"Ejecutas una tarea y contestas al teléfono, respondes a un WhatsApp mientras cocinas, comes viendo Netflix e insultando a alguien en Facebook, preguntas cómo le fue en la escuela a tu hijo mientras miras el Twitter, conduces publicando una foto en Instagram, haces un trabajo mientras mandas un correo electrónico sobre otro y así sucesivamente".

Eliane Brum

¿Dónde ha quedado el tiempo para el silencio, para ser nosotros mismos? ¿Por qué esa obsesión por destacar, no ser “The man on the crowd”? Ante todo, ¿esa obsesión por no ser mediocres?

No hay mucho que decir a favor de la mediocridad. Es cómoda y no amenazante; a diferencia de la excelencia, no exige nada de nosotros. ¿Quién puede soportar la tensión de tener que ser brillante todo el tiempo, o de tener que tener cuidado de no decir una cosa trivial o evidente? Una persona cansada tras un día duro en el trabajo, lo único que desea, a continuación, es lo anodino, la no reflexión, en una palabra, lo mediocre. Eso de andar poniendo el cerebro a funcionar al 100 % todo el tiempo, esperando de ti lo mejor, no deja de ser desgastante, y asesino, si damos crédito a los estudios médicos que hablan del valor del descanso.

Mis vacaciones más largas duraron cerca de 10 días: un recorrido por el Perú, un país cuya gastronomía es de fama mundial. Conocí comidas deliciosas, preparadas en buenos y malos restaurantes, pero a los cinco días yo añoraba la comida de mi tierra, un huevo revuelto o un sándwich de jamón y queso. Además, siendo francos, después de ver sitios considerados como de las siete maravillas modernas, prefería las anodinas calles que recorro todos los días. Son hermosos, sí, pero hasta ahí.

La mediocridad es necesaria porque así sabemos realmente qué es lo mejor. Somerset Maugham lo expresó de manera brillante: “Un escritor mediocre esta siempre en su mejor momento”. Los mediocres realizan un servicio valioso: nos permiten actuar de forma rutinaria, benditos sean.

La gran multitud de mediocres vivimos condicionados por el lema: "O se es famoso o uno es nada”. Algunos nacimos mediocres, otros alcanzamos la mediocridad, y algunos la tenemos encima. No quiero presumir, pero cada vez que me ha tocado asistir a reuniones de trabajo termino diciendo cosas obvias y evidentes como si fueran revelaciones, o señalando lugares comunes a los que los oyentes están acostumbrados: en un comité, soy tan colorido como leer un directorio telefónico.

Hay cierto tipo de mediocridad que es muy perjudicial, en mi opinión: la mediocridad ambiciosa, que parece haberse extendido estos tiempos, donde la política parece extender sus tentáculos por todos lados. ¿Cuántas de nuestras discusiones, de temas médicos, por ejemplo, no terminan incluyendo la política? ¿O cómo al final cualquier discusión en Colombia termina incluyendo a Uribe, un animal político de gran ambición, pero de ideas mediocres? ¿Cuántos de nuestros políticos no son tan mediocres excepto en su avidez por el poder? ¿Entonces por qué nos gastamos nuestras neuronas discutiendo por cosas que sabemos que son accesorias frente a los grandes temas que enfrentamos? Un punto para el cual no tengo respuestas.

Si bien es cierto (como creo que es, aunque en realidad no puedo probarlo) que los mediocres ya no se contentan con seguir siendo mediocres, sino que buscan el poder o fama como nunca antes, se plantea la cuestión de porqué esto debería ser así. Los famosos quince minutos de fama de Andy Warhol. Mi respuesta sería que la gran capacidad de penetración, o incluso la intrusión de los medios de comunicación de masas en nuestras vidas, ha significado la muerte de la modestia y la humildad como virtudes sociales. Se debe ser famoso o no se es nada;  hoy, ser anónimo es sufrir una herida existencial. Esta herida se puede curar mediante avisos públicos (de ahí el atractivo de Facebook, Instagram, Tumblr o Twitter) o el ejercicio de figurar, del cual el poder es un ejemplo acabado. Toda modestia se considera ahora falsa vanidad, una máscara para la ambición y el autoavance; mientras que la humildad, si alguna vez es genuina, es una especie de traición a si mismo.

Viendo a la esposa de Trump en la Convención Republicana mis ideas sobre la mediocridad ambiciosa se reafirmaron. No tanto por el plagio, ni por las frases e ideas expuestas, sino por lo que representa la señora Melania. La esposa de un candidato o un político debe ser ejemplar en su conducta, hablar de cómo el trabajo duro es la fuente del éxito (y ella, tercera esposa de un millonario exitoso es un “ejemplo” a seguir), de la protección de los niños (estereotipo machista del rol de primera dama) y una serie de banalidades nada comprometedoras. Pero desea de corazón que su marido sea presidente, y ella primera dama; no tiene nada de malo esa ambición, pero prefiero a mujeres como Betty Ford, que admitió que no se preocupaba por la virginidad de sus hijas, y que confeso que era tan infeliz en el papel de Primera Dama, que se volvió una borracha contumaz; y al final estableció una fundación para el tratamiento del alcoholismo. Al menos era autentica. Doña Melania, en cambio, es un trofeo a la ambición de esa innoble mediocridad que encarna su esposo; y por ello, nada original.

La mediocridad ambiciosa abunda en la política. Combinar banalidad con evasivas es un talento necesario para gobernar sin que parezca que se desea hacerlo. Es un talento que es clave para avanzar en el mundo, y del cual carezco. Creo que no destaco en casi nada, lo que me hace un mediocre en muchos campos. Pero al menos carezco de esa ambición de figurar, salvo quizá escribir estas líneas mediocres. Espero que me perdonen por ello.

(Imagen tomada de http://lacosechadealmas.blogspot.com.co)