La palabra contratista suena a poder, huele a dinero, sabe a champaña. Cuando nos hablan de contratistas pensamos en contratos multimillonarios, en grandes obras de infraestructura, en puentes, en andenes, en túneles, en vías, en importantes intervenciones arquitectónicas, en aeropuertos, hasta en aviones y en armamento. Se nos pasan por la cabeza los Nule y los Sarmiento y los Jaramillo y los Solarte y tantos otros apellidos que se han lucrado como contratistas toda la vida. Signo pesos y un montón de ceros a la derecha. Cifras enormes que no caben en calculadoras de bolsillo. Licitaciones. Comisiones. Influencias. Carruseles y corrupción y desfalcos recordamos cuando el tema se pone sobre la mesa. ¿Pero relacionamos a los contratistas con la inequidad? Craso error no hacerlo.

Lo que conocemos como contratista no es un empleado de “nómina”; es un trabajador independiente y completamente autónomo que no recibe órdenes de jefes ni marca tarjeta. Tampoco es exclusivo; puede tener tantos contratos con tantas instituciones o empresas como pueda. Si da abasto, no hay límites. También puede subcontratar a otro o a otros para que cumplan las cláusulas contractuales del contrato comercial firmado entre las partes. Es decir, no tiene que hacerlo él a título personal ni con sus propias manos, pues el contrato de un independiente es de tipo comercial, no laboral. Es decir, un contrato de estas características no se rige por el Código Sustantivo de Trabajo sino por el Código Civil. ¿Derechos laborales? Obvio que no. Un contratista ni los tiene ni los necesita porque no está en una posición vulnerable como sí lo está un empleado, así que un contratista no tiene vacaciones ni prestaciones sociales, debe pagar altas sumas en impuestos cuando tiene trabajo y cubrir el 100% de su seguridad social. Todo eso es lo que está en el papel. La realidad, para variar, es otra. Por ello nadie tan indefenso, tan vulnerable a la hora de trabajar, como un contratista independiente que en realidad no lo es. En últimas no es más que un abusado al que le están robando por la derecha lo que se gana con el sudor de su frente.

En Colombia, a pesar de que la ley es clara y está prohibido contratar como independiente a quien va a desempeñar funciones de empleado, ni siquiera el Estado o las grandes empresas de los pocos grupos económicos dueños del país cumplen a cabalidad con las normas laborales que dictan nuestras leyes. Ellos, que deberían dar ejemplo, no lo ponen. Así que en general los dueños de empresas abusan y contratan mal, afiliando con demasiada frecuencia como contratistas a quienes en realidad sí son empleados, disfrazando sus contratos tras parapetos con características civiles para ahorrarse unos pesos a costa del bolsillo del capital más importante de cualquier organización, el humano. Y aquí es donde encontramos una relación estrecha entre la inequidad y el nefasto contrato de prestación de servicios. Porque en este país resulta que contratistas somos todos. Los médicos, los profesores, los abogados, los periodistas, los ingenieros, las secretarias, las recepcionistas, los actores, los contadores. Todos. Hay millones de contratistas independientes que en realidad no lo son pues cumplen horario, deben prestar personalmente el servicio, reciben órdenes de superiores, son subordinados, les pagan un sueldo mensual (elementos que indican claramente que existe una relación laboral entre contratante y contratista) y a pesar de todo ello son obligados a firmar un contrato de prestación de servicios sin ningún tipo de derechos laborales. Y a llorarle al mono de la pila.

La cultura de pasar por encima de los derechos laborales del otro está muy arraigada en nuestra sociedad. Es una práctica aceptada en las empresas y en los hogares. “No se le muerde la mano a quien te da de comer”, nos dicen a todos desde chiquitos. Y no lo hacemos. Agradecemos con la cabeza gacha a quien nos da trabajo como si nos hiciera un favor (así nos esté robando las prestaciones y las vacaciones y la dignidad laboral) y pretendemos que nos agradezcan de la misma manera cuando damos trabajo, inclusive, el más ingrato de todos, el de los oficios domésticos, aunque estemos pagando un sueldo miserable y desconozcamos los pagos extras que por ley nos corresponde cancelarle a esas señoras (porque en su gran mayoría son mujeres) a las que despectivamente llamamos muchachas, cachifas, coimas. Por eso es tan valioso el último logro alcanzado por las y los empleados de servicio doméstico. A partir de este mes en Colombia se les debe pagar prima como a cualquier otro empleado, así la prestación de su servicio sea de un día a la semana, así no sea interno o interna, así no vaya diariamente a laborar, así no haya firmado un contrato formal y el acuerdo entre patrón y empleado haya sido verbal. Conclusión: no podemos seguir marraneando ni pordebajeando a esas empleadas que se ganan la vida lavando calzoncillos de maridos e hijos ajenos.

El trabajo digno empieza en casa, o por lo menos, debería. Dejemos la tacañería y aprendamos a pagar lo justo. Tal vez por ahí, liquidándole todas sus prestaciones legales a la persona que nos lava los platos, nos prepara los alimentos, nos tiende la cama, nos asea el baño, entendamos que también debemos exigirle trabajo digno, trabajo decente, a nuestros empleadores.

(Imagen tomada de http://www.sconews.co.uk/)