Por Alvaro Enrique Ruiz Hernández (1933-2016)

Nota: En la noche del jueves 11 de agosto, nos dejó una de las grandes figuras de la radio en Colombia, el maestro Álvaro Ruiz Hernández, pionero de los dramatizados radiales. Fue guionista de series como Kaliman, La ley contra el hampa y Código del Terror. Como homenaje a su obra, y gracias a la gentileza de sus familiares, traemos esta hermosa crónica sobre el Divo de Juárez, escrita en 1981 y publicada hace pocos días en su blog Postales del Ayer

Cuando Armando Manzanero conquistaba al mundo con su balada “Adoro”, un muchachito de escasos 17 años que se hacía llamar Adán Luna se presentó en un centro nocturno de Ciudad Juárez, su tierra natal, y le dijo al dueño: “yo quiero cantar y sé cantar”. El propietario se pasó el grueso puro que fumaba de un lado a otro de la boca y sonrió despectivo antes de decir que eso lo había escuchado muchas veces y que le había costado sus buenos “del Águila” el hacerles caso a tantos muchachos “que decían que podían”, y a la hora de la verdad resultaban como los fríjoles que al primer hervor se arrugan.

Adán Luna le contestó que con él “el brinco era más corto porque sabía cantar, y si no le gustaba al propietario, pos me largo sin cobrarle un pesote”. Ante aquella decisión no había más nada que hacer y Adán Luna actuó. Entonces se ganó al público según reza la historia de aquella noche inolvidable para el cantautor más cotizado hoy día en América. Y así como las desgracias no vienen solas, tampoco hay que ser tan injustos y se debe admitir que los triunfos se encadenan. Casi enseguida se le abrió camino porque obtuvo su primer contrato en el centro nocturno “Malibú”, cuyo propietario, Roberto Sapién también había tenido sus inquietudes de compositor hasta cuando se decepcionó por completo y decidió que  tener un grill era menos complicado y muchísimo más productivo. Por ello accedió a contratar a aquel jovencito de la guitarra que se hacía llamar Adán Luna y le pagó la fabulosa suma de 10 dólares diarios. Hoy día podría decirse que hasta para cualquier profesional veterano en nuestra patria diez dólares diarios sería un contrato no despreciable. Pero si este chico había nacido en Ciudad Juárez, y allí mal que bien había triunfado, se estaba desvirtuando aquello de que nadie es profeta en su tierra. No, se encargaba de explicar después el muchacho, y era muy cierto. Nacido en este pedazo de Chihuahua, de padres campesinos que tenían que mantenerlo no solo a él sino a cinco bocas más, el hoy primera figura de todos los hit parades de América hubiera tenido dificultades, a no ser porque al viejo Aguilera le gustaba también el canto.  Sí, porque el verdadero nombre de Juan Gabriel, al menos el cantante, es Alberto Aguilera Valadez y “lo de compositor e intérprete es algo que se trae cuando se viene al mundo. Por eso yo nací cantante y compositor.”

Esa expresión la lanzó una vez, cuando con solo 13 años  de edad compuso una canción para una velada escolar. Su tema Tres claveles y un rosal fue muy aplaudido, sobre todo por la circunstancia de ser “un escuincle” el autor e intérprete. Vino entonces el deseo de provinciano, porque como dijo una vez Luis Jordán Burgos, “todo provinciano es una mosquita que quiere degustar el inmenso ponqué que es la capital.”  Si se piensa así se  triunfa seguro. Lo que ocurre es que hay otros provincianos que no miran la capital como un ponqué delicioso aunque gigantesco, sino como una enorme montaña que los aplastará. Esa fue la impresión que tuvo Alberto Aguilera Valadez cuando todas las puertas en Ciudad de México se le cerraron. Bueno, “todas no”, aclara él, “se cerraron las puertas de las disqueras, pero subsistí gracias a que otras puertas, las de los amigos capitalinos de los barrios humildes donde pululan las vecindades, esas siempre estuvieron abiertas.” Pero llega un momento en que aún la convicción más firme del propio valor flaquea. Llega un instante en que  aún el optimismo más y mejor cimentado se torna en oscuro pesimismo, y frente a aquellas teorías que hablan de “que el hombre hace su  destino y que nada es imposible, que todo lo que nos proponemos lo alcanzamos” dan ganas de decir “mamola” y largarnos para cualquier parte, olvidándonos de todo. Así le pasó al cantante, y una tarde cualquiera de un mes de abril se apenó de recibir prácticamente la caridad de los amigos mexicanos y enrumbó para otros lares. Llegó a Tijuana y se internó por varios años en una Escuela Social por la única circunstancia que el cura del lugar era muy amigo del famoso maestro Solares, de quien aspiraba a recibir algunas instrucciones, como en efecto lo logró, en los ratos libres del profesor. Tenía entonces el problema de lo que en Colombia llamamos la papa o la yuca, y que en México le llaman frijolitos, problema que se resolvió cuando el Reverendo Juan Galeano, al saber que el muchachito llamado Aguilera cantaba bastante bien, le dio alimentación a canje por cantar en los coros de la parroquia de Tijuana, aunque algunos biógrafos dicen que fue en la Catedral. No obstante, el futuro número uno de la canción moderna de su país no había ido buscando eso. Estaba como en una transición y allí muy cerca de la imagen del Todopoderoso empezó a reencontrarse. Pero viene un  episodio que, aunque triste en su origen, determinó con el tiempo uno de los más sonados triunfos discómanos de Juan Gabriel. Es el tema: Yo no nací para amar. Fue a sus 16. Anhelaba tanto el amo. Por esos días regresó a Ciudad Juárez a reponerse de algo peor que los desengaños del disco: el dolor de un amor no correspondido. Fue entonces cuándo y porqué decidió hacerse llamar Adán Luna. Se le había metido entre ceja y ceja que su nombre no pegaba y se afianzó en la idea, cuando, como ya queda relatado, haciéndose llamar así consiguió un contrato que le deparaba 10 dólares diarios y que le permitió hacer sus “guardaditos” para tomarse la revancha.

