El debate en el Senado sobre las dichosas cartillas que propiciaron las multitudinarias marchas de los desinformados, de los engañados, de los temerosos, de los intolerantes, de los energúmenos, de los homófobos, pareció la escena de un juicio de una de esas películas B hechas para la televisión de Estados Unidos. Una escena larga protagonizada por una caterva de orangutanes mal vestidos y mal hablados haciendo esfuerzos para articular más de dos palabras seguidas: i-deo-lo-gía de gé-ne-ro, se les oía mascullar a los humanoides ansiosos. Porque aunque el partido de la acusada es mayoría en este esperpento que solemos llamar Parlamento, la presencia de los acusadores se sintió más, como si el vaho de sus alientos hubiese bastado para viciar todo el aire del saloncito republicano. Qué horroroso espectáculo.

Solo ella permaneció erguida, serena, elegante, con la soltura de quienes no pueden ocultar su superioridad, sobre todo en un recinto tan pobre en calidades. Ella, la ministra, la lesbiana, Gina. Era evidente que sus ex colegas no querían realizarle un debate de control político por los múltiples errores cometidos por el gobierno en el proceso de construcción de las cartillas: errores en la convocatoria de los participantes en su diseño, en la explicación de sus etapas, en la aclaración pública de sus alcances. Los congresistas, digo, no querían hablar de eso. Querían, con sus fauces babeantes, asumir el excitante rol de los inquisidores. Y su premisa es tan ridícula como peligrosa: Como la ministra es lesbiana quiere promover la sexualidad en los colegios del país.

Y si eso les pasa a los congresistas ¿qué se puede esperar de los ciudadanos que eligieron a estos personajes como sus representantes? Las marchas del 10 de agosto fueron el producto de una combinación macabra entre la ignorancia, el fervor religioso y el odio de género. Allí nadie habló de errores de procedimiento del Ministerio de Educación, ni de criterios técnicos de Naciones Unidas, ni de falta de participación de algunos actores en algunos procesos, ni de sentencias de la Corte Constitucional. En las calles, los miembros de la clase media –que es la que en Colombia defiende los supuestos valores que la orientación sexual de la Ministra está empeñada en mancillar– quisieron expresar, liberados por fin de la mordaza de la corrección política, que no les gustan los homosexuales, que los consideran nocivos, que uno de ellos no puede dirigir la cartera que se encarga de la formación de sus hijos, que Dios está enojado, que los únicos seres raros que tienen derecho de formar una familia son Viviane y Carlos Alonso, que no hay derecho, que no hay derechos para quienes ofenden la tradición, aunque bien bautizados estén.

Los manifestantes babearon por unas horas, pero llevan días amenazando, matoneando, envalentonándose por las redes sociales, que son los lugares idóneos para la superficialidad. Es allí donde la ministra ha recibido lo peor de la basura que proviene de la gente que esperaba, sin saberlo, un pretexto para poder hablar duro acerca de su verdadera manera de entender el mundo. Y con ella los demás anormales, los raros, los advenedizos. De eso se trata todo el alboroto; no de las tales cartillas, sino de la segregación que la mayoría cristiana y heterosexual desea para quienes no son como ellos, incluso si los diferentes son sus propios hijos o hijas, incluso si debieran quemar a su propia madre en una hoguera en nombre de la patria, de la familia y de Dios.

Gina, la ministra, la lesbiana, estuvo valiente en la cueva de los orangutanes; y serena e inteligente y hermosa. Es una lástima que no sirvan de mucho su rectitud y su coraje. Porque aquí, en el país donde Uribe y Ordoñez son puntos de referencia, donde una de las líderes del Partido Liberal es una cristiana recalcitrante, donde una senadora de la República se atreve a decir en público que los homosexuales son anormales y que sin embargo se les puede perdonar por eso, deberemos esperan un par de siglos más para que la rectitud, el coraje, la inteligencia y la belleza sean valores admirados por todos, sin importar que a una mujer que los exhiba le gusten las mujeres.

(Fotografía toamada de http://lachachara.org/)