En días pasados, una amiga que vive en Chile me contaba que tenía un gran temor de expresar su voto por el NO: “Temo que mis amigos partidarios del SÍ dejen de hablarme, me acusen de Uribestia, pese a que no comparto la ideología de ese señor”. Y su argumento por el NO era bien válido: “Por principio, el Estado no debe negociar con criminales. Por ello he recibido insultos a tutiplén”. Hoy, otra amiga me expresaba una opinión similar, pero contraria: “Me han bloqueado en FB por mi apoyo a favor del SÍ, en un clima de rencor y odio tal, que he comenzado a sentir miedo”. Y su razón por el SÍ, también era muy válida: “He vivido la guerra en carne propia, he sentido las bombas, y quiero que mi hijo viva un mundo diferente; y me han insultado y bloqueado por ello, por decir que otro mundo es posible”.

La realidad es que la violencia verbal y la degradación del discurso político -y ahora social- no son nuevas. Ya en 1995, con motivo del atentado de Oklahoma que costó la vida de 168 personas, el entonces Presidente Clinton, dijo: “Oímos muchos gritos y voces enfadadas cuyo único objetivo es mantener a algunos tan paranoicos como sea posible y al resto molestos y preocupados unos con otros. Esparcen odio. Dan la impresión de que la violencia es aceptable”. Escuchar el discurso de políticos como el Sr Trump es darse cuenta que el discurso político se ha degradado de manera grave en Norteamérica y, si hemos de dar crédito a lo que leemos en los periódicos, en buena parte de Occidente. Basta mirar nuestro vecindario para darnos cuenta de que hay políticos dedicados a esparcir odio: en Venezuela, el chavismo azuzó a un sector de la población contra la burguesía, declarándola parásita, ladrona, escuálida, corrupta, mientras invitaba a la defensa de la revolución por las armas; en Argentina se acusa al Gobierno de instigar al odio contra el Sindicalismo; las protestas en Brasil a favor o en contra de Rousseff, fueron promovidas en el Congreso con una retórica incendiaria repleta de términos como: “golpe de estado", "criminal", "bandidos”. Qué decir de las protestas en Colombia contra la ministra Gina Parody por las cartillas, que se llenaron de agravios personales por su condición sexual, o ahora con el tema del plebiscito de aprobación de los acuerdos de La Habana, todo lo cual es muestra de la gran polarización del discurso, que va en contravía de un aspecto fundamental del pragmatismo político, como es la negociación para lograr el desarrollo de unos proyectos colectivos.

No es, creo yo, una carencia de civilidad (de ahí mi rechazo, por principio, a las frases de algunos de nuestros grandes columnistas colombianos, -que pueden resumirse en: “¡Qué lejos está mi país de mis maravillosos principios!”) catalogada como “mala educación" (por ejemplo gritar o interrumpir un debate en el Congreso), sino que es muestra de algo mucho más serio: la radicalización e incitación a aceptar posiciones mesiánicas del tipo “quien no está conmigo, esta contra mí, porque mi profeta lo dijo”, o “si ganamos las elecciones, desmontaremos lo acordado”, o peor aún, “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, sin la posibilidad de construir consensos o acuerdos, pues al final, lo que se busca es la victoria total, la eliminación del enemigo, la negación del que piensa diferente.

La cortesía es una virtud; no tener educación en no es culpa de quien carece de ella; pero hay una gran diferencia entre la falta de educación y los llamados, implícitos o no, a la violencia, para sacar del medio al otro. Este tipo de retórica tiene un claro origen en posturas de derecha, y aviva el enojo que subyace en muchos de nosotros frente a la sociedad y al Estado. Para ellos debe existir un enemigo, al estilo del estado del Gran Hermano de Orwell. En algún momento fue la Unión Patriótica, después las FARC, ahora, la supuesta entrega del país al castrochavismo, cualquier cosa que eso sea; el miedo, el miedo al final, como impulsor de nuestra sociedad, pues fue absorbido por ella. Hoy los acuerdos, los consensos, son vistos como asuntos turbios, causantes de la injusticia o la corrupción que permea este país, de allí que se rompan hogares por asumir tal o cual postura alrededor de los acuerdos.

Un país como Israel ha hecho de la Guerra una razón de Estado. Mas hubo quienes rompieron esa idea, como Yitzhak Rabin, quien acordó con Arafat los Acuerdos de Camp David que permitieron soñar a muchos con el fin de la guerra. Le dieron el Nobel de Paz. Se creó un clima de odio instigado por los partidos opositores, al extremo de que un joven radical lo asesinó en 1995. Ante las muestras de dolor su viuda reclamó a la sociedad y a los políticos: “¿Dónde estaban ustedes cuando se esparcía este odio, cuando todos protestaban por los acuerdos?”. El líder opositor acusado de azuzar el malestar social y a los extremistas era Benjamín Netanyahu, quien es actualmente el Primer Ministro. La Paz entre israelíes y palestinos parece muy lejana hoy.

Quien se considere decente,debe rechazar este discurso de odio e intolerancia que abunda en las redes. Es inaceptable, por ejemplo, que el apoyo por el SÍ sea ilustrado con comentarios de este tipo en Facebook: “No estoy de acuerdo. Los que votan por el NO lo hacen en general por ganas de venganza o por ignorancia, por razones mezquinas en todos los casos. Decirle "idiota" al que propone arreglar las cosas a bala, no es para nada ponerse a sus nivel, no hace bien a nuestra sociedad”. Afirmación general, gaseosa y lo suficientemente agresiva para caldear los ánimos. (El subrayado es mío).

En el pasado se mataba por razones religiosas; nuestro siglo ha visto cómo los motivos han cambiado, como señaló el poeta sudafricano Roy Campbell en el período de entreguerras: “Mucha más gente ha sido encarcelada por la libertad, humillada y torturada por la igualdad, sacrificados por la fraternidad, que en toda la Edad Media por motivos mucho menos hipócritas”.

Esos tiempos, que después de dos guerras pensábamos superados, están volviendo. Lo vemos todos los días y es nuestra responsabilidad –la de aquellos que nos decimos decentes-, por encima de la ideología que sea, atajarlos. No tengo respuesta para el cómo; por lo pronto, me niego a participar en este discurso violento. No me considero moralmente superior, y habrá quien cuestione mi decencia. Pero creo que es lo mejor que puedo hacer.