Leo en El Heraldo que durante el debate de control político del martes pasado, promovido por la senadora María del Rosario Guerra del Centro Democrático, la ministra Gina Parody se defendió alegando, entre otras cosas, que también durante el mandato de Álvaro Uribe se promovieron y se repartieron cartillas muy similares a las suyas, en las cuales se proponía la “construcción de ambientes pluralistas (en las escuelas) en los que todos los miembros de la comunidad puedan elegir y vivir libremente su orientación sexual, sin discriminación, riesgos, amenazas o coerciones”.

No hay nada de nuevo ni de sorprendente en eso. Lo único que una persona necesita es tiempo suficiente para buscar y algo de sentido común para encontrar que durante el mandato de Álvaro Uribe pasaron las mismas cosas -a veces con sutiles diferencias y a veces sin ninguna- que están ocurriendo ahora, en el de Santos. Y no hablo sólo de las proverbiales infamias que suceden aquí desde hace décadas -como, por ejemplo, que un anciano se muera en las puertas de un hospital en espera de ser atendido-, sino incluso de iniciativas que podrían transformar a este país en un miembro del primer mundo, pero que al final, en una trapisonda circense, terminan convertidas en delirantes acusaciones contra el gobierno actual.

Este caso de las cartillas, por medio del cual Uribe intentó construir un 'temible' enemigo comunista-gay (tal como lo anticipé en mi artículo de la semana pasada), no es sino un ejemplo más de una larga lista de medidas contra las que el ahora senador se ha ido lanza en ristre, pese a que parecen calcadas de algunas de las suyas cuando era presidente. Basta ver el video de su intervención en el mencionado debate -fácilmente encontrable en la cuenta de Facebook de algún uribista pura sangre- para comprobarlo.

Pero también es posible encontrar, esta vez en la cuenta de Facebook de cualquier antiuribista pura sangre, otro video de Uribe en el que afirmaba, cuando era presidente, que si en un eventual proceso de paz de su gobierno la Constitución impedía la elección popular de los cabecillas de las Farc que se desmovilizaran, "ese obstáculo habría que removerlo". De nuevo es patente ahí la incoherencia de atacar decisiones tomadas por el gobierno de Santos que él mismo había contemplado tomar durante el suyo.

Y así podría seguir con asuntos de diversa índole: con el manejo dado a los paros camioneros (que se dieron por igual en los mandatos de ambos), con la excarcelación de guerrilleros (recordemos que Uribe dejó en libertad a Rodrigo Granda, nada menos que el 'canciller' de las Farc), con la venta de Isagén… Lo que demuestra que, de fondo, los dos son personajes del mismo corte. Los dos son neoliberales, de pose progresista sólo cuando les conviene y con un afán desmesurado por pasar a la historia como el presidente que acabó con las Farc. Los dos, incluso, fueron elegidos al menos una vez por los mismos votantes. Las diferencias entre ellos, pues, son si acaso de forma, de estilo. En casi todo.

Por eso a cualquier observador racional le resulta tan desconcertante y surrealista la feroz polarización que desde hace un tiempo considerable experimenta la sociedad colombiana. Por eso los uribistas aseguran que no quieren la guerra, pero no logran explicar sin repetir las estupideces e incoherencias de su líder -y sin al mismo tiempo contradecirlo- por qué tampoco quieren que se firme la paz con las Farc. Y paradójicamente por eso, por la marcada semejanza entre los dos, entre Uribe y Santos, y no por una diferencia entre ellos, como debería ser lo lógico, es que todo en este país se ha politizado: desde la Justicia hasta el bienestar de los niños.

Como creo que después de 60 años de guerra estéril la paz merece una oportunidad, he decidido sumarme a lo propuesto por Santos, quien al parecer identificó mejor las fichas claves que podían satisfacer la megalomanía que tanto él como su supuesta némesis padecen, pero que también son las coinciden con las que necesita este país para dar el paso que lo saque del círculo vicioso en el que está metido. Sin embargo, no puedo evitar ver a los dos, a Santos y a Uribe, tan asombrosamente iguales entre sí: cada uno con sus seis patas, sus dos antenas, sus dos largas alas marrones y sus abdómenes ovalados…

Entrando y saliendo, constantemente, del mismo calabazo.

(Imagen tomada de www.semana.com)