Pese al prestigio que confieren los altos cargos, sean éstos políticos o empresariales, y pese al aura de superioridad que suele rodear a todo aquel que aparece frecuentemente en televisión, no hay que olvidar que todas las personas que ocupan esos cargos y aparecen en esas pantallas son simples seres humanos, y que muchas veces llegaron adonde están por físicos golpes de suerte o gracias a burdos manejos de influencias.

Es por no recordar esto último que a veces no damos crédito cuando vemos en las noticias sonoras metidas de pata a cargo de personajes que tenemos como muy importantes. Acabamos de enterarnos, por ejemplo, de la forma en que el presidente de México se humilló voluntariamente ante Donald Trump, y extendió, de paso, el ridículo propio a todo su país. A uno, como ciudadano común y corriente, no le cabe en la cabeza cómo una persona que ostenta un puesto tan prestigioso, y que cuenta con un enjambre de asesores a su alrededor, comete una estupidez de semejante envergadura.

Ejemplos al respecto los hay por miles, desde el risible opinador de sandeces de Dan Quayle, nada menos que exvicepresidente de Estados Unidos (es decir, el reemplazo en su momento del hombre más importante del planeta, y de cuyo criterio acaso depende una eventual guerra nuclear), hasta el indescifrable rey Juan Carlos de España, quien así como alguna vez tuvo la prudencia y el tacto político para asegurar el tránsito de su país hacia la democracia, también tuvo el desatino de posar para una foto, escopeta en mano, con un elefante recién abatido a sus espaldas.

Solemos pensar que personas de ese nivel lo tienen todo calculado, y que no dan puntada sin dedal. Sin embargo, hay momentos en los que queda al descubierto que muchas veces el mundo funciona a punta de palos de ciego que dan gobernantes y dirigentes. Pruebas de ensayo y error o simples arrebatos impulsivos en los que las vísceras se imponen sobre el cerebro.

Todo esto me viene a la cabeza hoy que el Consejo de Estado, después de un interminable proceso, declaró nula la reelección del procurador Ordóñez. Lo cual no tendría nada de raro, de no ser porque el principal instigador para que el fallo se produjese fue el presidente Santos. Supongo que, como el palo en la rueda que es Ordóñez contra todo lo que huela a proceso de paz, el presidente quería quitarlo del camino. Pero, ¿cómo queda eso ante la opinión pública a escasas tres semanas largas de celebrarse el plebiscito, máxime si el principal argumento de la oposición es que el país en breve estará convertido en otra Venezuela, adonde abundan las presiones y decisiones de ese tipo?

No sé si Santos cometió un error grueso al inmiscuirse de esa forma en la decisión del Consejo de Estado, o si entre sus sumas y restas de pokerista termine con más ganancias que pérdidas. No lo sé, repito, pero por lo menos se me hace un caso bastante similar al protagonizado por el mismo Ordóñez -esa vez en la otra cara de la moneda-, cuando destituyó al entonces alcalde de Bogotá Gustavo Petro y lo inhabilitó por 15 años para ocupar cargos públicos.

Siempre me ha parecido que ahí se equivocó el hasta ayer procurador: si bien su intención parecía ser la de despejar su propio camino hacia la presidencia, maniatando a uno de sus posibles y más fuertes competidores, lo único que consiguió fue resucitar a un moribundo Petro, quien buscando salvar su desastrosa administración aprovechó la oportunidad para declararse un 'perseguido político del Establecimiento'. A la larga, la destitución nunca se produjo, la inhabilidad para desempeñar cargos públicas tampoco se hizo efectiva y Petro, que iba derechito a marchitarse entre los huecos de las caóticas calles bogotanas y las innumerables obras sin comenzar, hoy por hoy está en la baraja de los presidenciables, con no despreciables probabilidades de dar la pelea por la Casa de Nariño.

Pero quizás el caso más desconcertante de todos es el que involucra al presidente Santos y a su antecesor, el actual senador Uribe. Yo nunca había visto una torpeza política tan protuberante: ¿alguien se imagina lo que hubiese pasado si Uribe en vez de oponerse de esa forma tan infatigable y absurda al proceso de paz que está a punto de refrendarse lo hubiese apoyado?

Yo hice el ejercicio, y concluí que por el hecho de ser él, Uribe, quien montó a Santos en el poder, al presidente le hubiese quedado muy difícil no acoger las sugerencias de alguien a quien todo el mundo identificaba como su benefactor político (sugerencias que, con seguridad, no habrían sido las descabelladas exigencias que hace ahora). Además, Uribe habría quedado como el verdadero padre de la paz, y Santos apenas como su partero, puesto que en el imaginario colectivo se relacionaba el mandato de Uribe con el principio del fin de las Farc. Por si fuera poco, lo más seguro es que, así como sucedió en la primera posesión de Santos, Uribe se habría convertido en una de las principales figuras -si no en la principal- de la ceremonia que se llevará a cabo en Cartagena la última semana de septiembre.

Ahora, en cambio, derivado de su insensato saboteo a los acuerdos de La Habana, muchos no están dispuestos a reconocerle nada de bueno a ninguno de sus dos gobiernos. Y lo más probable es que en lugar de pasar a la historia como el precursor del final de la guerra, lo haga como un perverso mercader de ésta. No se entiende cómo alguien tan supuestamente inteligente incurre en una pifia tan descomunal. Pero supongo que a veces no se trata del nivel de inteligencia, sino de un asunto de arrogancia.

La arrogancia del poder, que nubla la razón.