En estos tiempos en los que nos preguntamos cómo se debe abordar la definitiva labor de formar a nuestros niños y jóvenes, El Diablo Viejo comparte con sus lectores este hermosos discurso, pronunciado por uno de sus profesores de planta, en la ceremonia de grado de Qualia, un colegio de Bogotá cuyo método educativo, sus premisas filosóficas y sus prioridades a la hora de abordar la enorme responsabilidad que asume como institución educativa, bien podrían constituir un ejemplo a seguir por quienes persisten en el agotado sistema tradicional. La petición, la exhortación de este maestro a sus alumnos que salen a enfrentarse con la vida no es que tengan éxito, ni que acumulen dinero o poder; no es que exhiban resultados hipotecando sus principios y su obligación de vivir en libertad. A muchos de nosotros no hubieran caído muy bien estas palabras a los 17 años. Y creo que nos caen bien ahora, después del tiempo.

Por Eduardo Flórez

“Citadme, diciendo que me habéis citado mal”

Groucho Marx

Mi abuelo comenzaba los libros por la última hoja. Leía primero las líneas finales de todo lo que le cayera en las manos: cuentos, novelas, crónicas, prospectos médicos, instrucciones de electrodomésticos. Decía que era mejor empezar por el final, para así saber hacia donde iban los comienzos. La costumbre humana de nacer antes de morir le parecía inapropiada. Consideraba que el deber de todo hombre y de toda mujer era remediar la confusión producida por el equivocado orden de estos eventos. Es decir: vivir sabiéndose muerto. Citando a otros, decía: “nuestra verdadera y única propiedad son los huesos”.

Quizás por esta razón quisiera empezar este discurso por el final. Así sabremos de antemano, ustedes y yo, hacia donde se encaminan estas palabras, el curso que irán remontando, el sentido final de lo aun no dicho, hacia quien van dirigidas, y su verdadera gravedad (si es que la tienen). Empezaré, entonces, por un final que antecede a otro final: al final que quisiera postergar al menos por un momento esta noche, distraerlo, si es posible, unas cuantas horas: el final de este salón desocupado sin ustedes; el final de un profesor que los extraña desde antes, que los ha extrañado desde mucho antes, que los extrañará desde siempre.

En pocas palabras, y en sus palabras: les voy a spoilear el final. Ahí va: “Adiós y muchas gracias. Muchísimas gracias.” Así termina este discurso. Lo repito: “adiós y muchas gracias. Muchísimas gracias.”

Una vez terminado, podemos dar comienzo a la primera línea, a la línea original de estas palabras antedichas que terminan, como ustedes ya los saben, con un “Adiós y muchas gracias. Muchísimas gracias”. Fingiría en este discurso si no les dirigiera estas palabras a través de las palabras de otros: de los libros de otros, de las películas de otros. Es lo que he venido haciendo estos últimos meses con ustedes: leer sopesadamente, con la minuciosidad del que barre los vidrios rotos en el suelo; leer las palabras de otros y hacerlas de todos, pero sobre todo nuestras.

La primera palabra que quisiera compartir con ustedes es la palabra COMUNIDAD. Sale de una cita de Kurt Vonegutt, uno de esos escritores que nunca dejarán de sorprenderme porque suelen reinventarse desde la desfachatez. “Los humanistas (dice Vonegutt) intentan comportarse de manera honorable sin esperar ninguna recompensa o castigo en la otra vida. Y como hasta ahora nunca hemos visto al creador del universo, servimos lo mejor que podemos a la más elevada abstracción mas o menos comprensible para nosotros: la comunidad”. Yo les regalo esta palabra, porque en estos tiempos de viajes vertiginosos y soledades de supermercado, el principal aliciente que nos queda para superar la condición endoesquelética de nuestros pensamientos, de nuestras emociones, ese encierro de nosotros con nosotros mismos, es formar comunidades: La comunidad de la familia, la comunidad de los amigos, la comunidad de los que creen que podemos y podremos siempre asociarnos, querernos y convivir entre nosotros. Como dice Vonegutt: Participen en comunidades, creen comunidades, mantengan las comunidades. Ustedes, afortunadamente, ya hacen parte de una grandiosa comunidad: hacen parte de Qualia.

