Por: John William Archbold

A medida que avanzaba en la lectura de la opera prima del escritor barranquillero Giuseppe Caputo, se me hacía más difícil coincidir con los comentarios que a diario veo sobre su muro de Facebook, los cuáles señalan la historia como una composición conmovedora, entre otros calificativos que destacan su consonancia emocional. Si bien hay un enorme esfuerzo estético y una profunda carga sentimental, centrarse en estos aspectos implica reducir una intrincada urdimbre de metáforas y simbologías que se inscriben a lo largo de la historia, formulando inquietudes mucho más profundas, y que probablemente requerirán de varias y muy diferentes lecturas para abarcarlas en alguna magnitud significativa.

Aunque los elementos que convergen en torno la sexualidad ocupan una relevancia especial en esta novela, Caputo se permite explorar otras secciones de la realidad y la condición humana, partiendo del escenario mismo. Aquella extraña ciudad donde transcurren los hechos, la cual parece por momentos ofrecerlo todo y al mismo tiempo no tener nada, llena de luces artificiales que van extinguiéndose hasta llegar a una periferia cercana al mar, es la primera dimensión simbólica que encontramos. La oscuridad es una constante que la luz sólo logra acentuar; su ausencia marca el derrotero de los excluidos, de los que no merecen que sus rostros sean conocidos: los pobres, los extraviados, los de moral cuestionable. Ellos son conducidos hasta un límite que no está libre del rezago, que es capaz de eliminar a quienes no encajan en sí mismo, y de la manera más implacable, todo bajo el amparo de esas tinieblas. Este espacio por supuesto es una ilustración del carácter excluyente de nuestras sociedades, de su manía de perseguir a los inadaptados, incluso dentro de los espacios donde han sido desterrados.

Sin embargo, este espacio experimenta un ascenso en el penúltimo capítulo de la novela. La presencia de un parque de diversiones consigue que el sector se ilumine, que se reactive económicamente y que poco a poco palidezcan los macabros recuerdos que se han coleccionado allí. Teniendo en cuenta que el corazón de ese mejoramiento es un bar al que asisten exclusivamente hombres y que anteriormente ha sido objeto de una cruenta masacre, Caputo parece graficar la situación de la comunidad homosexual, que de una existencia lúgubre mediada por una persecución agresiva, pasó a disfrutar de un respeto cada vez más pronunciado, sin embargo, este respeto se relativiza en la novela. Que este ascenso sea patrocinado por la presencia del parque de diversiones, las opiniones burlescas que se anidan en torno a este y algunas costumbres persistentes, parecen ilustrar cómo la figura del homosexual se ha transformado en un objeto exótico de divertimento, que el creciente respeto sigue siendo un sofisma conectado a perspectivas distantes de su auténtica realidad.

Por esta misma vía, el tercer capítulo que lleva por título “La ruleta” es bastante interesante teniendo en cuenta que encierra una carga sexual, y por instantes erótica, que dispensa de un análisis detenido escena por escena que no podríamos hacer en esta ocasión. Es notoria una crítica hacia ciertas estructuras que regulan las relaciones entre hombres homosexuales, como la endofobia de la que es víctima el protagonista. En un espacio virtual llamado La ruleta y en un sauna, vemos al protagonista entrar en contacto íntimo con varios hombres, y en medio de estos accede voluntariamente a ejecutar acciones que no le apetecen, expresando sentimientos y sensaciones que no son reales. Estas actitudes podríamos entenderlas desde los análisis posporno realizados por el filósofo Beatriz (ahora Paul. B) Preciado. En estos se resalta como la performatividad del cine porno ha dejado al descubierto toda una representación de gestos, signos y comportamientos artificiales que están por encima del acto sexual y que se integran a este satisfaciendo unas necesidades y búsquedas exógenas. Esto es lo que vemos reflejado en el personaje cuando adopta comportamientos que no le complacen, con el único fin de procurar la satisfacción de otro. De este modo el autor está reflejando que el sexo, más allá de la satisfacción sensorial, implica una acción vindicativa del individuo, y una influencia coaccional que reside en la interacción física, pero que rebasa el mero orden sensitivo.

