Todos los países tienen una fecha de referencia que sirve para aglutinar el espíritu colectivo alrededor del concepto de nación. La de Colombia es el 20 de julio de 1810, supuesto día en el cual el pueblo, harto y soberano, proclamó sus deseos de independencia del imperio español. No fue así.

España había sido invadida por el ejército de Napoleón y el rey estaba preso. Como respuesta a la incertidumbre derivada de esa situación, en algunos territorios de América surgieron conspiraciones para forzar juntas de gobierno provisionales, fieles a la corona española. Aquí, en la Nueva Granada, los líderes del movimiento, todos pertenecientes a la aristocracia criolla, descendientes de españoles y con muchos intereses económicos entre pecho y espalda, fraguaron la revuelta para hacerse oír de los franceses y para reclamar el regreso al poder de Fernando VII. De paso aprovecharon la confusión para sacar del camino al Virrey Amar y Borbón, quien les parecía sospechosamente afrancesado.

De manera que todo el alboroto que armaron -el florero roto y los discursos en los balcones y las anécdotas que han enriquecido por dos siglos la historiografía oficial- no fue por las nobles razones de la libertad y la autodeterminación, sino por miedo a perder sus privilegios. Tal fue el fondo de los acontecimientos que dieron origen a nuestra independencia (que se dio de verdad una década después): el dinero, los negocios, los privilegios de unos pocos, de una clase. Y allí, en ese escenario enrarecido, un puñado de protagonistas temerosos y oportunistas fundaron –esta vez sí oficialmente- la clase política de este país. Por supuesto que no pensaron en el pueblo, que ellos y sus familias explotaban; tampoco en la patria nueva, concepto del que carecían por completo, ya que su país verdadero era España.

Lo que pasó después ya lo sabemos. Echaron al virrey, formaron la tal junta, y el poder les quemó las manos. Torres, Carbonell, Caldas, Lozano (que tenía delirios de noble europeo), tomaron una y otra vez decisiones apresuradas e ingenuas; no entendieron que efectivamente estaban frente a una oportunidad histórica, pelearon por momentos con los pocos que sí lo entendían, cambiaron luego de idea, se mostraron torpes e ingenuos y tibios y volubles. Años después los fusilaron a todos porque no pudieron explicar que al principio la cosa era a favor del rey y luego su contra y después más menos. En esos desarreglados años, los de la Patria Boba, nuestros primeros líderes inauguraron una manera de gobernar que prevalece hasta nuestros días. ¿Y el pueblo? ¿La gente pobre? ¿Los que no sabían quién diablos era Napoleón? Nada. Igual. En las mismas. Como antes. Como entonces. Como ahora. Como siempre.

Porque las cruzadas políticas de Colombia, las más definitivas, se han disfrazando desde el comienzo de nuestros tiempos de patriotismo y dignidades nacionales, pero en realidad siempre han tenido que ver con mercachifles que no quieren perder sus tierras, su ganado, sus plantaciones, sus minas y sus esclavos. (Cabe anotar que el tema de la esclavitud no se tocó en ninguna reunión ni en ninguna proclama hasta que en 1851 fue abolida oficialmente por el gobierno de José Hilario López, año desde el cual los esclavos “de verdad” -negros- y los disfrazados -indios y mestizos- se convirtieron en mano de obra barata al servicio de los descendientes de estos proclamadores ficticios de la libertad.)

Ojalá un 20 de julio de estos los colombianos demos un verdadero grito de independencia, en medio de algún desfile conmemorativo, y proclamemos de una vez y por todas nuestra separación definitiva de la demagogia, de la política servida en la bandeja de las élites, de la torpeza, de la ingenuidad, y de la violencia que se origina al mezclar en la misma olla estos ingredientes venenosos. Es urgente y justo que nos independicemos de nosotros mismos.

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