Como muchas historias de ambición y tragedia, esta comienza y termina cubierta de mucha poesía. Cuenta la historia que los europeos, fascinados con las historias del veneciano Marco Polo que describían las riquezas de China y deseosos de las especias para condimentar su comida, buscaron el estrecho de Anian, que por el norte de Europa, permitía evitar la circunnavegación entre África y la recién descubierta América, ambas bajo dominio Español o Portugués. Si a ello le añadimos el dominio turco sobre el Mediterráneo Oriental, era natural que la otra gran potencia marítima de esos tiempos, Inglaterra, buscara caminos para llegar a China. Al final, a la ruta de Europa a China por el Ártico americano se le conocería simplemente como la búsqueda del Paso al Noroeste.

Desde el Siglo XV fueron muchas las expediciones que buscaron dicho paso, pese a la gran dificultad que implicaba navegar por los hielos árticos. La historia, pero sobre todo la geografía, recuerdan a muchos de aquellos que buscaron dicho paso: Cabot, Barents, Frobisher, Baffin, Bering, Hudson, Vancouver, Ross, Franklin, nombres que repetimos como lugares o ciudades, honran a aquellos que dejaron parte de su vida, o la vida misma, en esta empresa. Nunca se desfalleció: relatos de sobrevivencia, mitos de fracaso, derrotas con dignidad, alimentaron durante siglos esta búsqueda. Entre estas historias, destaca la expedición perdida de Franklin, cuya desaparición en 1848 produjo un auténtico terremoto en la Inglaterra Victoriana.

Marino de vieja data, veterano de las guerras napoleónicas y de la guerra de 1812 entre EE UU e Inglaterra; afincado en Canadá, la obsesión de John Franklin fue encontrar el llamado Paso del Noroeste por este territorio, para lo cual había participado en varias expediciones que le permitieron conocer de primera mano el sitio al cual se enfrentaba. Después de una estadía en Tasmania de 7 años, Franklin, finalmente pudo cumplir una meta soñada: dirigir una expedición bien equipada para hallar el Paso del Noroeste. Tenía 59 años y sentía que el tiempo se le estaba acabando. La expedición salió de Gran Bretaña en 1845 con 129 hombres y los navíos de última generación: los HMS Erebús y el HMS Terror. Parecía este último un nombre maldito en la armada, después de que nueve barcos se hundieran con ese nombre en el casco. Pero Franklin tenía razones para ser optimista: sus barcos estaban equipados con proas revestidas de hierro, usaban la nueva tecnología de motor a vapor, tenían camarotes con calefacción, una biblioteca llena de novelas de Charles Dickens y Oliver Goldsmith, y suministros de comida para tres años. La misión consistía en encontrar y trazar el Paso del Noroeste y la expedición parecía –al menos sobre papel– lo suficientemente preparada para todo lo que el Océano Ártico le tuviera preparado.

Pero la expedición y sus hombres, simplemente desaparecieron, al igual que los barcos. Gracias a la insistencia de su mujer, a una generosa recompensa y a las baladas y poemas que elogiaban a Franklin, y que a la vez eran una generosa invitación a los valores victorianos, los exploradores británicos y la marina real, buscaron durante décadas rastros de la expedición perdida. Se contaron 14 misiones y poco se consiguió. Se insinuó que algo maligno habitaba en esos hielos o que se los había tragado una grieta. "Es como también funciona el mito del Triángulo de las Bermudas. Hubo mucha especulación y fue algo que la gente seguía en los folletines y diarios de la época".

Como en la inexplicable desaparición del vuelo de Malasya Airlines MH-370, algo se encontró: las tumbas de tres marineros; algunas notas aisladas donde se señalaba que Franklin murió en 1847, posiblemente de una enfermedad cardíaca y que por instrucciones de su sucesor, Crozier, se abandonaron las naves Erebus y Terror, atrapadas en el hielo. Pero de los marinos, nada. Como el MH-370, la prensa alimento historias fantásticas de muertes por envenenamiento con plomo, escorbuto, de relatos de los indígenas sobre canibalismo entre los hombres blancos, motines, revueltas, historias de asesinatos que surgieron, sin llegar a una conclusión final. La prensa abundó en relatos de heroicidad de Franklin y sus hombres, muriendo en medio de un invierno interminable. Esto alimentó el mito. Finalmente un noruego, Roald Amudsen, cautivado con la historia de la desdichada expedición de Franklin, lograría cruzar con éxito el paso, en 1906.

Con todo, la suerte de Franklin y sus hombres permaneció casi desconocida y olvidada hasta hace muy poco. En el 2014 se encontraron los restos del Erebus y el pasado 12 de Septiembre los del HMS Terror, hundidos. Una expedición de la Artic Research Foundation informó que habría encontrado en relativo buen estado el segundo de los dos barcos de la expedición de Franklin al Ártico y que finalmente uno de los misterios más profundos que guardaba esta área, podría quedar resuelto.

"Hemos entrado el comedor y trabajamos para llegar a la sala de almacenamiento de alimentos donde se ven placas y latas. Hemos visto dos botellas de vino, mesas y estanterías vacías", explicó emocionado Adrian Schimnowski, el director de operaciones de la fundación al periódico inglés The Guardian.

El barco se encontró en relativo buen estado, a poca profundidad; al final, las investigaciones indican que el HMS Terror, fue abandonado y la tripulación reembarcada en el Erebus, en un esfuerzo para evitar quedar atrapada en el hielo. No fue posible. Una nota encontrada en 1859, fechada el 25 de Abril de 1848 y firmada por Francis Crozier, segundo comandante de la expedición, indicaba que 3 días antes se había abandonado los barcos, con él al mando, ya que Franklin había muerto el 11 de Junio de 1847, y hasta la fecha debía lamentar la muerte de 9 oficiales y 15 hombres. En ella también expresaban su deseo de bajar por la corriente del Back River hasta un puesto comercial seguro de la Hudson Bay Company. Eso era todo. Hasta hoy que se encontraron los restos del HMS Terror y quizá se pueda  resolver el misterio.

Ninguno volvió, y para las generaciones, había nacido un mito: una marcha hacia la muerte de los marinos de la Armada Real tratando de salir del Ártico, un destino aceptado con estoicismo y valor victoriano por ellos. Al fin y al cabo, eran hijos de una época que les canto así:

“No estaban allí para replicar.

No estaban allí para razonar,

No estaban sino para vencer o morir.”