Hoy estuve en la DIAN. Sí, señoras y señores, así como lo oyen: en la DIAN. En-la-DI-AN. Qué crimen de lesa humanidad. Tanta gente hablando de las tales cartillas, que sólo enseñan las cosas naturales de la vida, lo que viene sucediendo desde que caminó el primer Homo sapiens sobre la faz de la Tierra (hombre con mujer, mujer con hombre, hombre con hombre, del mismo modo y a la visconversa), y resulta que nadie pone el grito en el cielo porque un niñito que ni siquiera ha cumplido los 49 años tenga que ir a enfrentarse solo, solito, íngrimo, a esos seres repulsivos y temibles de la DIAN. LA DIAN. El solo nombre asusta, da miedo. Uno llega allá y ni siquiera sabe cómo empezar a explicar a qué fue o qué necesita. Y tampoco puede demorarse mucho en hacerlo: detrás hay una fila de iniciados que esperan impacientes a que el novato, el primíparo se desatasque, a que deje de gaguear y diga finalmente qué carajos es lo que quiere.

Así me pasó antes de ayer, pero de alguna manera logré explicarlo. E incluso logré seguir las instrucciones y sacar después una 'cita virtual' desde mi pc, en la relativa tranquilidad de mi hogar. Pero hoy me tocó volver, a cumplir con mi cita virtual. Cuando finalmente pasé adonde lo que yo pensaba no sería mi asesor sino mi verdugo, me encontré con una funcionaria amable, con vocación inquebrantable de profesora de kínder, que me tranquilizó (creo que en ese momento yo temblaba de pavor).

Sin embargo, el primer día de clases, por más que guíen al niño con amor y ternura, siempre resulta duro, y el infante tendrá que enfrentar la realidad del colegio de grandes: sus nuevos retos, sus ineludibles responsabilidades, etc.... Y tal cual: el Pre-Rut, el Rut, el Nit...tuve, inmediatamente, que empezar a familiarizarme con esa incomprensible terminología, así como el párvulo que apenas aprende a leer se tropieza con la letra G, que a veces se pronuncia como J, a veces como G y a veces hay que agregarle una U...o como el adolescente que se enfrenta por primera vez en su vida al álgebra, a la factorización, a las ecuaciones simultáneas.

Después empezó lo bravo: los requisitos faltantes (siempre sucede: si llevas 1.000 papeles, hacían falta 1.001): la fotocopia de la cédula de fulano, los datos de Mengano, la actividad de Perencejo. En ese momento empecé a sudar copiosamente -como correspondía a la situación- y a estresarme hasta niveles casi insoportables. Hasta que finalmente llegó lo peor: las preguntas (ya saben: cualquier cosa que digas podrá ser usada en tu contra; más que en cualquier juicio penal): "Óyeme, pero este formulario esta incompleto...¿te coloco la 'responsabilidad 22'?" Sentí pánico, náuseas...ganas de contestarle que si quería podía contarle mis 22 peores irresponsabilisades cometidas, pero que yo nada sabía de la responsabilidad 22, que tuviera piedad de mí. Sin embargo, cuando me atacó el dolor en el pecho fue cuando ella, mirando a la pantalla con cara de preocupación, habló de que me faltaba algo así como el 'mecanismo digital'. ¿Me falta un mecanismo digital? Dios bendito, ¿y ahora qué hago? ¿Será que algún día me lo dieron y lo boté? ¿Se partiría en mi casa en alguna fiesta? ¿Qué diablos será eso? El infarto fue inminente cuando la comprensiva profesora, visiblemente preocupada, llamó a su jefe (una rectora con cara de limón, haciendo honor al prototipo), y empezaron las dos a hablar literalmente en otro idioma acerca de la irregularidad en mi registro.

No sé cómo -no me pregunten-, pero de esa cueva de vampiros, de ese Hades, de ese espantoso inframundo salí ileso, y -lo más increíble- con los dos papeles que fui a buscar.