Por supuesto que esto de estar conectados por obra y gracia de la tecnología tiene sus ventajas. Uno se entera, avisa, opina, discute, se burla, critica, pero sobre todo, se esconde. No hay nada más impune que una persona que dice algo sin dar la cara. Tal vez por eso es que millones de personas se atreven a la aventura de la expresión en internet. Ya no existe la prevención implicada en la exhibición, el control derivado del temor antiguo a los ojos del otro. Las redes sociales fomentan la multiplicación de los vociferantes. Las personas que se ocultan detrás de sus pantallas están, por primera vez, desinhibidas, seguras, valientes, y suponen que ese nuevo estado favorece el viejo arte de la conversación. Se equivocan.

La dialéctica, como todos los ejercicios intelectuales, comenzó siendo oral y así se mantuvo por siglos, sin importar los avances tecnológicos. La irrupción del teléfono hizo que la comunicación parcial originara las primeras generaciones de camuflados: se podía hablar de negocios retozando desnudo en el sofá sin apenas despertar sospechas, era posible decirle a una mujer que la amabas mientras estabas sentado en el inodoro. Pero al menos quedaba la voz y sus inflexiones, sus afecciones, sus señales, sus tartamudeos.

Hoy basta con escribir -generalmente mal-. Largos párrafos o cortas frases son las herramientas del “diálogo” contemporáneo. Con alegría la gente afirma que está “hablando” con alguien cuando se le pregunta la razón por la que permanece horas con la mirada fija en su teléfono celular. No creo que tal cosa sea posible. Para que haya una conversación real se necesita ver la cara del interlocutor, ser testigo de sus facciones, de sus gestos, de los énfasis que se le escapan a sus manos, de la pronunciación, del tono. De lo contrario la información que llega es parcial y suelen ser frecuentes los engaños.

Le falta un mundo a un te quiero sin el susurro y el temblor. La ofensa no es nada sin el grito (aunque quieran disfrazarla ahora con el moderno disparate de las mayúsculas sostenidas). La impaciencia, el asombro, la aprobación, se reemplazan por caritas amarillas, simplificaciones burdas de los complejos recovecos de la comunicación humana. Y la risa, ese misterio, ya no tiene dientes; ahora basta con escribir tres o cuatro veces la sílaba “ja”, y listo, ya te reíste, ya el otro sabe que tu diafragma se agita con las contracciones efímeras de la felicidad.

Al hablar de personas que se esconden no me refiero a que no sean públicas las declaraciones, a que no sepamos con quién sostenemos nuestras “charlas”; más bien doy cuenta de un variado menú de posibilidades que ofrece este tipo específico de comunicación, el cual entorpece cualquier intento de diálogo.

Abundan los ejemplos en lo muros de Facebook, en los que a diario pueden verse desordenados ejercicios de verborrea que se ocupan casi de cualquier cosa, asumidos por sus protagonistas como necesarios paradigmas de la conversación. Sus temas suelen ser variados, pero los que despiertan más entusiasmo son aquellos que cuentan con adeptos tan furibundos que se confunden con fanáticos formados en montonera para pelear: animalistas, veganos, cristianos, uribistas y, cómo olvidarlo, feministas. La agresividad de los matriculados en supuestas causas colectivas, su paranoia, su tendencia a descalificar cualquier contradicción, tienen todas las posibilidades de ser asimiladas como triunfos contundentes de un grupo segregado que comienza a ejercer por fin su libertad. Pero si esas mismas discusiones, que no pocas veces se convierten en insufribles monólogos de personas que se creen poseedoras de cierto tipo de superioridad moral, se trasladaran a un foro académico, a una conversación de cafetería, al recinto de una comisión parlamentaria, a un salón de clase, los resultados serían distintos. Se podría saber que cuando citan algo tienen abierta en otra ventana la página de Wikipedia. Se podría confirmar que su serenidad es ficticia cuando comenzaran a gritar desaforadamente, temblando y con la comisura de los labios perlada de saliva. Se podría observar cómo los ojos burlones de los demás participantes delatan su tedio y su sorpresa. Se podría anticipar el fracaso de cualquier argumento válido, subordinado a las reacciones descomedidas. Se podría entender que, cuando la cosa es de viva voz, a los 20 minutos el militante se quedaría solo y, por física compasión consigo mismo, renunciaría a su monólogo aleccionador y soberbio.

Facebook permite posar de eruditos a vulgares parlanchines de feria; de perseguidores de nobles causas a personalidades megalómanas; de ecuánimes a extremistas; de equilibrados a inestables mentales. La verdad se queda oculta más allá de los teclados. Y si no existe verdad, la que se infiere no solo de los argumentos sino de la maneras, de quién es en realidad quien los expresa, no hay diálogo posible.

Por eso la supuesta conexión que nos ofrece internet no es tal. Acaso es una tribuna simplista, en la que nos está vedado el abrazo y el golpe, en la que se pueden asimilar como ignorantes a los más capaces, y como aptos a una tracalada de maleantes disfrazados de intelectuales.

En los muros públicos (no hay privacidad posible en una conversación en Facebook) de los "adalides de las nobles causas" se ha vuelto claro que no existe ninguna posibilidad de intentar siquiera una exposición civilizada de puntos de vista antagónicos, dada la virulencia e intolerancia con la que las que se van a acostumbrando a ventilar sus razones frente a las razones de los otros, aun cuando éstas les sean expresadas de una forma respetuosa.  Las ideas y su profundidad se vuelven invisibles cuando las personas lo son. No basta con tener una foto en el perfil para echarnos encima la responsabilidad de lo que decimos.

Las redes sociales no son el escenario adecuado para el diálogo, porque son el lugar de las medias verdades, porque allí, cuando escribimos sin que nos vean, podemos darnos el lujo de perder la poca vergüenza que nos queda.

(Imagen tomada de https://tctechcrunch2011.files.wordpress.com)