La segunda palabra que quisiera regalarles sale de una película que trasegamos juntos: El apartamento de Billy Wilder. En una de las escenas claves de la cinta el Dr. Dreyfuss, inmigrante alemán y médico de profesión, le dice a C.C. Baxter, protagonista de la película: “Baxter: Sea un Mensh. ¿Sabe lo que significa ser un Mensh?”. “No estoy seguro” contesta Baxter. “Un mensh, Baxter”, prosigue el Dr. Dreyfus: “Un ser humano”.

No podemos permitir (nunca podremos permitir) que los discursos que intentan desterrar las humanidades de las escuelas, de las universidades, de la vida misma, nos alejen del horizonte de ser humanos… ¡Sean humanos! ¡Sean siempre humanos!…. Pero ¡atención!: una humanidad que sobrepase los límites de lo bípedo. Una humanidad extendida a los animales, a las plantas, a los ríos, a las piedras milenarias. Una humanidad que los rete mas allá de la humanidad misma, una humanidad imposible, (háganla siempre imposible) para que nunca se contenga en ningún ismo, en ningún humanismo, en ningún nacionalismo.

La tercera y última palabra en la que quisiera detenerme es la palabra creación. Enrique Vilas-Mata, uno de mis escritores favoritos, dijo en una ocasión, refiriéndose a los laberintos en los que se sumergía a menudo en la empresa de su escritura: “La inteligencia es el arte de saber encontrar un pequeño hueco por donde escapar de la situación que nos tiene atrapados”. Los invito a escapar de esas trampas, de esas obstrucciones, de esos obstáculos que nos presenta la vida, que nos presenta la forma, la carne, el tiempo y el espacio, en palabras de Vicente Alexaindre, “el finito mar, con su limitación casi humana, como un pecho vivido”, desplegando el mayor don que tenemos todos: la creatividad. ¡Incinérense de haceres y creen!: Hagan palabras, hagan cuentos, hagan cortometrajes, hagan dibujos, hagan canciones, hagan teatro, hagan danza, hagan el amor, hagan mesas de madera, hagan huertas, hagan amigos y amigas, hagan pan, hagan fórmulas científicas, hagan recetas, hagan hijos e hijas, hagan padres y madres; hagan hermanos y hermanas, hagan dioses, semidioses y subdioses, hagan chistes, hagan proverbios, hagan sus vidas, rehagan sus vidas, y vuelvan, SIEMPRE, a rehacer sus vidas. Como dice la poeta polaca Wislawa Szymborska, prefieran lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos.

Como ustedes ya conocen el final de este discurso, es decir, el sentido hacia el que nos dirigimos, empecemos de una vez a precipitarnos hacia el cierre. Antes de hacerlo del todo hacia este salón vacío que nos espera sin ustedes, quisiera citar unas palabras por última vez: Son de Homero… de Homero Simpson: “El mundo se divide en tres tipos de personas: los que saben contar y los que no.” Ustedes, amigos y amigas, pertenecen al tercer grupo. Al grupo de los seres libres, de los seres radicalmente inaprehensibles, de los seres incontables.

Ahora me toca usar mis palabras. Dejar de citar y decir las cosas en mi nombre. En nombre de Flórez. De Eduardo Flórez. De Andrés Eduardo Flórez:

Gracias Didier; gracias, Maria Camila Gaitán; gracias, Santiago Mancera; gracias Carlos Peñaranda; gracias, Andrés Prado, gracias Nicolas Muñoz; gracias, Stephi Valdejullie; gracias, Verónica Pombo; gracias, Catalina Tavera; gracias, Santiago Moreno; gracias, Daniel Jimenez; gracias, Carlos Gómez. (1)

Adiós y muchas gracias. Muchísimas gracias. Así termina este discurso. Lo repito: adiós y muchas gracias. Muchísimas gracias.

(1) Alumnos que recibieron su grado de bachiller.