Por John William Archbold

Mientras que en la cotidianidad más próxima “el otro” es uno de los elementos básicos del paisaje, dentro de la filosofía se convierte en un intrincado concepto en torno a la definición del ser. Partiendo del pensamiento de Hegel hasta llegar a Sartre y Foucault, la figura del otro ha sido considerada un principio fundamental para la definición del yo. En otras palabras, a la hora de establecer una identidad propia, la representación del contrario es la referencia que nos individualiza y constituye lo que somos.

La preocupación por ese extraño, tan distante y cercano al mismo tiempo, parece ser el gran interrogante de J.J Junieles en su último libro de cuentos: “Fotos de cosas que ya no están”. Una compilación de 38 relatos cortos, provenientes de publicaciones anteriores del autor, con motivos, escenarios, épocas y búsquedas diferentes, que confluyen para crear un denominador común, capaz de soportar esta visión del mundo en la que el focalizador es el centro, más no un signo definitivo.

Lo más interesante del proceso creativo de este libro es la facilidad con la que Junieles, entre tramas sosegadas o enérgicas, que desembocan en finales misteriosos, angustiosos y otros inesperadamente felices, llega a exponer un mismo concepto, logrando que la otrificación no sólo se manifieste a través de personajes y conductas reaccionarias, también puede hacerse presente en elementos, condiciones y momentos que consiguen trastocar la conciencia, que visualizan una composición distinta y termina vertiéndose en objetivos e incógnitas paralelas.

Sin embargo, y a pesar de este pluralismo, Junieles estructura unos factores otrificantes frecuentes. La familia como módulo social primario tiene gran protagonismo en este estadio, especialmente tras la figura de los padres y las parejas sentimentales. La selección de estos “otros” reiterativos es acertada, porque enmarcan las relaciones esenciales que establecen, o al menos esperan establecer los seres humanos, que definen su devenir social, su identidad más primaria en el caso de los padres, y las proyecciones futuras en lo que a parejas concierne. El autor crea situaciones inusuales, aunque para nada descabelladas, que contrastan con los imaginarios e idealizaciones que tejemos en torno a estos tipos de relación. Con esto el autor conduce a la reflexión, y en ocasiones a un incómodo cuestionamiento de nuestras expectativas tradicionales con respecto a las relaciones, los esquemas sociales, las estructuras culturales, nuestra dimensión emocional, por mencionar los más interesantes.

La muerte es el otro que se opone a la vida, y por eso es absolutamente admisible que Junieles le aporte un espacio bastante pronunciado como antagonista y elemento definitorio en varios de los cuentos, muy de la mano de otros factores confluyentes. La muerte en la obra de Junieles aparece para dejar al descubierto la importancia de ese otro que solía acompañarnos, pero esos términos no siempre son pacíficos, la muerte también emerge como una herramienta en ese proceso de afirmación identitaria, un mal necesario y útil en la eterna contraposición que implica el establecimiento de una alteridad. Esto nos evoca lo dicho por Hegel al afirmar que “toda conciencia persigue la muerte del otro”. Recordemos que desde el planteamiento dialectico de Hegel la identidad se define a partir de los parámetros de lo cercano, lo inmediato y estático. Todo lo que contradice ese orden pasa a ser exógeno, por eso queda un enorme espacio vacío en esta definición y este lugar en el que esos dos órdenes confluyen y se tocan, “en el que lo uno pasa a ser lo otro y lo otro llega al lugar del uno”, concepto que vemos plenamente recreado en el cuento “Si una noche oscura el pasado” en el que un hombre que se ha distanciado de su padre se topa por casualidad con su cadáver en una calle. Este en medio del choque emocional busca involucrarse con una mujer que este pretendía, trata de usurparlo sin llegar jamás a ser él mismo, porque su objetivo precisamente es borrarlo, anularlo bajo su propia acción y autonomía, sin percatarse de que sigue presente al ser su motivación.

Otro aspecto interesante fue la inclinación que muestra el autor por la creación de historias de ciencia ficción, las cuales encontramos en algunos de los relatos. El propio planteamiento de una alternativa distante y en algunos casos distópica, contraria al optimismo ideal se constituye en uno de los escenarios contrapuestos que caracterizan la obra. Estas realidades alternas y extremas aparecen con el objetivo de denunciar el refinamiento de la tecnología como una antítesis en sí misma de la mente humana, y no como una extensión de esta, un peligro que merece cuidado, porque podría ser capaz de abarcarnos. Por esa misma vía Junieles también se aventura a construir una crítica metaliteraria, en la que expone la literatura y su propio proceso creativo como una puerta de acceso a una otredad emocional, que en sí misma puede contener un alcance universal. Esto último lo vemos reflejado al analizar cuentos como “Serendipity” y “El Dios de los sueños”, historias que por su estructura, técnica y carácter recuerdan respectivamente otras reconocidas obras de la cuentìstica latinoamericana como “El retrato de Herbert Quain” de Jorge Luis Borges y “La continuidad de los parques” de Julio Cortázar, sin pretender en momento alguno la imitación, sino una deliberada confrontación, al exponer aquellos cuentos clásicos como los “otros” que intervienen en la definición de estos nuevos “unos”.

Este viraje coincide con otras interesantes tramas que encontramos más adelante, en las que el autor se atreve a jugar con teorías conspirativas y la identidad de personajes abominables, ofreciéndonos la historia de un Hitler que llega a constituirse en otro diferente a él mismo, y un otro que se convierte en Pablo Escobar, para llegar a ser quien realmente quería ser. En esto coincide completamente con Sartre cuando afirma que el proceso de otrificación está definido ante todo como una cuestión de perspectiva. Cada objeto define su relación con otro a través del mismo ángulo que este ha planteado para sí mismo, de modo que la maldad o bondad de un hombre sólo está definida a través de la acción que este ha ejercido hacia un sujeto concreto, en un momento específico.

Teniendo en cuenta todo esto, el gran mérito de esta compilación de la obra cuentística de Junieles es dilucidar una discusión filosófica de tanto peso, a través de historias simples. Es un libro con un título engañoso, que antes de referirse a la ausencia, profundiza en las implicaciones de la presencia, la nuestra propia y de quienes nos rodean. Detenerse a analizar las implicaciones del otro siempre será una forma de mirar en nuestro interior y advertir la fragilidad de esa identidad que tanto nos hemos esforzado por descubrir, afianzar y proyectar, para que hable de nosotros mismos, cuando en realidad, describe a quienes han hecho mella en nuestras almas.