No me imagino el devenir de la Batalla del Pantano de Vargas si Simón Bolívar hubiera tenido correo electrónico. Probablemente no le hubiera  dicho al venezolano Juan José Rondón: “Coronel, salve usted la patria”, quizá hubiera preferido mandarle un email. En el hipotético caso que Rondón lo hubiera leído antes del desenlace de la contienda, creo que lo habría reenviado (forward) a sus lanceros. La suerte del enfrentamiento armado estaría sellada para entonces.

No se trata de caer en el facilismo nostálgico de que todo tiempo pasado fue mejor, de que las nuevas tecnologías nos embrutecen y que debemos volver a la Edad de la Caverna. No, no se trata de eso. Este rollo más bien va de hacer autocrítica -yo el primero- de una actitud leguleya y facilista que viene “in crescendo” en los distintos ámbitos, especialmente el laboral. El correo electrónico es una herramienta, no un fin en sí mismo.

Nuestros antecedentes no ayudan, somos hijos de una sociedad colonial, legalista y recriminadora, por lo cual es posible que con el correo hayamos encontrado la solución a nuestra desconfianza hereditaria, un alivio a ese afán de dejar por escrito nuestra posición para que después, cuando el barco se hunda, poder salir diciendo aquella bella expresión que nos hincha el pecho: “te lo dije”. Así nunca hubiéramos dicho realmente nada, así sólo lo hayamos escrito en un correo electrónico sin percatarnos de la obligatoria y necesaria complementariedad de la lectura de nuestra misiva.

Nos sentimos cómodos con el correo porque al enviarlo creemos que salvamos nuestra responsabilidad. Hemos asociado el trabajar a enviar correos, por eso saturamos las bandejas de otros con mensajes y mensajes que nunca van a ser leídos, por eso parecemos locos despavoridos cuando la red presenta una caída. ¡Qué pánico! Señores (incluye el señoras, por si acaso), lamento informar que no, que trabajar no es enviar correos, ni tampoco simplemente leerlos, es tomar las acciones necesarias para que cambie el mundo, para que algo pase, para que tal venta se consiga o tal operación se gestione y se ejecute, para que un cliente reciba un producto o un servicio. Trabajamos para que las cosas ocurran.

Los seres humanos no somos máquinas, tenemos incapacidades, vacaciones, citas médicas, días de la madre en el colegio de nuestros hijos, y también dormimos. Creemos que mágicamente por enviar un correo ya el destinatario no sólo lo leyó, sino que vamos mucho más lejos, creyendo que lo entendió. Nuestra prosa y lenguaje escrito es cada vez más limitado y ambiguo, nuestros signos de puntuación no siempre caen donde se debe, cambiando completamente el sentido de una frase. Una llamada a tiempo para asegurar la recepción, lectura y comprensión del “emilio” no está de más, y no me refiero únicamente a enviar el mensaje con “acuse de recibo”. Los mails tienen una retroalimentación muy limitada, si lo comparamos con una conversación de voz tradicional.

Las palabras se las lleva el viento dirán algunos, pero un correo electrónico no leído oportunamente (o no comprendido) no es mejor tampoco, tal vez no se lo llevará el viento pero sí las papeleras de reciclaje o, peor aún, el olvido. No nos quedemos con el conformista, triste y lacónico: “Ya yo mandé el mail”. Asegurémonos que Rondón sepa que la suerte de una batalla, de un ejército, de una nación y hasta de un continente depende de lo que hagan él y sus lanceros.

(Imagen tomada de http://marketingland.com/)