Hiroo Onoda fue un oficial de inteligencia que sirvió en el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial, e hizo parte de un contingente designado a la isla de Lubang, Filipinas, cuya misión era espiar a las fuerzas norteamericanas allí apostadas. Para tal efecto, él y sus compañeros debían fungir de magos en el arte de esconderse, labor que desempeñaron a la perfección hasta el 15 de agosto de 1945, cuando la confrontación llegó oficialmente a su fin.

Lo malo fue que ninguno de ellos dio crédito a las versiones que hablaban del final de la guerra, así que permanecieron ocultos durante años, alimentándose de cocos y animales robados a los lugareños. Pero incluso cuando sus compañeros murieron a tiros mientras buscaban comida para sobrevivir, Onoda permaneció emboscado con esa misma destreza de camaleón asustado durante muchos años más, haciendo caso omiso de las innumerables señales que seguían informándole que la guerra había terminado. De nada valieron las expediciones que enviaron en su búsqueda, ni los folletos y fotografías que le lanzaron desde un avión, con los que autoridades de su país y familiares suyos intentaban convencerlo de que regresara: él tomaba todo eso como estratagemas de los aliados para atraparlo.

Sin embargo, el 20 de febrero de 1974, más de 28 años después del silencio de los cañones, Onoda se topó con Norio Suzuki, un estudiante japonés que viajaba por el mundo buscándolo a él, a un oso panda y al Abominable Hombre de las Nieves. No obstante, y a pesar de que Suzuki se hizo su amigo y le confirmó que la guerra había terminado tres décadas atrás, Onoda todavía aducía que para abandonar su posición de combate precisaba recibir órdenes de su superior, el mayor Taniguchi. Y fue sólo cuando este último voló a Lubang y le ordenó deponer las armas que Onoda se rindió. Entonces entregó su uniforme mil veces remendado, su espada, su fusil de cerrojo tipo 99 Arisaka -el cual todavía funcionaba perfectamente-, 500 cartuchos y varias granadas de mano

Me cuesta trabajo saber si todo eso me produce más lástima que risa. Lo que sí sé es que, de tener en cuenta lo que está pasando frente a nuestras propias narices en este país de caricatura, la historia no tiene nada de inverosímil.

¿Exagero? No: aquí en Colombia ya no hay enfrentamientos entre la Fuerzas Armadas y las Farc desde el 20 de julio del año pasado. Tampoco hay muertos en combate, ni tiros ni granadas ni bombas ni pipetas de gas. La campaña de 'Nuestros héroes heridos en combate' que organiza cada año la emisora La W quizás no se realice este diciembre, por física sustracción de materia. Algunos noticieros tienen que buscar la guerra en el pasado, y se ven obligados a recurrir a los malos recuerdos para lograr su cuota diaria de amarillismo. Ya no hay secuestrados ni mutilados ni viudas ni huérfanos ni madres desconsoladas ni hogares destrozados.

No hay nada de eso. Aparte, el 24 de agosto pasado se sellaron los acuerdos de paz entre las dos partes en conflicto, y el 29 de agosto se decretó el cese bilateral definitivo del fuego: la guerra terminó. Sin embargo, y pese a esa abrumadora carga de evidencias, hay gente que todavía no lo cree.

La diferencia con el caso filipino es que aquí no hay un solo incrédulo, sino millones. Millones de tenientes Onoda a quienes tienen convencidos de que esta es una 'falsa paz'. Millones de incrédulos patológicos que se refieren a la actual situación -que quizás este país no ha visto nunca en su historia- como la 'mal llamada paz'. Es gente a la que han convertido en mecánicas casandras, vaticinadoras de una guerras futuras que sobrevendrán…¡si seguimos en paz! Habrase visto. Y pese a que ya llevamos más de un año así, en paz, estos gratuitos profetas del desastre siguen esperando, con una ansiedad digna de mejor causa, la nueva guerra que les prometieron. Pero que nunca llega.

¿Que hace falta para que todos ellos se libren del síndrome del teniente Onoda? ¿Por qué para ellos esta es una 'mal llamada paz'? ¿Por qué es una 'farsa', si ya no hay tiros? ¿Por qué es un 'teatro montado en La Habana' si en efecto ya no hay combates, ni muertos? ¿Por qué es una 'falsa paz'?

¿Será que sólo se sienten en paz cuando prenden el televisor, se acomodan en sus poltronas favoritas y se enteran de que hay unas cuántas decenas de colombianos destripados en algún monte remoto? ¿Será que, tal como al coronel Aureliano Buendía, sólo los mueve el orgullo, y por no dejar a un lado escrúpulos como ese de que hacer la paz es 'entregarle el país a la guerrilla' son incapaces de romper el círculo vicioso de la guerra que gira sin control en sus cabezas? ¿O será más bien que están esperando que su superior, su mayor Taniguchi de sombrero aguadeño, les dé por fin la orden de que depongan sus pistolas de Nintendo?

Si la respuesta a alguna de esas tres preguntas es afirmativa, me temo que esta estirpe desgraciada a la que pertenecemos los colombianos no sólo estará condenada a no tener una segunda oportunidad sobre la tierra, sino que ni siquiera va a tener la primera.