Procrastinación, la palabra más extraña del mundo. Es la feliz costumbre de postergarlo todo. Salvo psicopáticos ejemplos, la personalidad humana tiende a dejar las cosas importantes para después. Incluso quienes se ufanan de su rigidez mental y de sus calvinistas maneras procrastinan todo el tiempo. Las tareas, los descansos, los encuentros, los adioses, las confesiones, los perdones, las confrontaciones, los pagos, las victorias, las conmociones, las aniquilaciones, las rebeldías, urgencias que confían al porvenir. Mañana. Cinco minutos más. Cuando se acabe el partido. El año entrante. Cuando cumpla 40. Un día de estos.

La mayoría de las veces procrastinamos con toda la razón del mundo. ¿Quién quiere enfrentarse, justo después de degustar una exquisita comida, con los desechos amontonados en el lavaplatos? ¿A quién se le ocurre que resulta cuerdo adelantar un trabajo de oficina para ahorrarse un tiempo que igual desperdiciará al día siguiente en el mismo escritorio de miseria? ¿Cómo no mandar al carajo las obligaciones de un martes cualquiera y quedarse acostado para siempre disfrutando de la tibieza del cuerpo elegido?

Sin embargo, pecamos aplazando lo fundamental, escudados en nuestra alegre confianza en el futuro.

Conozco a un hombre que no encontraba el momento justo para decirle a una mujer que la amaba. Las semanas se convirtieron en años y ella terminó casándose con un imbécil al que apenas soportó por unos meses. El indeciso se fue a vivir después con una bruja a quien detesta, y al día de hoy sigue buscando la ocasión propicia para echarla a la calle con todo y escoba.

Una amiga, talentosa y vivaz, se pudre en una oficina en la que lleva estancada 18 años, mal pagada, mal aprovechada, con los sueños menguados y el gesto de vieja prematura. Nunca tuvo el valor de decir basta. “Mañana lo tendré”, se decía cada tarde. “¿Quién me paga las cuentas si me voy?”, se contestaba en medio del insomnio. El año pasado, a la medianoche del 31 de diciembre, se hizo la firme promesa de salir de esa mazmorra “máximo en abril”. Esta mañana se sentó en el mismo cubículo de hace 18 años a las ocho menos cinco.

En 1977, un niño cerró el libro de Stevenson y decidió que sería escritor algún día. Se probó a sí mismo en un par de hojas de cuaderno y le gustó el resultado. Ahora a leer otra cosa. Y luego a dormir. Y luego al fútbol en la calle. Y al colegio y sus matanzas de almas. Cuando lea más. Ya habrá tiempo. Hay vida por delante. El niño ya no era niño cuando su cuarto estaba repleto de libros leídos y releídos. Libros y colillas y esperanzas. Y cuartillas de ensayo para tentar al sustantivo y a la coma y al verbo disipar. Pronto estaría listo. Ahora a dormir. Y al fútbol en el parque. Y a la universidad llena de gente inocente. Y a los vientres que tiemblan. Cuando el hombre acunó en sus brazos al primero de sus hijos y supo que le rompería el corazón mil veces y mil veces se lo devolvería intacto comprendió que aquello de escribir iba a demorar un poco más. Pero no había prisa. Unos años para madurar la mano no estaban mal. Ahora al fútbol por televisión. Y a pagar las cuentas. Y a cargar los insomnios en los hombros. Después de las rudezas, los golpes, la sonrisas apagadas, los callejones, las lluvias, las multitudes en contra del viento, las visiones, las crianzas, las traiciones, las verdades a medias, las verdades completas, las mentiras verdades, los recuerdos de las palabras en los libros, las páginas sensatas, los viajes, los maestros, las mujeres que se fueron, las muertas, las recuperadas, las perdidas para siempre, los amigos, las frialdades, las tristezas y, finalmente, el amor reconocido y encontrado en la madurez, justo a tiempo, cuando ya no se es preso del ímpetu y de la soberbia, el hombre estaba listo para disparar las millones de frases atragantadas por casi cinco décadas. Solo era cuestión de arreglar unos pocos asuntos, un par de meses a lo sumo y a sentarse por fin frente a la pantalla para decir lo que hay que decir. Poco antes del día cero, del verdadero comienzo de su vida (unos meses o unos años o unos milenios, porque con este tipo no se sabía) tuvo un desvanecimiento sin importancia. El médico le recetó unas píldoras azules y lo tranquilizó prometiéndole un examen exhaustivo en unos días, cuando regresara de un congreso. Un jueves de lluvia cayó muerto en el asfalto de una calle sin gente a causa de un aneurisma que no había cedido a la extendida costumbre de la procrastinación.

(Imagen tomada de http://irisreyna.com)