Construir al enemigo es una práctica atávica e infalible que ha sido meticulosamente descrita por intelectuales de gran calado, como Umberto Eco. Desde el Cicerón de hace dos mil años, que lo construía a partir de las personas de Catilina y sus sospechosos amigos libertinos, hasta el vociferante Trump de nuestros días, cuya materia prima son los peligrosos inmigrantes. No importa que Estados Unidos sea el país de inmigrantes por excelencia. Ni siquiera importa que la propia familia de Trump sea también inmigrante: cuando lo que procesa la información son las vísceras o los pies -y no el neocortex cerebral-, poco interesa si los argumentos son incoherentes; tampoco si son disparates o sandeces.

Aquí en Colombia somos expertos en eso, en construir al enemigo como instrumento para acceder o conservar el poder. No obstante, la nuestra no ha sido la tradicional fórmula del enemigo extranjero, sino que nos hemos especializado permanentemente, aún desde antes de que sacáramos al último español de aquí, en fabricar dos bandos internos irreconciliables entre sí, que se odian a muerte. Y cada bando ha logrado elaborar en el otro, sistemáticamente, al 'enemigo', pese a que la mayoría del tiempo sus líderes respectivos han pertenecido en realidad al mismo bando: al de la oligarquía propietaria de todos los privilegios.

Eso lo explica mejor Fernando Guillén Martínez en su ensayo El poder político en Colombia. Pero resumamos a brocha gorda: bolivarianos contra santanderistas, centralistas contra federalistas, regeneradores contra radicales, conservadores contra liberales, Estado contra bandoleros, capitalistas contra comunistas, paramilitares contra guerrilleros…Y el más reciente enfrentamiento -y a la vez el más asombroso e inverosímil-: uribistas contra el resto del país; es decir, partidarios de que se acabe la guerra contra partidarios de que…sí: de que siga.

Hasta hace cinco años, el enemigo de estas últimas generaciones de colombianos 'de bien' ya estaba debidamente construido e identificado: era la guerrilla. El Establecimiento de un lado -con todo y sus políticos corruptos-, y el comunismo armado del otro. Sin embargo, una vez arrancó el proceso de paz un sector político bien definido consideró necesario crear un nuevo enemigo: no fuesemos a quedar de repente sin una amenaza que nos cohesionara. Y entonces, como por primera vez en la historia íbamos a superar nuestras rencillas internas, hubo necesidad de sumar el componente extranjero para construir al enemigo de turno: fue cuando surgió el tal 'castrochavismo', basado en las teorías delirantes que todos conocemos (ya saben: Santos es comunista, la ONU es comunista, el mundo entero es comunista).

La receta funcionó por un tiempo: más o menos la mitad de los colombianos se tragó el cuento chino de la 'entrega del país a las Farc'. Pero a medida que se acercaba un plebiscito que prometía acabar una guerra de 60 años -y por lo tanto las tradicionales estructuras del poder-, una vez más había que reconstruir al enemigo. Y entonces, claro, estos maestros de la propaganda negra sabían exactamente adónde apuntar. Había que escoger algo estrafalario, algo que fuese en contravía de este país ignorante y camandulero ("Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras", aclara Eco). Los gais, entonces, se convirtieron en el nuevo objetivo.

Los ingredientes estaban servidos: una ministra abiertamente gay, niños, colegios, cartillas… Sólo restaba añadirle un par de calumnias y unas revistas pornográficas. Así la mezcla estaría en su punto, y el gobierno de Santos quedaría asociado a los gais y a la mentira de que lo que buscaba la ministra -quien además sólo cumplía con una orden de la Corte- era imponer su 'ideología de género', sus 'costumbres homosexuales'. Pero en realidad lo que buscaba -no ella: la Corte- era derogar la cartilla tácita que ha existido siempre: la que obliga a todo niño a ser heterosexual: ¿usted nació con pene?, pues le gustan las mujeres. Punto. (Incluso personas que respeto mucho intelectualmente no logran entender que la famosa cartilla que ayudó a desarrollar nada menos que la Unicef -y que es fácilmente ridiculizada por un meme hecho por un idiota anónimo- lo que pretende es proteger al niño del matoneo, para que nadie pueda imponerle nada).

Todo esto se da, estratégicamente, en medio del momento más vulnerable del gobierno: cualquier cosa que haga será usada en su contra (es decir, en contra del 'sí' en el plebiscito), en contraste con la situación de la oposición, que nada tiene que perder. El 'complot', pues, ahora incluye a los gais: pronto nos gobernarán y los niños serán adoctrinados para ser homosexuales: marchemos. Y marcharon. Ayer, como unos borregos, contra el nuevo enemigo. Multitudinariamente.

No se dan cuenta del hecho simple de que si las escuelas y colegios toda la vida han enseñado que se debe ser heterosexual y aún así de ellas se gradúan homosexuales por cantidades, no es muy brillante razonar que si en adelante enseñan que ser homosexual es sólo una opción válida más, entonces todos los niños van a terminar convertidos en gais. Lo más probable es que sólo salgan del clóset unos cuantos niños angustiados y desesperados.

Pero eso no le importa a la oposición, que finge estar 'construyendo país' cuando en realidad sólo está 'construyendo enemigo'. Los enemigos producen miedos irracionales, y los miedos irracionales no dejan pensar con claridad a homo sapiens que se suponen hechos y derechos.

Y la homofobia, como su nombre lo indica, es un miedo irracional.

(Imagen tomada de http://elcerebrohabla.com)