Nunca he sido de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Reconozco, eso sí, que muchas veces me hubiera gustado vivir mi juventud en los Estados Unidos de la posguerra: aquellos años cincuenta que Hollywood ha idealizado en nuestras cabezas, y que -por eso- nos los imaginamos poblados de gentes prósperas y felices que se las pasaban de fiesta en fiesta oyendo y bailando esa música extraordinaria de las big bands. Pero con seguridad que la realidad era otra, plagada de racismo, homofobia, cacerías de brujas, enfermedades infecciosas, represión sexual y viajes largos, inseguros e incómodos.

Por eso, a la larga siempre concluyo que a medida que pasa el tiempo las cosas en general son mejores para un número cada vez mayor de personas: la gente ahora vive, con toda seguridad, más cómoda, libre y segura que hace 50 años. Y hace 50, más que hace 100. Sin embargo, en pequeños detalles, en asuntos más triviales, todo depende de los gustos. Y pienso que así como la modernidad nos ha prodigado unas posibilidades que no soñaba hace 20 años ni siquiera el más audaz escritor de ciencia ficción, también nos ha privado de algunos pequeños placeres que quizás conformaban algo parecido a la felicidad.

Hoy, en buena parte del mundo, cualquiera puede oír la canción que quiera en el momento que le apetezca: sólo se necesita teclear un nombre en un dispositivo móvil y -voilá- aparece en la pequeña pantalla, lista para ser escuchada, no sólo la versión que se estaba buscando, sino también un abanico de opciones diferentes de cuya existencia no se tenía la menor noticia. De modo que el interesado encuentra allí desde la versión original de la canción hasta la recién remasterizada, pasando por la que el artista cantó a dúo con otro famoso, la que interpretó en vivo en un concierto o festival, o el cover que de ella hacen otros de sus colegas en un ritmo completamenre diferente.

Eso en principio tiene su encanto. Es, de hecho, el sueño cumplido de cualquier melómano. Simplemente no tiene precio toparse, por ejemplo, con diez de las mejores canciones de Juan Gabriel interpretadas a ritmo de son cubano mientras se navega entre los laberintos que con cada click en Youtube se van formando cual ramificaciones de un árbol infinito.

Con todo, a veces me he preguntado qué hubo de aquellos días gloriosos cuando me carcomía la emoción por llegar a casa de un amigo que tenía tal o cual canción entre su colección de LPs, y que me era imposible oír a menos de que la tropezara accidentalmente entre las pacientes -y muchas veces estériles- búsquedas por los diales de la radio. La abundancia atortola, y el hecho de tener disponibles y sin restricciones -como las tenemos hoy- tantas opciones diferentes de una misma canción puede ocasionar que se pierda un poco la gracia. O incluso que se experimente una leve ansiedad al momento de decidir cual de todas poner.

He escrito todo esto porque hace poco, en la búsqueda que hice por varias librerías de la nueva novela de un amigo virtual, entré a Tango discos, la discotienda a la que yo era adicto cuando ir a comprar música era un programa que significaba un especial deleite, y donde desde hace poco -recordé- también venden libros.

No bien entré al local tuve una visión cuyo sacudón telúrico me mandó al pasado más nostálgico imaginable: pegados a las paredes había 10 o 12 estantes repletos de álbumes de vinilo que exhibían, como pavorreales disecados, sus majestuosas portadas. Me fui literalmenete encima de ellos para volver sentir ese disfrute de abatirlos hacia mí con una mano y con la otra ir sosteniendo la pila creciente de discos recién examinados con ojos excitados y anhelantes. Frank Sinatra, Paul McCartney, Willie Colón y otros gigantes de la música desfilaron frente a mi retina como fantasmas de tiempos mejores.

Quise decirle al dependiente que me los empacara todos. Poco o nada me importó que el álbum de Los más grandes éxitos de Piero y Leonardo Favio tuviera estampado en tinta de bolígrafo barato el nombre de Martha Palacio Osorio, con seguridad su antigua propietaria. Tampoco me importó el manchón de humedad que encontré en el ejemplar de Dimensión latina, el cual tenía en el anverso a un Oscar D'León con un bigotazo enorme encabezando el grupo de músicos vestidos todos iguales -con camisas de mangas largas de estampados sicodélicos y pantalones 'bota campana' de cuadros-, y en el reverso a La comprita entra la lista de canciones.

Pasada la impresión inicial, me concentré en encontrar un disco específico: Born in the USA, el álbum legendario de Bruce Springsteen, uno de mis cantantes favoritos de todos los tiempos. Era una deuda que tenía conmigo mismo, pues mi ejemplar de ese álbum, el cual yo cuidaba como si fuesen mis propios riñones, lo presté hace más de 25 años a un buen amigo que, quizás por las circunstancias del momento (yo vivía en Bogotá y él en Barranquilla), nunca me lo devolvió.

Después de media hora de búsqueda infructuosa entre los LP's de segunda mano, a uno de los dependientes se le prendió el bombillo y me trajo el disco nuevo, sin estrenar, recién prensado en Estados Unidos. Nuevo y recién prensado, sí, pero a un precio cuya compra sólo autoriza la irresponsabilidad de la añoranza.

No me detuvo ni siquiera el ser consciente de no tener un tocadiscos en el cual oírlo, porque creo que es bastante claro que no estaba comprando un prosaico pedazo de vinilo, sino un pasaje en la máquina del tiempo con destino a aquellos fantásticos e irrepetibles días de gloria que ya jamás volverán.

《Glory days yeah goin' back /glory days aw he ain't never had/glory days… glory days》