Ayer, durante su programa radial de La W, Julio Sánchez llamó por teléfono al director del DANE, el economista antioqueño Mauricio Perfetti, para interrogarlo acerca de una encuesta practicada por esa entidad a estudiantes de once años de edad, cuyo fin era hacer un diagnóstico sobre las costumbres sexuales de los niños colombianos contemporáneos y el entorno en el que éstas se desarrollan. Lo llamó, pues, pero no a interrogarlo, que ahí me quedé corto, sino a que le rindiera cuentas a él por el lenguaje utilizado en las preguntas de la encuesta. Y por las preguntas mismas: "¿Usted cree que a un niño de once años se le puede preguntar que si ha puesto su boca en el pene de alguien, o que si ha tenido sexo en grupo?", protestó un escandalizado Julito. Y después pontificó: "Si el niño no está familiarizado con conceptos y actos de esa clase, eso es lo primero que va a salir a hacer".

No voy a entrar aquí a señalar que cualquier niño de once años que estuviese oyendo el programa a esa hora estaría en la misma situación que otro que leyera las preguntas de la encuesta. Lo que sí haré es preguntarme si en verdad el inquisidor Julito cree que un inverosímil y casto niño de once años, que ha sido lo suficientemente temeroso de sus mayores como para haberse mantenido al margen de todo asunto que tenga que ver con sexo, de repente, y sólo por leer esas preguntas, va a convertirse en un insaciable conejo ninfomaníaco.

Yo no lo creo. Y con seguridad Perfetti,  quien por lo demás debía saber lo que hacía cuando autorizó las pruebas, tampoco. Sin embargo, como ahora hay una tendencia generalizada a tratar de salirse por la tangente cuando alguien con algo de poder o popularidad pone el grito en el cielo por causa de un asunto que no considera adecuado, el flamante director del DANE empezó a gaguear como un sospechoso de homicidio al que le han puesto al frente las pruebas con su ADN encontradas en la escena del crimen. El tipo no daba pie con bola, y sólo cuando el jefe de los muchos fiscales radiales que nos toca soportar en Colombia le aclaró que en realidad a él no le parecía tan mal que se obtuviera ese tipo de información, el descompuesto y vacilante Perfetti intentó una tímida defensa de la medida tomada por la institución que dirige.

Pero, pese a esa actitud tan pusilánime y cobardona, en su mínima defensa voy a mencionar que a Perfetti lo acorralaron con una de las armas más letales concebibles en nuestro tiempo: los niños. O 'nuestros niños', como suelen llamarlos quienes los esgrimen como una lanza romana cuando llega el momento de rematar al crucificado de turno. (Sí: 'nuestros niños', 'nuestros campesinos', 'nuestros indios'…así, como si fuesen una mercancía que se puede mangonear al antojo. Casi nadie le pone, sin embargo, el pronombre posesivo a ningún negro. A menos, claro, de que se trate de un medallista olímpico).

'Los niños' -o más bien la 'defensa' de 'nuestros niños'- constituye el lugar común por excelencia con el que blanquean sus acciones u omisiones aquellos capaces de justificar las peores atrocidades. No hay sino que advertir la coincidencia entre las personas que se niegan a votar por la terminación de la guerra el próximo 2 de octubre y las que armaron aquel alboroto de padre y señor mío con el cuento de las supuestas cartillas pornográficas de la ministra Parody. Son, sencillamente, las mismas personas en uno y otro caso.

Lo curioso de todo esto es que esas personas que ven un Sodoma y Gomorra hasta en un juego de 'La botella' son también las mismas que cuando nadie les para bolas a los niños, cuando nadie se preocupa por hacer un estudio de sus vidas y sus costumbres ni por prevenirlos con una necesaria educación sexual, glorifican su propio pasado infantil como el único digno, como el único que valió la pena de ser vivido. Y son también las mismas personas que, en el colmo de la esquizofrenia a conveniencia, juzgan y condenan a los niños y preadolescentes de ahora, acusándolos de libertinos, irrespetuosos, huecos y pechichones.

Al fin en qué quedamos, ¿los niños y preadolescentes actuales son unos ingenuos angelitos que no son capaces de abordar esos temas tan naturales e inevitables como las relaciones sexuales -y por lo tanto hay que sobreprotegerlos-, o son -por el contrario- unos demonios lujuriosos y drogadictos que merecen ir a parar al tormentoso segundo círculo de los infiernos de Dante?

Adivino que muchas de las respuestas a esa pregunta consistirán en una serie interminable de improperios contra mí, que fui quien la formuló, y muy poco o nada que se relacione con su esencia. Sí, sí, ya lo sé, amigo lector: soy un maldito depravado, un comunista perteneciente al lobby gay que intenta volver homosexuales a todos los niños del país para que después puedan ser sodomizados con más facilidad.

Y ahora que ya me puso en mi lugar, amigo lector, puede seguir tranquilamente con su intachable vida de siempre.