La primera -y única- vez que asistí a una corrida de toros fui llevado más que todo por la curiosidad: quería decidir por mí mismo si era arte, como afirman categóricamente los amantes de esa actividad ("el colmo del buen gusto" las ha llamado el periodista Antonio Caballero), o si era un acto de barbarie, como aseguran en clave fundamentalista sus detractores. Al final, pese a que pensé que me llevaría mejor con los taurófilos (y ahora caigo en cuenta de que, de alguna manera, en esta categoría cabrían los dos grupos), mi balanza se inclinó un poco más a favor de los antitaurinos (también aquí cabrían los dos bandos): me pareció un espectáculo más bien barbárico, y sentí una profunda compasión por los toros de esa tarde.

He recordado esto a raíz del reciente revuelo que suscitó el hecho de que en España, en un acto de evidente defensa propia, un toro mató a un 'matador'. Los antitaurinos, que ponen a los dos protagonistas de esa noticia al mismo nivel en cuanto a derechos se refiere, explotaron en una esquizofrénica seguidilla de trinos de Twitter y estados de Facebook: algunos eran de regocijo, porque el toro hizo justicia por su propio cuerno; otros revelaban indignación, por la vendetta guajira que, de acuerdo a la tradición, le costó la vida a toda la familia del toro malevo. Lo cual, tanto el regocijo como la indignación, y a pesar de lo expresado en el primer párrafo, me pareció un poco menos excesivo que ridículo.

Es decir: el sacrificado en segunda instancia fue un simple toro. O a lo sumo varios toros y alguna vaca. No es para tanto. De lo contrario, en ese orden de ideas, y como ya se ha dicho tantas veces, tendríamos que sentirnos cómplices de asesinato cada vez que devoramos un filet mignon. O reconocer que -al menos en mi caso- varias veces al día baila feliz en nuestro interior el espíritu de un Hannibal Lecter bovino.

Sería peligroso que hombres y toros estuviesen al mismo nivel en términos de derechos. De ser así, me figuro que en las actuales circunstancias del planeta el ubicuo y numeroso ser humano correría el riesgo de morir de física inanición: por esa vía tendríamos que reconocerles también derechos a los cerdos. Y ya entrados en gastos habría que extenderlos a los jabalíes. Pronto quedarían cobijadas las serpientes, y tarde o temprano los camarones, los pulpos, los mosquitos y hasta los virus.

Refiriéndose a una situación similar a la anterior, Felipe González Armesto, catedrático de Historia en la Universidad de Tufts (Boston, EEUU), escribió así en su artículo titulado ¿Deben gozar los grandes simios de derechos humanos?: 《En una novela de E.M. Forster, unos brahamistas logran convencer a un misionero británico de que no es aceptable limitar la gracia divina a los humanos, sino que los monos también deben "disfrutar de su porción de dicha celestial". Y luego le preguntaron: "¿Y qué nos dirás de la salvación de las naranjas, los cristales y el barro?"》.

Con todo, el propio González Armesto, en el mismo artículo y basándose en argumentos de Peter Singer, catedrático de bioética en el Centro de Valores Humanos de Princeton y máximo autor del Proyecto Gran Simio, se pregunta si teniendo en cuenta sus características los grandes monos no deberían tener los mismos derechos de un ser humano en estado de postración (alguien que haya caído en coma profundo, o que estuviese aquejado por la enfermedad de Alzheimer en estado avanzado). Al fin y al cabo, desde el punto de vista mental, los primeros tendrían rasgos más humanos que los segundos.

De hecho, el reputado científico Carl Sagan trata este tema (el de los rasgos humanos en simios) en su ensayo Las abstracciones de los brutos. Sagan da cuenta allí de los experimentos realizados por Beatrice y Robert Gardner, dos psicólogos de la Universidad de Nevada que a través del Ameslan (lenguaje para sordomudos) lograron comunicarse con Washor, Lucy, Lana y otros chimpancés de estudio. Gracias a ello pudieron comprobar que estos animales tenían capacidades lingüisticas y gramaticales básicas que después, por medio de extrapolaciones espontáneas, pudieron ir complejizando. Por ejemplo, Lana, la chimpancé hembra, era capaz de distinguir los colores, pero en materia de frutas sólo conocía y podía nombrar las manzanas. Sin embargo, cuando se topó con una naranja ella, por su propia cuenta, la describió como una "manzana color naranja". Y cuando probó su primer rábano, 'dijo' que esa era una "comida que duele y hace llorar".

La discusión, como se ve, es de una dificultad abrumadora, por todos los elementos éticos que conlleva (y biológicos y morales y un etcétera que no terminaría). Tornarse fundamentalista en estos asuntos es evidentemente una muy mala idea. Por mi parte, tengo claro que no me interesa asistir a corridas de toros, por ejemplo, pero no estoy muy seguro de si éstas deberían prohibirse. ¿Y que hay con el hecho de montar a caballo? ¿No sería eso un abuso? ¿O con disfrutar de unos suculentos huevos rancheros? ¿Y quién debería tener más derechos: un humano en estado vegetal que espera una cura desarrollada a partir de experimentos con chimpancés, o un chimpancé que eventualmente sea capaz de transmitir el mensaje "no experimentes conmigo, por favor"?

El debate promete acaloramiento, porque cualquier límite es arbitrario. El escritor y reconocido animalista Fernando Vallejo habla de nivelar a humanos los derechos de animales que tengan "sistemas nerviosos complejos". Sí, pero ¿complejos según quién?¿Dónde se traza ese límite, si la evolución no es un fenómeno de grandes saltos, sino de cambios tan sutiles que llegan a ser imperceptibles.

En fin: no sólo sé que aquí no voy a llegar a ninguna conclusión definitiva, sino que ni siquiera seré capaz de deducir cómo diablos mantienen a raya a los roedores en las sedes de las sociedades protectoras de animales repartidas alrededor del mundo.

(Imagen tomada de http://www.hogarus.com/)