La lucha del hijo por vencer al padre es quizá uno de los temas más recurrentes en la historia de la literatura, desde Sófocles como referente clásico por excelencia, hasta pasar por otras figuras, lejanas y cercanas a nuestro contexto, como Fiodór Dostoyevski o Juan Rulfo. Tomando distancia de cualquier relación autobiográfica que pueda tener la historia, percibo que Un mundo huerfano es, entre muchas otras cosas, una recreación de esa lucha, aunque se desarrolla de un modo muy particular. Los protagonistas son un padre y un hijo, el narrador de la historia, los cuales padecen hondas angustias de distinto orden. Entre ambos existe un gran cariño, pero también conflictos y desacuerdos, señas de una lucha silenciosa. Hay una enorme dependencia mutua, que contrasta con un deseo del hijo de labrar sus propios horizontes, entorpecido por una incondicionalidad del padre que impide cualquier distanciamiento. El padre tiene un afán por guiar al hijo, aunque el puede valerse por sí mismo, defenderse y defender a su progenitor, pero no puede liberarse de su sombra. Por eso cree verlo en un sauna atiborrado de lujuria y desconocidos, por eso se materializa en el momento en que el muchacho, huyendo de su yugo protector, se enfrenta a la calle, a la oscuridad, a los peligros que han desmembrado a los de su clase. Si nos apoyáramos de las teorías freudianas, podríamos concluir que este personaje, que tiene en su padre también a su madre, ve confluir en un mismo sujeto su respaldo y también a su oponente. Por eso en la escena en la que la policía dispara a los curiosos mientras recogen los cadáveres que han sido masacrados en el ataque, el narrador cree que su padre ha sido alcanzado por una bala: “Entonces paro, me divido: pienso que no soy capaz, me digo que soy fuerte. Camino, paro… Elijo seguir. “¿Papi?” Desbordado vuelvo a llamarlo “¿Papi? Y entretanto me sigo dividiendo: no sé si alzar la voz y saber con certeza, que podría oírme, o si lo llamo despacio, pasito, para que exista una posibilidad: que mi padre no responda porque no alcanza a oír”. (p.137) Esta división del personaje parece corresponder al miedo de que su padre haya muerto, pero también podría ser la expresión de su deseo de que el padre muera, y al mismo tiempo, la culpa por desearlo. El también psicoanalista Hans Loewald concluía que la resolución del Complejo de Edipo atiende a las demandas de la formación del yo, y que la resolución de este conlleva a la emancipación del individuo. Aceptando esto, nuestro protagonista se encuentra atrapado en un esfuerzo por definirse, pero también ante la imposibilidad de liberarse, una dualidad que se ve reflejada en la desinhibición que experimenta cuando se ve fuera del hogar, y la vulnerabilidad que lo embarga al estar junto a su padre. Esto también explica el interés reiterativo que sufre ante los hombres adultos, sucedido de la tendencia a ignorarlos. A través de ellos expresa las emociones conflictivas que le evoca su padre. Al final, la desaparición del padre otorga al protagonista el control absoluto sobre sí mismo, el cual ejerce cuando conserva la voz de su padre en una grabadora, pero no la hace sonar. Aunque desolado por el dolor, ha obtenido por fin el control, la autoridad para regular el mando de su padre, su influjo sobre sí mismo. El símbolo de esa liberación es su visita al parque de diversiones, y su decisión de montar una máquina que lo lanza por los aires, algo que nunca hizo mientras estuvo con él.

De este mismo modo se desarrollan otros elementos interesantes que merecen ser mencionados: La muerte aparece de un modo particular, desprovista de todo el misterio y la solemnidad que se acostumbra. La muerte emerge no sólo para marcar el final de la vida, también para señalar las fisuras que la atraviesan. Esta mirada de la muerte va conectada con la restricción de los elementos religiosos, únicamente representados en Olguita, una ferviente creyente, hipocondriaca y farmacodependiente. Teniendo en cuenta que es un área de interés académico para el autor, resultan interesantes la aparición de dos personajes queer: Ramón – Ramona y Luna, dos seres ambiguos que rompen la barrera del género. Sin embargo, al final queda alguna sensación de que el universo interior de estos personajes no tuvo una exposición profunda en el desarrollo de la novela, quizá es la manera que el autor ha encontrado de decirnos que esa disidencia de los esquemas patriarcales y heteronormativos no es un aspecto que merezca la atención que generalmente le concedemos.

Mi conclusión al terminar esta novela es que la orfandad no es estado circunstancial, sino constante en la vida del hombre. Nuestro paso por el mundo es una progresiva toma de distancia, nos alejamos de los padres que nos concibieron, de los espacios que nos han acogido, las prioridades que nos han impulsado, y con todo ello, también vemos desvanecerse a aquellos que fuimos en algún momento. Un mundo huérfano pregona que no somos algo distinto a una materia cambiante, que persigue nuevas búsquedas, aunque carguemos con una estela de fragmentos de aquello que nos acompañó un tiempo atrás.