La impotencia es quizás uno de los síntomas que más acongoja, asusta, achicopala, atortola, mete miedo, causa pánico, infartos y hasta mata de la impotencia a quienes la padecen. Muchos de ellos, sin embargo, sufren también y de presupuesta forma, de envidia crónica. Con esta casi siempre están presentes el egoísmo agudo, el hígado corroído por la soberbia y hasta los calambres en el cuaderno y las corvas cada vez que intentan, luchan, se desesperan… y no pueden penetrar donde quieren.

En efecto, si usted se toma el trabajo de pensar, observar y analizar y… perdón: antes de seguir adelante, las leyes vigentes en el imperio y sus colonias de la sacrosanta hipocresía y las sociedades del desecho, me obligan a advertirle que el solo pensar ya es mucho trabajo. Por lo tanto debe tener mucho cuidado de no contraer una hernia cerebral. Estas, por lo general, se dan cuando algo –como un pensamiento sesudo y repentino, por ejemplo— se mete dentro del cráneo, y si alguien que no está acostumbrado a hacerlo sigue pensando, se produce una presión que desplaza los tejidos cerebrales. Claro: a veces también esas hernias son el resultado de edemas causados, a su vez, por un traumatismo craneal, accidente cerebrovascular o tumor cerebral. En cualquier caso, son difíciles de extirpar: se lo digo yo que, además de todo, sé un poco de cirugías porque un mucho de eso también estudié. Bueno, ahora sí sigo…

Decía que si usted se arriesga a observar a fondo el comportamiento de aquellos que tienen (no se puede decir que “sufren de”, porque algunos hasta “gozan con” la) impotencia, podrá darse cuenta de que, por lo general, aunque hay muchos que no, son seres de lo más intolerantes, antipáticos, quisquillosos y muchas otras cosas de difícil pronunciación. Por sobre todo, son de lo más soberbios que usted se pueda imaginar. No, mi impaciente paciente, ¡si es que hay que verlos…! O, mejor, ¡sufrirlos, para padecerlos…! No, mejor… ¡líbranos Señor!

Vea si no el caso del “buen vecino” Tío Sam, como se autodenomina él mismo. Sam se ha armado hasta los colmillos, que no lo son. Son en realidad potentes misiles intercontinentales con unas brillantes coronas nucleares capaces de hacer ver a Hiroshima y a Nagasaki como simples bocas de lobo. Esto, el armamento de similar calibre que tiene regado por el cuerpo, más los fétidos y fatídicos gases con olor a pólvora podrida que expele cuando está con el estómago revolcado por la armibeasis, le dan esa gran potencia militar. No económica… militar. No social… militar. No en la Justicia… en lo militar. No es potente tampoco en menesteres educativos, y no es, por tanto, una potencia cultural, ni mucho menos… Tampoco es potente en materia de salud. Aunque es evidente que cuenta con buen entrenamiento médico y grandes avances científicos, esto lo hace más impotente: a esos avances y a esos servicios médicos solo tiene acceso el grupo más reducido de la población, es decir los más adinerados de la clase alta. El resto, la mayoría inmensa de la población todavía sobrevive a punta de pócimas y oraciones. Lo dicho: el Tío Sam es potente en aspectos militaristas y de guerra. Y con eso le basta y le sobra para tener amedrentado, atortolado, achicopalado y temblando al mundo, con pocas y muy honrosas excepciones.

Algunos países, en efecto, están más asustados que otros que ya están arrodillados, y otros más que ya están babeando. No faltan los que han dejado escurrir ese aromático líquido amarillento que se escapa entrepierna abajo y por si solo cuando nos asustan. Algunos hasta han soltado ese otro chorro menos líquido, más oloroso, y de color pardo claro matizado con granos surtidos y enteros. Todo ha sido causado por el miedo que les da la omnipresente, prepotente pero impotente presencia del Tío Sam.

Y, usted se preguntará, ¿en qué consiste la impotencia del Tío de marras si, por el contrario, se ve todo como tan grandote y fortachón y a todas luces bien “armado”? La respuesta es sencilla, aunque no simple: se trata de la impotencia moral. Esa impotencia que hasta contagiosa será pues ha vuelto impotentes a sus colonias situadas al sur de su patio trasero.

