Por John Better

El pasado 17 de agosto fue la inauguración de Poemario 2016, evento que reúne -durante cuatro días y en diferentes escenarios de la ciudad- a poetas de diversas latitudes. He sido invitado en varias ediciones, una grata experiencia que me ha permitido compartir con muchos mi trabajo poético.

La noche de su apertura me encontré con alguien a quien no había visto en años: el ahora poeta John Viloria, o “John Brasco” como se hace llamar en la actualidad. A Viloria lo conocí hacia 1995, no recuerdo cómo y de nada serviría recordarlo. Éramos un grupo de chicos y chicas amantes del arte en todas sus expresiones; principalmente nos interesaba lo que ocurría en la escena musical de Estados Unidos e Inglaterra. El trip hop era nuestra fiebre de entonces, un movimiento que se gestó en Bristol y que dio grandes músicos como Tricky y Portishead.

De aquellos “buenos muchachos” yo era el único que se dedicaba a escribir; lo venía haciendo desde los trece años. Escribía básicamente poemas, los que iba registrando en cuadernos escolares que luego rotaba entre el combo del que hablo. Hacia 1998 ya tenía más de 50 cuadernos escritos. Viloria se destacaba entonces por una regular destreza en el dibujo manga, solía obsequiarme algunos de sus dibujos y yo compartía mis cuadernos de poesía con él.

Era un muchacho raro, algo retraído. Su vida era un completo misterio, ninguno de nosotros sabía de dónde venía, en qué barrio habitaba o quiénes eran sus padres. Aunque para mí aquello no era ningún problema y llegué a sentir por él un gran afecto; hasta un beso pude darle, si mal no recuerdo. Dejé de saber de él en 1999; desapareció por completo, solo volví a verlo quince años después.

-John, este año leeré en Poemarío, lo haré en la programación alterna, no soy un escritor de las grandes ligas como tú-, comentó Viloria aquella noche de la inauguración de Poemario, en un tono medio infantil.

Cuando usó el término “grandes ligas”, recordé la fea cara de Mike Schmulson y las tediosas transmisiones de beisbol por Telecaribe. Sentí pena por su comentario.

-Me gustaría que leyeras mis poemas-, fue lo último que dijo Viloria. Le sugerí que me visitara y volví a unirme a la charla con un grupo que repartía shots de Ron Blanco, reunión en la que sobresalía la voz del músico y cronista Alfredo Baldovino, quien a veces se callaba para tocar un saxofón imaginario. Al rato se sirvió el coctel y a las once de la noche ya estaba de regreso en casa con mi entrañable amiga Salma Katiuska.

*

Ese mismo día en horas de la mañana había fallecido el artista Aníbal Tobón. Martha Guarín, editora de la revista Latitud del periódico El Heraldo, me sugirió que reprodujéramos una entrevista que le había hecho a Tobón en 2010 y de paso, escribir un reportaje acerca del encantador Quijote del Caribe.

Al día siguiente en horas de la tarde llegué hasta la funeraria Los Olivos, la cual antecede al parque cementerio Jardines de la eternidad.

-Abrázame fuerte para que se me quite esto que siento-, fueron las palabras de Yadira Ferrer, compañera de vida de Tobón, al acercarme a ella para ofrecer mis condolencias. La rodeé con mis enormes brazos y la cobijé como a un pájaro que precisa sosiego luego de atravesar el océano.

Me dirigí hasta el ataúd. Vi el rostro de Aníbal enmarcado tras el cristal. Lucía sereno, imperturbable, como tomando una siesta, hamacado por la muerte.

-Eché cuadro ¡No seas marica! Bueno, yo sé que eres marica, pero no te pongas a pelear con nadie. Mejor tómate una fría. Hey socio tráele una fría a este man. Escuché claramente su voz en mis adentros durante aquella charla que tuvimos hace meses en una tienda del barrio Boston.

Hice mi trabajo. A las 5:30 pm había recogido suficiente material para mi reportaje. La poeta Margarita Galindo me sugirió acompañarla hasta su casa para ver un video homenaje que ella, y el también poeta José Manzur, le habían hecho a Aníbal en vida.

