Por Germán Arango Ulloa

Me apena decir esto pero tengo que hacerlo para calmar el dolor de parto que me agobia por estos días: La Habana, se ha convertido para muchos colombianos –demasiados, diría yo— en la sala de espera con mirador virtual incluido donde con ansias se quiere ver abortar el desde siempre esperado parto de la paz.

En efecto, los colombianos que aún sobreviven por obra y gracia del Espíritu Santo y otros hacedores de milagros surtidos, están pendientes del más mínimo movimiento que se haga en ese lugar: nadie sabe en que momento ni –lo que es peor— por donde va a salir la tan temida paz. Entonces hay que estar alerta para que no trascienda y –lo que es mejor— abortarla, matarla pronto, y de una vez por todas para que nadie la pueda ver.

Sí, porque a diferencia de lo que por lo general ocurre en las maternidades normales, donde el trabajo de parto toma poco tiempo y al anunciarse el nacimiento se hace todo lo posible para que la noticia se expanda y todos los interesados puedan verla y disfrutar con el acontecimiento, en Colombia algunos personajes hacen hasta lo imposible para que la paz no sobreviva, y mucho menos para que crezca.

Por eso –entre otras cosas y de manera paradójica—, se le sigue echando leña al fuego de la guerra. Aunque claro: es leña seca, por supuesto, para que no haga humo, y queme sin dejar rastro.

Esa leña seca es la misma que se ha arrojado a la candela eterna en que se ha venido cocinando desde siempre la violencia, también perenne, que se padece en Colombia.

Son la leña y el humo espeso del fraude, del despilfarro, de la estafa, del engaño, de la corrupción y las mentiras desbocadas y generalizadas. Son el humo y la leña abrasiva del robo, de la codicia y de la arrogancia. Son el humo y la leña banales aunque dañinos de la intolerancia, del racismo, del machismo, del fanatismo religioso y político, del sexismo, del clasismo y la discriminación. Es la leña quebradiza de la ignorancia, del oportunismo, del soborno y de la sumisión. Son la leña y el humo también – ¿cómo no?— contaminantes, que carecen de solidaridad y abundan en indolencia. Es la leña encendida de envidia, de egoísmo… y de todos los demás odios.

Es la leña, en fin, que arrojan al fuego de la violencia los que no quieren que haya paz, porque le temen. A quienes –mejor— no les conviene la paz ajena por eso, porque es ajena, aunque –eso sí— claman y hasta oran con sentidas letanías por la suya.

Se han puesto de moda, en efecto, los grupos de oraciones de los que rezan, entre otras cosas, por la paz… la paz para ellos, se entiende. No para los demás, porque eso no es rentable.

Sí, porque no es que las congregaciones de los grupos de oración sean algo novedoso, o inútil, sino que quienes ahora las han puesto de moda son, de manera precisa, los menos interesados en que haya paz, y los menos útiles para esta.

El ejemplo más elocuente lo está dando el mismísimo procurador general (procurador cardenal, le dicen) de la nación Alejandro Ordoñez, el “audaz”. Desde su casa, es decir desde el edificio de la procuraduría (despacho cardenalicio lo llaman otros), reza a coro con un grupo de oración de señoritas “bien”, es decir de clase alta, o de la “jai” como dice la “guacherna” o “populacho” , vulgo pueblo, con el cual los de la “jai” no sólo se niegan a compartir aunque que sea las migajas de sus riquezas, sino que lo han esclavizado desde siempre con base en el pago de salarios miserables. Y también ¿cómo no? con la evasión de impuestos que deberían servir para obras de beneficio común; y de engaños, y de fraudes, y de estafas… y de campañas electoreras. Pueblo, digo, al que le han negado la educación, la salud, el trabajo y la vivienda dignos: las oportunidades todas. A ese pueblo al que, por el contrario, han enfermado y embrutecido a punta de “Empresas Prestadoras de Salud” corruptas, asesinas; que han maltratado y torturado con trabajos en condiciones inhumanas, de polución y de contaminación, de sermones y homilías, de “telebobelas” y de noticias sesgadas y mentirosas y desinformativas. Y de “sesudos” analisis y editoriales “periodísticos” amañados, escritos por los mismos dueños de los periodicos, que son los mismos dueños de las revistas, que son los mismos propietarios de las emisoras y de los noticieros de radio y de televisión, y de las empresas editoriales, y de la presidencia, y de sus ministerios, y de las iglesias y de sus respectivas universidades, y de otras empresas privadas y públicas, y del país todo… ¡Ah!, claro, y de las señoritas de los grupos de oración.

Ese mismo grupo del palacio cardenalicio del procurador, con guitarra y pandereta, también ha sido contratado por las esposas de ciertos expresidentes –tan preocupadas ellas por la paz ella, pero que nunca han metido sus delicadas manos a la cartera para sacar una moneda de su fortuna y tirársela a un pobre— para que presente sus conciertos de oración un jueves sí y otro también. Y en ocasiones los viernes, y los sábados, y a veces hasta los domingos y otras fiestas de guardar: todo un festival de rezo oral. Y también, claro, de fuegos artificiales. Así se ha pretendido desde siempre, y así se pretende ahora ¿cómo no?: enceguecer el camino de la paz: con fuegos artificiales. A los presidentes de este país (Colombia, o Locombia, para los entendidos) siempre les han encantado, y a sus cortes de aduladores les fascina, y… ¿qué le vamos a hacer si son así, todos como tan facinerosos ellos? O, ¿será más bien fascinantes, o financistas fascinadores… o las tres cosas? No sé: puede ser una cuestión de semántica. En todo caso, la intención es la misma.

