En días pasados, junto a la fuente del Centro Comercial Portal del Prado en Barranquilla, cumpliendo una sentencia de la Corte Constitucional, se realizó un acto de disculpas públicas para el joven Héctor Barrios Peña, a quien los vigilantes y funcionarios de dicho establecimiento acusaron de cometer actos “obscenos” en sus instalaciones sanitarias.

En términos de derecho, el caso era simple: el centro comercial acusó de forma pública al joven de haber tenido sexo en un baño de sus instalaciones; éste tuteló, pues decía no haber cometido ningún acto ilegal u obsceno; el centro comercial no pudo probar su acusación, y la Corte, después de surtido el trámite, ordenó unas disculpas públicas para resarcir el daño.

El acto, que fue aplaudido por la comunidad LGBTI del cual el joven es miembro como un avance en el respeto y el reconocimiento de sus derechos, causó un desbordamiento de inusual en diferentes redes, originando una gran cantidad de comentarios a favor y en contra, mostrando el grado de pugnacidad que produce el tema de los derechos de los homosexuales en nuestra sociedad.

Fueron varios días en los que en los foros de internet se descargaron las opiniones sin ningún freno: “Ahora resulta que les quedamos a deber a los maricas”; “Los baños para hombres del Portal del Prado son Sodoma y Gomorra”; “El diablo vino a destruir, y esta es su obra, se verán cosas peores”; “Los maricas son la cagada”; “Ahora hay que aplaudir a los maricas de los baños”; “Algún funcionario de la Corte muy parecido al acusado”; “Ni todo gay va a un centro comercial a tener sexo, ni solo los homosexuales cometen estos actos, quítense la venda, que más de un heterosexual ha participado en estos actos”. Opiniones que, en medio de la excesiva información, mezclaban dos cosas diferentes: de un lado, el acto de humillación pública a través de una acusación –infundada- a una persona, y por el otro, la idea de que los baños públicos son lugares a donde algunos hombres van en busca de un sexo rápido y no comprometido.

Esto último no es un fenómeno nuevo. Abundan las páginas pornográficas en las que se muestran de manera más o menos cruda, relaciones homosexuales en baños. Es bien conocido en Barranquilla que los baños del desaparecido cine Metro eran sitios de encuentros sexuales furtivos, así como la fama que tenían los baños y sillas del Cine Rex, temas incluso tratados con gran estilo en la literatura por autores como Jaime Manrique o John Better. En las redes sociales circuló algunos meses atrás un video supuestamente tomado en los baños del Centro Comercial Panorama en las que se podía ver a dos hombres que se erotizaban mutuamente.

En diferentes partes del mundo los baños públicos son, de hecho, lugares de ligue asociados a conductas homosexuales. En la antigua Roma los baños públicos fueron considerados por algunos historiadores como causa de la decadencia del imperio. Que la sociedad lo ignore o mire para otro lado es otra historia. En su diario, el dramaturgo inglés Joe Orton, describe con gran crudeza los ligues y conquistas que hace en los baños públicos de Lóndres. Publicado en 1986, causó gran sorpresa por describir hechos que ocurrían con frecuencia 20 años atrás (Orton fue asesinado por su amante en 1967). El libro mostró a la sociedad británica la habitual promiscuidad sexual en los baños de hombres. En otro baño, esta vez en Los Ángeles, el cantante George Michael fue acusado de actos indecentes en lugar público, contra un policía encubierto. Ante la acusación, Michael reconoció su homosexualidad. De igual manera a este sexo fácil sin protección en mucho se le atribuye la rápida difusión del SIDA en sus comienzos.

Nuestra sociedad se enfrenta a retos nuevos, como la aceptación de las conductas homosexuales en público, punto en el cual aún nos falta mucho. Circula por internet un video que muestra la sede de la Corte Constitucional en Bogota, donde un ciudadano denuncia un supuesto lobby gay que impone su agenda a la Justicia. En días pasados una diputada de Santander acusó a la ministra Gina Parody de imponer una agenda homosexual en los manuales de convivencia de los colegios. Comentarios fueron y vinieron, pero tenían algo en común: podían agruparse en el tipo: “Respeto a los maricas, pero que hagan sus porquerías a puerta cerrada, o donde nosotros no los veamos”, “Nos están imponiendo una agenda con sus gustos y perversiones”, comentarios que demuestran, más que homofobia y falta de aceptación de las minorías sexuales aun existente, una gran ignorancia sobre el tema, al mezclar situaciones de orden social no comparables. Eso sin contar el referendo sobre la adopción igualitaria propuesto por la senadora Viviane Morales, un asunto que trae a colación otro tema sensible: los derechos de los niños.

En el caso de los baños públicos (mixtos o no) como sitios de ligue, eso es una realidad existente y tolerada en gran medida por la sociedad, un rincón oscuro del cual, la verdad, no tengo una idea clara de cómo iluminar. Los baños son lugares públicos y el sexo es un acto privado que, visto en público, no tiene buen recibo. Solo sé que la humillación pública no es el recurso. Quizá, como tantas cosas en este país, se requiere un poco más de autoridad, y a la vez algo más de tolerancia. Algo contradictorio en apariencia, como muchas cosas en Colombia.

(Imagen tomada de http://i.huffpost.com)