Zahra Azam es un nombre de mujer, pero ella no es conocida por ser una popstar ni una modelo famosa, de esas bellezas embrujadas con mirada misteriosa que brotan en Oriente; tampoco por ir puntuando en el juego de Pokemon go; ni siquiera por destellar en el difícil arte de la danza del vientre. Zahra Azam era afgana y es la última víctima de la costumbre del pago de “deudas de honor”, que no es más que una de las variantes de la violencia de género. Zahra fue quemada en vida, junto con el hijo que germinaba en sus entrañas.

Los machos somos muy machos en todos lados, en Colombia, en México y en Cafarnaúm. Afganistán no es tampoco una excepción: Zahra murió el pasado 18 de Julio en un hospital de Kabul, a sus 14 años. Agonizó varios días con múltiples quemaduras que le llegaban hasta los huesos; días antes había muerto su bebé en gestación.

La suerte de Zahra había sido sellada con anterioridad, a sus escasos 12, cuando las niñas deberían apenas estar soltando sus muñecas y definiendo su adolescencia y pubertad. El pecado de Zahra fue ser hija de Mohammed, quien se casó con una mujer sin autorización de la familia de aquella. La falta del padre tuvo que ser asumida por la hija, siendo entregada a la familia de su esposa como dote, donde reemplazó a la madastra y se casó con un familiar de ésta. Luego de dos años de esclavitud y violencia doméstica fue asesinada brutalmente por la familia de su marido.

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Estos crímenes de honor son justificados en algunas sociedades y en otras son vistos con un silencio cómplice. Las razones (absurdas todas) pueden ir desde tener relaciones con alguien que la familia no aprueba, negarse a casarse con quien la familia ha negociado, ser infiel u homosexual, incluso por vestirse provocadoramente, o hasta por ser víctima de violación. El número de “crímenes de honor” sobrepasa los 200 al mes, según el Ministerio de los Asuntos para la Mujer de ese país.

Taza Gul, la esposa de Mohamed, informó que ella misma fue abusada por su familia y que Zahra había sido apaleada y acuchillada previamente, sin que nadie hubiese movido un dedo por protegerla. En lo que va del año se registran más de 2.500 casos de violencia contra la mujer en Afganisthan, aunque la verdadera estadística es muy superior, dado que sólo se registran muy pocos casos, casi todos brutales y de violencia extremos. El homicidio de Zahra probablemente quede impune, como muchos otros, debido al poder económico que tiene la familia de su marido. La justicia rara vez es ciega, sino que sabe sopesar muy bien la bolsa de la víctima y el victimario.

Por acá no es que estemos para echar voladores, cada 13 minutos en Colombia una mujer es agredida y 3 son asesinadas por día, según un estudio de Medicina Legal. En el 2015 ocurrieron al menos 37.000 casos de violencia sexual y psicológica, con una mayor concentración en el segmento de niñas de 10 a 14 años. Y aún hoy estigmatizamos a las personas que valientemente trabajan por estas causas como epítetos como feminazi. Todavía falta mucho trecho por andar.

En muchos casos no hace falte quemar viva a un mujer; basta con calificarla con vehemencia por su manera de vestir, con suponer que nuestras abuelas, madres, hermanas e hijas están obligadas a ciertos roles, a atendernos, a arreglarnos la cama, a tenernos la comida lista. La violencia tiene muchas formas y se fomenta día a día, en la cotidianidad. Mientras poco a poco vamos construyendo una sociedad más equitativa, crímenes como el de Zahra tienen que hacernos comprender que nuestras sociedades deben destinar ingentes recursos y esfuerzos para garantizar los derechos de la mujer. Pero el problema no es sólo del gobierno ni de las ONG, es de todos. ¿Qué estamos haciendo para proteger a nuestras Zahras?

(Imagen tomada de http://www.frontpagemag.com/)