La France, la patria de los derechos humanos, de la revolución, la cuna de las libertades, país admirado por muchos y vilipendiado por pocos que nunca deja de sorprendernos, menos ahora al enterarnos de que en algunas poblaciones del país de Voltaire, Descartes, Victor Hugo y Edith Piaf no se les permite a las mujeres de creencia musulmana disfrutar del cálido verano mediterráneo en burkini. ¿El país del prohibido prohibir ahora prohíbe a los que todo lo prohíben?

Aheda Zanneti, libanesa radicada en Australia desde sus 2 años, fue quien parió al burkini por allá en el 2003. El nombre de pila del burkini proviene de la contracción de las palabras burka y bikini, las dos prendas de vestir (mi abuela seguramente diría que la última es más de desvestir) que la diseñadora fusionó para encontrar una solución de compromiso entre el Islam y las actividades veraniegas, entre la rigidez de lo religiosamente prudente y la flexibilidad que se requiere para disfrutar de los mundanales playa, brisa y mar.

El brutal ataque en Niza, perpetrado por un “soldado” tunecino del Estado Islámico (ISIS), en el que fueron asesinadas 85 personas y resultaron heridas más de 300 ha despertado sentimientos antimusulmanes en los galos. Este odio popular ha sido aprovechado por alcaldes conservadores para discriminar despiadadamente a los seguidores de Alá. Resulta que las mujeres ya no pueden disfrutar del verano francés con el burkini, con lo cual la vestimenta creada por la Zanneti con la intención de integrar al mundo a las mujeres musulmanas se convirtió en arma de segregación y exclusión. La diseñadora pensó en las restricciones que tuvo en su adolescencia para integrarse al mundo y no quería que sus sobrinas pasaran por lo mismo.

Una de las poblaciones que se suma a la polémica prohibición es Cannes, la misma ciudad donde Brigitte Bardot conmocionó al mundo con su desparpajado bikini durante el afamado Festival de Cine, por allá en el lejano 1953. ¿Cómo no quedar boquiabierto con la impactante modelo en sus dos piecitas blancas de florecitas? No es casual que la pieza fuera bautizada con el nombre de un atolón donde se realizaron pruebas atómicas: eso fue el bikini en nuestra sociedad occidental, una bomba atómica. Los argumentos con los que soportan la medida los burgomaestres de la Costa Azul son tragicómicos, por decirlo menos: apelan a la higiene, a mantener el orden y la tranquiliad social, y a un supuesto laicismo.

Si fuese por secularismo entonces habría que prohibir cualquier crucifijo expuesto en público, cualquier cruz de frente a pecho al pasar por un templo católico, por no hablar de demoler las descomunales obras arquitectónicas que fueron construidas en suelo galo para honra y gloria del Dios de la Santísima Trinidad. La medida por ahí no tiene asidero.

Si fuese por mantener el orden para evitar riñas entre musulmanes y cristianos o ateos, entonces lo primero que deberíamos prohibir es el alcohol, causante de muchos pleitos, lesiones, accidentes automovilísticos y demás manifestaciones de la pernicia. Por ahí tampoco se ve muy fuerte el argumento.

Por último queda el asunto de la higiene; complejo el tema, más viniendo de Francia, país cuyos nativos no se caracterizan precisamente por su profundo amor por el agua, el champú y el jabón. El burro diciéndole al conejo orejón. Si fuese por sanidad y aseo, el mar franchute quedaría más que vacío. En resumen, las tres razones de la prohibición no tienen ni pies ni cabeza.

Thierry Migoule, funcionario de la alcaldía de Cannes, fue mucho más lejos y sin esconder sus taras mentales declaró que el burkini era “una señal de adhesión al yihadismo". Se le zafó la cadena, sin duda. A mí no me gusta la religión islámica ni el burkini, pero prefiero que estas mujeres tengan la oportunidad de intercambiar miradas con el mundo occidental (a lo mejor algo se les pega) que condenarlas irremediablemente a sus arropijos y a sus mezquitas. Las prefiero bañándose en el mar con sus burkinis que sentadas en la arena con sus batones cual Sirenita de Copenhague o, peor, en sus casas, mientras que los pindonguitos de sus maridos sí pueden estar a pierna ancha en el mar y darse un sancocho de ojo con los pechos al aire que generosamente las europeas exponen en verano. A mí no me gusta tampoco el Nacional de Medellín, otra cosa distinta es que deba ser prohibido, que no pueda tener amigos hinchas del Verde.

La medida ha sido recurrida por organizaciones de derechos humanos y en contra de la islamofobia. Creo que la decisión final del máximo tribunal francés será clave como precedente para la relación entre países laico-cristianos y el mundo musulmán. Está más en juego que una simple moda; está en juego la tolerancia y el respeto por el distinto que no me está causando ningún daño con su vestimenta. Esperemos que la Francia que, para la humanidad, casi siempre ha sido un faro en estos temas, sea fiel a su pasado, a su prestigio y a la altura de estos turbios tiempos.

(Foto tomada de riadzany.blogspot.com)