sido el gran ganador de la pugna desde las épocas de las cavernas, era el primer sexo según Simone de Beauvoir, del que ya todo estaba dicho y determinado ¿Era acaso pretencioso señalar que los hombres también dispensábamos de una liberación?

El trabajo de Farell trató de demostrar, a través de una investigación sociológica sustentada en estadísticas oficiales, que el privilegio masculino era una verdad a medias. Los hombres sí, aparentemente, dominaban el mundo, aunque tuvieran desde el principio de los tiempos la obligación de proteger a costa de sus vidas las sociedades que gobernaban. Sí, eran los protagonistas en el mundo de la ciencia, pero la investigación del cáncer de mama y cuello uterino, así como las campañas de prevención y atención de los mismos eran un 80% más prominentes que las de cáncer de próstata y testículo. Sí, habían tenido siempre el derecho de trabajar, a costa de ver reducida su esperanza de vida en un 10% con respecto a las mujeres. Sí, el hombre era quien ejercía la violencia, y también su mayor víctima.

En Colombia y en nuestros tiempos la situación no es muy diferente. Los hombres seguimos obligados a prestar un servicio militar que hasta hace muy poco se convertía en un auténtico obstáculo para ingresar a una carrera profesional y laboral por el requerimiento de la libreta militar. Según el Forensis 2015 de Medicina Legal, los hombres somos víctimas de crímenes violentos en un 90% más que las mujeres y, a pesar de ello, las legislaciones particulares no se concentran en ese asunto. A los hombres también se nos exige una edad pensional mayor que la de las mujeres, y en el tema de custodia y repartición de bienes en caso de divorcio, seguimos teniendo desventajas ante los ojos de un juez.

A eso agreguemos la presión social a la que somos sometidos desde niños para encarnar el arquetipo clásico de varón, una exigencia que según otros teóricos como Michael Kauffman es la que conduce al hombre al ejercicio aparentemente natural de la violencia: contra nuestros semejantes, contra las mujeres, contra nosotros mismos. Lo interesante es que este es un proceso en el que las mujeres participan activamente. Desde pequeños nuestras propias madres nos prohíben llorar o mostrar rasgos de debilidad porque esas son cosas de mujeres, se nos enseña a mutilar nuestra dimensión emocional, incluso la artística o la estética, porque tenemos que seguir siendo el bastión valeroso capaz de sostener al mundo entero, de lo contrario seríamos menos valorados, el rezago que por ley de selección natural no es apto para reproducirse. Por eso los hombres tenemos la carga eterna de demostrar que merecemos ese título con H mayúscula, por eso nos adaptamos a lo largo de nuestra vida a condicionamientos y regulaciones que pueden ir en contra de nuestros deseos y posibilidades. Los guardias de esos cuestionamientos son nuestros propios congéneres, pero en muchos momentos, también las mismas mujeres. Y aunque el feminismo surgió para contradecir las visceralidades, lo triste es que podemos encontrar esos señalamientos en algunas mujeres que se proclaman feministas, como la señora Isabel Londoño Polo, de la Fundación Mujeres por Colombia, que afirmó categóricamente en su cuenta de Facebook que a los hombres se nos debía exigir certificado de heterosexualidad porque, entre otros peligros, el SIDA es una cuestión exclusiva de homosexuales.

Cualquier ser humano con un ápice de coherencia celebra las conquistas de la auténtica ideología feminista, pero también miraría con tristeza que se sigan ignorando las formas, aún más silenciosas en las que los hombres cargamos, a riesgo de mil hernias, con el peso de nuestros testículos. Es absurdo negar que somos tan victimas del patriarcado como ellas, aun los que no tenemos conflictos con nuestro sexo biológico y rol cultural. Porque al igual que las mujeres hemos sostenido privilegios y también correspondido a castraciones absurdas.

Un auténtico feminismo igualitario comprende que los hombres no somos un enemigo, sino un par político, un socio en el sostenimiento de esta estructura que nos ha negado a todos, de una manera distinta, y no tan en el fondo, parecida. Porque lo único tan difícil como tener vedada la entrada al mundo y no haber participado en su construcción, es seguir teniendo dificultades para acceder a uno mismo, a su interior, y esa es una imposición que tenemos todos. Los hombres de este tiempo no somos los culpables, las mujeres tampoco. La responsabilidad obedece a circunstancias tan anteriores e intrincadas que no vale la pena indagar sobre ellas. La igualdad auténtica, en cambio, es algo que nos compete a todos, y el gran reto es hacer gala de ese valor, de construirlo entre todas y todos, porque fue algo que jamás nos enseñaron.

(Imagen tomada de http://1.bp.blogspot.com/)