Hace poco, durante la sobremesa de una reunión de amigos la esposa de uno de ellos nos habló, indignada, acerca de las suspicacias que una acción suya, referente al manejo de unos dineros, había despertado en su jefe: "Es que el ladrón juzga por su condición", remató al final. Sin embargo, cuando veinte minutos después otra de las concurrentes relató la forma en que se había dado cuenta de que su empleada doméstica le robaba dinero de su billetera, la esposa de mi amigo olvidó por completo su sentencia inicial, y apoyó a su congénere, que acababa de relatar su detectivesca experiencia, con un lapidario: "Piensa mal y acertarás".

Lo anterior no pasaría de ser una anécdota más o menos divertida si no fuese por el hecho de que ocurre todo el tiempo, y de que esas incongruencias, derivadas de los sesgos evolutivos de la especie humana (disonancia cognitiva, para hablar en términos científicos), son el origen de no pocos de los peores problemas imaginables. Con tal de apoyar un prejuicio ancestral, se incurre con asombrosa facilidad en el disparate.

Fue lo que me ocurrió cuando hace poco, en un chat grupal del que hago parte, defendí los derechos a adoptar niños por parte se parejas homoparentales. Uno de los participantes en la discusión, que minutos antes había propuesto eliminar a los homosexuales a través de una especie de 'solución final', intentó reafirmar su punto de vista con una frase de nadie manos que Óscar Wilde. Pese a todo, no quise ilustrar a mi acérrimo opositor acerca de la relación de Wilde con Lord Alfred Douglas, para así evitarle un disgusto mayor del que ya demostraba (si hubiese un emoticón que echase espuma por la boca, creo que él lo habría usado en esa oportunidad). Tampoco he tenido corazón para informarles a varios de los contertulios de ese mismo chat que resulta cuando menos extraño que extraigan la frase 'El pueblo unido jamás será vencido' de una tonada de inspiración marxista-leninista para oponerse al supuesto Socialismo del Siglo XXI que traería a Colombia la firma de la paz con las Farc.

Pero es que, usadas consciente o inconscientemente, las fórmulas prefabricadas son un arma bastante eficaz para imponer la propia voluntad sin mucho esfuerzo. Gracias a esas ellas es posible, por ejemplo, que el partido del senador Uribe tenga el descaro de incluir la palabra 'democrático' en su nombre, pese a que fue justamente durante su gobierno que se mutiló la Constitución para tratar de perpetuarlo a él en el poder, y que la oposición fue espiada ilegalmente. Eso para no hablar de desmanes peores ocurridos en su mandato, como los 'falsos positivos'.

Esas recetas por lo general se usan para denotar exactamente lo contrario de una situación dada. En ellas se puede encontrar una explicación a por qué, por ejemplo, la principal figura del partido Cambio Radical desciende de los Lleras, lo cual no implica mucho cambio en la política colombiana que digamos -y mucho menos radical-. Y también puede encontrarse la explicación de por qué el representante de ese mismo partido en Barranquilla es -y además por segunda vez en menos de diez años- de apellido Char. O por qué la senadora Viviane Morales, que se basa tanto en las Escrituras para sus iniciativas legislativas, se presenta por el Partido Liberal.

La forma de usar el lenguaje, la escogencia de las palabras claves, el orden en que van puestas, el momento y lugar que se eligen para decirlas, el público al que van dirigidas y muchas veces hasta el tono, todo eso, puede decirse que es un arte, y quien lo domine tiene más poder que si tuviese un ejército que lo respaldase. Porque, de hecho, de esa y no de otra forma es que se consigue tener un ejército para servicio propio. Así, a punta de lugares comunes, de frases prefabricadas o fabricadas a la medida de la situación y del auditorio, sin importar mucho que fuesen mentiras o contradictorias entre sí, ascendió al poder Hitler. Y se mantuvo allí el tiempo suficiente para mandar a la guerra, al matadero, a todo un país.

Ahora que por fin se firmó la paz con las Farc y se aproxima el plebiscito refrendatorio, pulularán por doquier y sin duda todo tipo de frases malintencionadas que en el fondo sólo esconden falacias, verdades a medias, calumnias o simples mentiras. Los cuatro años que ha tomado llegar hasta aquí son la mejor base para afirmar lo que digo. La batalla verbal será, si cabe, peor que la campal.

Yo por mi parte estaré preparado para coger con pinzas todo lo que oiga o lea durante este período. Ya no soy, como cuando era joven, tan susceptible a las frases efectistas y a los refranes comodines que parecen arreglarlo todo. Por fortuna los años no pasan en balde.

Hombre, es que más sabe el Diablo por viejo que por Diablo.

(Imagen tomada de www.psicologiapuebla.com)