Si hay una cosa que me parece común en la política colombiana de los últimos años es su hipocresía y su frivolidad, que alcanzan niveles de descaro.

Desde que comenzó la negociación con las FARC las partes se han enzarzado en agrias discusiones sobre el alcance de lo acordado, sin que ello pareciera afectar de forma particular a la opinión pública colombiana, dividida en partes casi iguales.

Los partidarios del gobierno son felices acusando al uribismo de doble moral y le sacan en cara diversas razones, desde los detalles de la negociación con el paramilitarismo, las acusaciones de corrupción y el encarcelamiento de diferentes funcionarios del gobierno, pasando por acusaciones de narcotráfico o enriquecimiento ilícito en contra círculo íntimo de Uribe; ello sin contar los señalamientos de homicidio o asesinato de supuestos testigos de delitos atroces.

Los uribistas se quejan -y los medios de comunicación hacen eco de la denuncia- de que son acusaciones infundadas, infamias no demostradas, o una clara parcialidad de un sector de la política “enmermelado”, y siempre resaltan que el presidente Santos fue uno de los más cercanos colaboradores del gobierno Uribe, como ministro de defensa. Se declaran víctimas de una persecución de los medios de comunicación, comprados por la tajada publicitaria oficial.

Ejemplo de estos desencuentros fue la carta que Santos le envió a Uribe para construir la paz, el nuevo país o yo no sé. Ya Antonio Caballero señaló que la carta no era para Uribe, sino para la galería (“Yo quería incluirlo, pero el no quiso”, para decir después), y la respuesta de Uribe, tal vez lo más sensato que le hemos escuchado fue: “No hay nada de qué hablar si ya todo está acordado”. Frívolos, sí, dominados por la vanidad, pero también hipócritas.

Ya parecemos olvidar que hace 6 años ambas partes estaban felices haciendo cambio de gobierno, con la sensación de que el saliente presidente dejaba sus huevitos en buenas manos, y todo atado y bien atado. Quienes en ese momento alababan a Uribe y reconocían su legado hoy son algunos de su más feroces críticos. Y no, no ha ocurrido una conversión espiritual como la de Saulo en el camino a Damasco, ni los ojos se les abrieron; simplemente se quedaron en el mismo bando: el gobiernista, aquel que tiene el dinero que los alimenta. Bailarán al son que les toquen: si es guerra, es guerra, si es paz, es paz. Un grupo de frívolos e hipócritas que cambiarán de postura según sus conveniencias.

En el uribismo, mas allá de los “altos valores de la patria”, lo que hay es un asunto de profundas vanidades heridas por una supuesta traición a su legado. Uribe no quiere la guerra, o la paz sin impunidad, como le gusta decir. Simplemente, su vanidad, y la sensación de que ha sido traicionado su legado, lo lleva a oponerse de manera radical al gobierno, pasando por alto el pragmatismo que supone cualquier ejercicio político. Es solo que el zapato está en el otro pie.

De allí que cuando escucho las razones a favor o en contra del gobierno me quedo callado. En este país somos tan hipócritas que el gobierno de turno, del mismo signo que el anterior, no se siente responsable de los actos que hicieron sus copartidarios. Lo vimos en los años de Gaviria y Samper, lo vemos hoy entre Santos y Uribe. La hipocresía es generalizada. En el fondo son cucarachas del mismo calabazo, como dicen en la costa. ¿O es que sinceramente creen, que en el tema económico hay diferencias entre la confianza inversionista y las locomotoras de Santos? Cada quien busca sacar réditos de las situaciones que se presentan. Con el paro camionero, por ejemplo, cada quien presenta su postura como compasiva o firme, según el caso.

Es cierto que la negociación con las FARC abre una puerta para que un actor armado se dedique a hacer política; es cierto que es preferible 5000 armas menos en la calle, y quizá el país sea más pacífico después de ello. Me río cuando veo las propagandas por la paz: Vemos el campo tranquilo, los niños bien alimentados, las calles limpias y el país andando hacia el futuro. No creo que sea cierto; este país cambiara el día que cambie la forma de hacer política y exijamos que sea un asunto serio y no de vanidades personales. Quienes hoy hablan de paz en el pasado sonaron los tambores de guerra, y quienes hoy hablan de “paz sin impunidad” consideraron factibles muchas cosas acordadas en La Habana. El asunto no es de blanco o negro, pero al estudiarlo, lo que se descubre es mucha, mucha vanidad de las partes. ¿Entonces qué hacer?

Al frente hay un plebiscito; estos señores hablarán de altos valores o promesas de un futuro soñado. Al final ninguna de las partes es un ejemplo moral a seguir. No votemos a favor o en contra de Santos o de Uribe; pensemos con cabeza fría y votemos no por lo que dice un caudillo, sino por el camino que vamos a seguir. En mi caso, en medio de tanta falacia e hipocresía, votar si es abrir una puerta al futuro.

(Imagne tomada de http://www.centrotampa.com//)