Usted dirá que estoy inventado cosas, pero ¡que va!, ¡si ni siquiera estoy descubriendo nada! Mire a ver si en los siguientes, que apenas son algunos de los más recientes y/o más recurrentes ejemplos de impotencia emanados por el tío aquel: energía nuclear; armas ídem y/o químicas y/o biológicas y de las otras; drogas narcóticas, sicopáticas, y/o alucinógenas; corrupción administrativa y/o política, intolerancias raciales, amatorias, sexuales y libertades restringidas y/o encarceladas. ¡Ah!, y terrorismo, claro, en cualquiera de sus acepciones, que son múltiples y se usan de acuerdo con la interpretación que se le quiera dar a la manida palabreja.

Diga usted si no –que yo digo que sí— resulta chocante ver cómo se lanzan guerras de prevención, intimidación, invasión, inquisición y castigos tormentosos contra aquellos países que tienen, aspiran, sueñan o –presas del pánico ante una posible “visita” del tío de marras— alardean con tener una o algunas de esas armas y/o drogas, y al mismo tiempo saber que el industrioso Tío es el primer fabricante, proveedor y, sobre todo, consumidor mundial de tales juguetes.

Si bien es cierto que en la actualidad, y a la sombra de sólo dos guerras “propias” los está utilizando él de manera personal, también se los “otorga” a buenos precios –buenos para él, aclaro— a países como Colombia o México. Dada la impotencia moral de la que, a su vez, “gozan” los gobernantes de estos pueblos sufridos, ellos las reciben con llanto agradecido. Entre discursos patrioteros, himnos nacionales y fuegos artificiales, se las reparten a la diestra para que acabe con cualquier cosa real o imaginaria que se sospeche que es de siniestra, incluidos los cultivos que forman parte del segundo caso. En este, el agropecuario Tío, es el primer productor mundial de marihuana de calidad superior (alto contenido químico alucinógeno). Es también, de lejos el más cotizado (enviciado y vicioso) consumidor de la hierba, así como de cocaína, heroína, “LSD”, “Speed”, “Crack”, “Éxtasis” ácido de batería y de cuanto narcótico, estupefaciente y/o alucinógeno se haya inventado o no. Con decirle que al lamer su sabor ácido, ¡comenzaron a fumarse hasta los bellos de la entrepierna y las axilas, y ya están pensando en cómo sorberse las úlceras estomacales producidas por la acidez! Eso sí: están empeñados en una guerra intestina contra los cigarrillos de tabaco. Lo que la gente poco sabe es que sus fabricantes han readaptado sus industrias para empacar los cigarrillos de cocaína, para la gente linda, y de crack para el populacho. ¡Ah!, eso sí, para venderlos en el mercado… uhm, paralelo, digamos –para no decir clandestino que se oye mal—, porque de legalización nada: no ve mi paciente lector que entonces entraría mucha gente a competir y se daña el negocio. Y entonces ¿cómo harían para pagarles esos sueldos de ensueño y bonificaciones de fábula a los ejecutivos de los bancos y otras empresas privadas surtidas –entre ellas varias farmacéuticas— de la tierra del impotente tío, y también –cómo no— a militares, políticos, secretarios y hasta mensajeros de ciertos países, que no solo se nutren, sino se engordan con ese negocio?

Así, con ese cuadro de producción y consumo tienen la impotencia moral de “certificar” o “descertificar” a los países que a su real saber y entender no estén “cumpliendo” con sus mandatos en la llamada “guerra contra el narcotráfico”. Es decir, en perseguir a los “narcos” criollos y arrodillarse y hacer la vista gorda ante los connacionales del Tío. Estos llegan cada cierto tiempo en los aviones blindados y artillados de la tía –con la “t” pronunciada como “zeta”—, a traer armas e insumos para el negocio, y a sacar lo mejor de la producción. ¡Como para morirse por la impotencia!…

En el tercer caso… perdón, aquí tengo que parar: no se cómo, pero se me alargó el cuento y se me achicó el espacio. Más tarde sigo…

De impotente manera,

Germán Arango Ulloa

(Imagen tomada de http://pre01.deviantart.net)