“Qué vas a buscar nuevamente a México”, le preguntaron sus amigos más íntimos, y a continuación le decían: “ya estuviste allá y todo fueron puras  pérdidas”. Pero Aguilera tenía una espina en el alma y estaba seguro de que, contrario a lo que decían todos sus paisanos, “a la tercera va la vencida”, él podía triunfar en la segunda intentona. Tan pronto como los 10 dólares diarios ayudados por Cronos le permitieron hacerse con pasaje y hospedarse decentemente sin recurrir a la mano tendida de los amigos de las casas de vecindad, Aguilera reemprendió el camino a la Capital. Lo pensó mucho en el trayecto y decidió que debía irse a la principal disquera y a la más importante emisora. Nada de medianía ni de aquellos cuentos que no solo en Barranquilla echan: “te pago poco porque estás empezando pero después, con tu clase, te tapas de plata”. Pero sucedió que algo inesperado le haría cambiar de planes y la mano de Dios Todopoderoso le guiaría por su verdadero camino, porque antes inclusive de instalarse vio un espacio de televisión en el que se presentaban la Prieta Linda y el Mariachi Vargas de Tecalitlán. Se fue entonces directo a Televicentro y, como había leído hacía mucho tiempo que el verdadero nombre de La Prieta era Enriqueta Jiménez, por ella preguntó. Cuando le dijo a la recepcionista que iba en busca de Enriqueta Jiménez, la bella mexicanita dio un respingo y le dijo que en televisión no había ninguna estrella con ese nombre “retefeo”. Aguilera dijo que era bueno que se enterara, que Enriqueta Jiménez no era otra que La Prieta Linda, la célebre cantante de rancheras.

“¿Y Ud. Cómo lo sabe?” “Pos, porque somos paisanos”. Con semejante audacia, aunque nunca había visto fuera de fotos y cine a la cantante, Aguilera consiguió entrada, y a Enriqueta le hizo mucha gracia “la puntada” y lo atendió muy bien.  Tan bien le atendió que cuando el muchacho le mostró su cartapacio, a ella le gustaron algunos temas y hasta los tarareó.

“Cree Ud que se puede hacer algo con estas canciones?”

“No solo se puede, sino que se van a grabar, mejor dicho: “yo, La Prieta Linda voy a grabar ésta en tiempo de ranchera”. Y tomando No tengo dinero, le invitó a ir a los estudios de RCA Víctor. Después de los inevitables preámbulos, que con todo y padrino -en este caso madrina- se suceden con los cantantes nuevos, unos meses después, en junio de 1971 salió un sencillo con las canciones de Aguilera No tengo dinero y La más querida, en la voz de La Prieta Linda. Un documento fonográfico histórico es el que registra esa pasta Ref: 4972 en sencillo 45, en el que aparece en el paréntesis del autor el nombre de Alberto Aguilera. Sería entonces la misma Enriqueta, quien al saber que el muchacho quería interpretar sus canciones porque ella le había dado la idea de inventar un género, la balada ranchera, quien le insinuaría que con ese nombre no iba a ninguna parte. “Entonces me haré llamar Adán Luna, con ese me fue bien en…” “Voítelas!” La Prieta no lo dejó concluir. “Adán Luna es nombre así como para vendedor de tacos y enchiladas. Mira, ahora se usa un solo nombre, y a veces ni eso. Hay que hallarlo y pronto”. Aguilera se acordó que entre sus hermanos había uno de nombre Juan Gabriel que todos en Ciudad Juárez decían que era “rete de buenas” y entonces dijo tímidamente: “Cómo quedará Juan Gabriel”.

De que quedó bien, no hay duda, porque Juan Gabriel empezó a escalar posiciones y ya sin la tutela de La Prieta Linda grabó en calidad de solista. “No tengo dinero”, “Por las montañas”, Como amigos”, “Adiós siempre te vas”, “Siempre en mi mente” y “Siempre estoy pensando en ti”. De allí en adelante todo le ha sonreído al cantante compositor, primera figura de la actualidad.


NOTA FINAL DE SU VIUDA ROCÍO GÓMEZ LORA: Hasta aquí la crónica del maestro escrita en 1981. Juan Gabriel consolidó su fructífera carrera de tal Manera que se ganó el título de “EL DIVO DE JUÁREZ” y curiosamente pocos días antes de la partida del maestro, mi esposo, Álvaro Ruíz Hernández, al escuchar a la distancia una canción del cantante, me volvió a decir, como en otras ocasiones: “Juan Gabriel, de los tres mejores compositores de México: a la par de José Alfredo Jiménez y Cuco Sánchez”.

(Fotografía tomada de http://poblano.mx/)