El tiempo hace cosas con la gente. La estruja. La sustenta. La acobarda. La sosiega. La contradice. La rectifica. La amilana. La somete. La camufla. La absuelve. La condena. La libera. La devela. La desvela. La anestesia. La reafirma.

El escenario de un espejo a medianoche tal vez suponga la más idónea de las formas de la sinceridad. Allí, los rostros que a solas se enfrentan con la verdad irrefutable de lo transcurrido, no pueden engañarse. Pero estamos tan locos que a menudo le apostamos las últimas cartas al futuro, haciendo gala de una candidez conmovedora; hay que ver las filas para comprar la lotería, plagadas de ancianos que no podrían gastar los primeros centavos del premio mayor en los pocos años que les quedan de vida. Es el juego de ganarle una batalla perdida a lo irremediable.

Sin embargo, para que el mundo no se convierta en el silencio que lo gobierna todo luego de una queja en clave de alarido, nos vestimos de esperanza todos los días y hacemos las millones de cosas que se precisan para que por fin podamos vivir mañana. Le tenemos una enorme confianza a que mañana será el día. Esas millones de cosas de hoy servirán para el porvenir que nos aguarda. Debemos estar listos, apertrechados, armados. Y así se nos pasan los años y no terminamos nunca de prepararnos, el momento prometido no llega y ya no sirve lamentarnos por haber desperdiciado tanto, por haber confiado tanto, por haber esperado tanto. Cuánta inocencia. La ingenuidad de la madurez es una de las muchas paradojas del tiempo. Del tiempo que hace cosas con la gente.

Se ha hecho famosa la anécdota, referida por algún profesor cuyo nombre he olvidado, que da cuenta de nuestra incapacidad para entender lo efímeros que en realidad somos. En el cuento –que recuerdo aquí con las limitaciones de la memoria- un hombre pasea en su automóvil por una carretera y se detiene a observar el paisaje. A unos metros ve a otro señor, un campesino que descansa sobre la hierba. Una corta conversación se inicia:

-¿Usted qué hace ahí?

-Estoy descansando.

-¿Esta tierra es suya?

-No. Es del patrón. Yo solo trabajo una parte.

-¿Y no quisiera que fuera toda suya?

-¿Cómo podría lograr eso?

-Podría trabajar duro. De sol a sol. Ahorrar. Y con el tiempo ir comprándole al patrón, poco a poco, hasta que sea suya del todo.

-¿Para qué me serviría eso?

-Pues para tener una propiedad grande que sirva de garantía cuando vaya a prestar dinero al banco.

-¿Dinero?

-Si, hombre. Con ese dinero podrá comprar maquinaria y poner a producir esta tierra. Una parte para cultivar y la restante para criar animales.

-Entiendo. ¿Pero eso para qué me serviría?

-Para obtener ganancias y con el tiempo fundar una empresa agrícola. Contratar empleados. Con las utilidades de esa empresa puede comprarle la tierra al vecino. Así el banco le prestaría más dinero y ya no solo cultivaría y criaría ganado sino que usted mismo podría transformar esos productos y venderlos en la capital.

-Ah. Claro. Venderlos. Perdone, pero sigo sin comprender para qué me serviría hacer todas esas cosas.

-Por favor. Si está muy claro. Con su trabajo, su disciplina y su tenacidad, usted podría conformar un imperio agrícola. Construir una casa grande. Tener personas a su servicio. Acumular un capital importante. No depender de otros. Ser el jefe.

-¿Qué lograría con eso?

-¿Es que no lo ve? Al final de su vida, después de tantos años de esfuerzo, usted podría darse el lujo de descansar sin preocuparse por nada.

-¿Y todo eso para poder descansar? Señor, con todo respeto, usted está más loco que una cabra. ¿Usted me dice que debo dar todas esas vueltas para que cuando sea viejo pueda hacer lo que estoy haciendo justo ahora? No me crea tan pendejo.

Pensé mucho en esa historia luego que mi doctor me comunicó, con grave ceño, que me había descubierto una inflamación cardíaca. Y sin embargo, ignoré a propósito su significado, le dejé esos idealismos a las ocurrencias de la ficción, y me fui a trabajar duro para poder descansar algún día.

A propósito, el doctor me dijo que este mal del corazón se debe, casi con seguridad, a una infección viral. Como solo soy un ingenuo a medias, no creo mucho en esa causa. Creo, por el contrario, que el corazón se inflama de tristeza, de orgullo y de amor. Esos son tres invaluables regalos del tiempo. Del tiempo que hace cosas con la gente.

(Imagen tomada de http://christhood.org)