Andrés Pastrana, por ejemplo, para hacerse elegir en el cargo de presidente, se valió de trucos efectistas, aprendidos del expresidente Misael (q.e.p.d.), su padre y mentor, siempre tan sonriente él. Pero más aprendió de su paso de galán por el periodismo farandulero y de “impacto” que se consume en televisión. El más aplaudido de esos actos y el que le valió el apodo de “valiente” y, sin duda, le hizo ganar la farsa electorera, fue el de ir al monte a visitar al viejo y legendario guerrillero Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”.

Antes de convertirse en Manuel y mucho antes de ganarse el apodo de “Tirofijo”, Pedro Antonio era un campesino de lo más bien (un buen muchacho, como dice cierto personaje nefasto que dice estar en contra del aborto, siempre y cuando sea el de la paz), pero la violencia, la intolerancia, el desalojo y la usurpación de siempre se lo llevaron para el monte. Al principio lo hizo para esconderse y tratar de que no los mataran a él, a su familia, y a sus compañeros, algo que, sin embargo, no pudo evitar: cuentan los historiadores que a su madre, tía y hermanas las violaron, las descuartizaron vivas y finalmente las dejaron morir desangradas los “Pájaros y/o Chulavitas”: policías y soldados “héroes de la patria” mandados por gobiernos de la llamada “hegemonía conservadora” como el del entonces presidente Guillermo León Valencia (sí, el mismísimo abuelo de la “tierna” senadora Paloma Valencia). Dice también la historia que Pedro Antonio tuvo que presenciar todo escondido en un árbol. Después de eso, se puso a organizar grupos para defender sus vidas, su honra y sus bienes: un puñado de tierra, tres cabras flacas y sin marido, una puerca parturienta y doce gallinas culecas… ¡Ah!, sí, y un gallo tuerto que cantaba con falsete, y una lora verde, doctorada en política que le echaba madres a los diestros y a los siniestros, generadores y/o alcahuetas de todos las violencias y, por supuesto, enemigos de la paz… porque viven de, por, y para la guerra. De esta se nutren y con esta dominan.

Los diestros eran los “pájaros azules”, “chulavitas” o “godos”, como se les llama en Colombia a los miembros más fanáticos del Partido Conservador del expresidente Andrés, todos como tan católicos y nobles ellos, sangreazules e ilustres, y como tan presidenciables todos, excepto los plebeyos. Los siniestros, los “pájaros rojos” o “cachiporros”, pertenecientes ellos al Gran Partido Liberal, del pasado desgobierno de Álvaro Uribe Vélez, y todos como tan nobles ellos, e ilustres, y como tan presidenciables todos, excepto los verdaderamente liberales, los plebeyos.

“Cachiporros” y “Godos” han dicho odiarse desde siempre, y todavía lo aparentan para la galería, pero más odiaban y más odian a los plebeyos. Y se hacen la guerra entre ellos por la repartición de la burocracia, aunque más del botín presupuestario oficial, y por supuesto, del privado, y de todas las demás riquezas del país, pero más le hacen la guerra a los plebeyos. Tampoco, los “pájaros” azules y los “pájaros” rojos jamás han estado de acuerdo en nada –excepto para robar— y nunca se han unido para nada, excepto para perseguir, y para empobrecer y embrutecer más, si es que esto todavía es posible, y para matar, y para torturar, y para exiliar, y para acorralar, y para encarcelar a los plebeyos.

Por eso fue que pasado el tiempo, y a medida que fue creciendo su ejército de desposeídos de todas las riquezas y herederos de todas las miserias, y sobre todo, de la violencia “chulativa” y de la violencia “cachiporra”, y de todas las demás violencias, Manuel pasó de la defensa al ataque. Su grupo de defensa se convirtió en lo que ahora se conoce como las “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, ejército del pueblo” (Farc-ep), el más grande, el más antiguo, y tal vez el más poderoso contingente guerrillero de América Latina.

Pues bien, en medio de un ejército de mosquitos y de zancudos, de lagartos humanos y de los otros, el entonces candidato Andrés y el jefe Manuel se dieron la mano, intercambiaron regalos y hubo fotos de ocasión, y risitas cómplices, y, claro, abrazos emotivos, y besos furtivos. Y hubo vino, comilona y francachela. ¡Ah!, sí, y en medio de la guachafita aquella se dijo que habría paz y muchas cosas más.

Después de eso… nada. O sí: lo previsible y, otra vez, lo mismo de siempre. Andrés se hizo, por fin, presidente, al igual que su padre, y al igual que durante el gobierno de su padre, el país se despiporró más de lo que estaba. Los ricos (ricos de verdad, dueños del ochenta y cinco por ciento de las riquezas del país y que sólo son el siete por ciento de la población, porcentaje que en este momento está disminuyendo) que buscan la paz para ellos, pero que no dan ni un peso, ni siquiera en impuestos, en favor de la paz de los demás, se han hecho cada vez más ricos a costa del trabajo de los pobres, de los pobres de verdad: los que poner los muertos, los heridos, los desmembrados, los desplazados por las guerras de los ricos.

Los pobres (despojados por endeudamiento impagable del quince por ciento que les quedaban de las riquezas del país y que son el noventa y tres por ciento de la población, pero que en este instante van en aumento) a quienes ya nos los dejan disfrutar ni de la paz de los sepulcros, no se atreven a dar ni un paso en favor de su propia paz: están bajo la mira mortal de quienes imponen las guerras con sus salarios de hambre, sus ejércitos paramilitares y sus amenazas de hecatombe castrochavista.

Pero para que la guerra no nos siga atropellando, hay que decir y votar SÍ, SÍ a la paz.

(Imagen tomada de https://prensatoday.com)