La casa de Galindo está antecedida por un bello jardín inundado por el aroma de sombríos heliotropos. Eran ya las siete de la noche. Un gran espejo resaltaba en la estancia y un sinfín de esculturas de gato estaban repartidas por toda la casa en repisas y pulcros escaparates.

-Amo a los gatos-, susurró Margarita con esa voz pálida y pausada.

En la misma casa funciona la Fundación Página Suelta, la cual se dedica a llevar experiencias literarias a cárceles de la ciudad. El interior de la oficina es un espacio iluminado, rodeado de libros y pinturas. En sus paredes blancas resaltaban varios poemas escritos con tinta negra.

Tomé asiento guiado por Margarita, quien me dejó instalado con José y Manzur, y se ausentó un momento para acicalarse y mandar a prepararnos una deliciosa merienda con yuca frita y el mejor suero que haya probado en esta vida.

Le pedí a Manzur un vaso de agua y quedé a solas en aquella apacible oficina. Justo frente a mí había un poema escrito en una letra cursiva algo torpe, llevaba por título Sur, empecé a leerlo. Al terminar vi que estaba firmado por “John Brasco”. Primero me dio risa el asunto, luego algo de molestia, y finalmente mucha pena. Aquel texto lo había escrito yo y se lo había dedicado a Jorge Luis Cabas, un soldado raso con quien había mantenido un romance malevo. Lo titulé Sur, por la película Sur, la balada para un loco, y por el tango “Vuelvo al sur”, escrito por el director de la misma, el argentino Pino Solanas. Por entonces escuchaba la canción día y noche, leía a Borges, estaba algo “argentinizado” por decirlo de alguna manera. Al leerlo por segunda vez en aquella pared sentí una oleada de melancolía, mi tanguera adolescencia volvía de repente, un olor a semen juvenil y gasolina inundó el aire.

Volvieron Manzur y Margarita. Quedaron sin palabras cuando les conté que aquel poemita lo había escrito yo dos décadas atrás. Señalé algunas correcciones y ciertas modificaciones que tenía y Galindo asintió, argumentando que eran unas correcciones que ella había hecho y que de paso, ayudaron mucho al poema.

En los computadores de la fundación conservaban un archivo con poemas de “Brasco”. Al leerlos descubrí otros dos poemas míos: “Hambre” e “Inicio de estupidez de la forma”. También hallé un poema de Luis Manuel Mercado, quien en los noventa, junto a Frenly Angarita y este servidor, conformamos el grupo literario “Golpe de agua”.

Lo paradójico de todo este asunto es que a “Brasco” se le invitó a Poemarío, ya que en una visita de Miguel Iriarte -director del evento- a la Fundación Pagina Suelta, se encontró de frente con el poema Sur e, ignorando lo que ya es sabido, le pareció pertinente invitar a ese joven desconocido "poeta barranquillero".

La literatura, en especial, la poesía, es un género de constante experimentación. Me he preguntado si permito que Viloria se quede con esos poemas o no; ignoro si tiene más de mi autoría. En el caso de darle la oportunidad de que haga “una apropiación” de ellos, me gustaría proponer un ejercicio simple: abrir un espacio de sustentación -ya sea en un bar, una plaza, el lugar que sea- donde él pueda argumentar su acto. Ya que lleva años con esos textos como propios me gustaría saber de qué forma los siente suyos, qué entrañan los poemas para haberlos hecho suyos. En pocas palabras, que logre hacer una reinterpretación de los mismos que resulte ajena a mí, su creador. De esa forma estoy dispuesto a cedérselos. Aunque intuyo que eso no pasará: Viloria es un tipo algo torpe, desprovisto de talento alguno.

Pero si hay algo que resaltar o de admirar de alguien que plagia es su deseo sin medida de formar parte de una historia que no vivió, de ser un sujeto distinto al que es realmente. Otro, el que sea.

(Imagen tomada de http://www.cathedralex.com)