Por Germán Arango Ulloa

NOTA DEL AUTOR: Este texto va como un homenaje a mi compañera de toda una vida, mi esposa, mi novia, mi amante, mi amiga consecuente, Anita Díaz, quien además del dolor físico que soportó durante los últimos años de su vida -agravado por la corrupción criminal de la autodenominada Empresa Prestadora de Salud (EPS) Cafesalud-, y quien partió hace unos días hacía la vida eterna, siempre vivió adolorida espiritual y moralmente por la crueldad de la guerra.

“Dolorido... fatigado de este viaje tan aciago de la vida, he pasado por las puertas de mi estancia, y una historia me contaron las acacias: Todo ha muerto: la alegría y el bullicio, los que fueron la alegría y el calor de aquella casa, se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma, se marcharon para siempre de la casa...”.

Creo que nací y estoy seguro que crecí escuchando a mis abuelos y a mi madre cantando Las acacias, una canción evocadora y triste compuesta a comienzos de los años 1920’s, y una de las muchas que en Colombia recuerdan las épocas violentas que ha padecido este país desde los tiempos de la conquista, la colonia, la independencia de los españoles y otras guerras surtidas.

Hoy, a mis 66 años y después de muchas, demasiadas guerras cantadas y contadas, cubiertas, presenciadas, vividas, lamentadas en los sitios mismos del terror y el dolor, en caliente, en vivo, en directo, en color, olor y sabor, me apena decir esto pero tengo que hacerlo para calmar un poco el dolor que me agobia por estos días: el plebiscito para refrendar el acuerdo que le pondría fin a la guerra de más de medio siglo con la guerrilla pro marxista de las “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia” (Farc) se ha convertido para muchos colombianos –demasiados, diría yo— en una contienda en la que con ansiedad quieren ver perder a la paz.

En efecto, esos colombianos que en su inmensa mayoría solo han oído y visto la guerra por radio o televisión desde la comodidad de sus casas están pendientes del más mínimo movimiento que se haga en favor de la opción del Sí a los acuerdos en el plebiscito; están alerta para desviar la atención e impulsar el No a como de lugar.

Sí, porque a diferencia de lo que por lo general sucede cuando en otros países donde se han alcanzado este tipo de acuerdos (El Salvador o Suráfrica, por ejemplo), y en los que se hizo todo lo posible para que la noticia se expandiera y todos los interesados pudieran verla y disfrutar con el acontecimiento, en Colombia algunos personajes –los ex presidentes Álvaro Uribe Vélez (hoy senador) y Andrés Pastrana, y el ex procurador Alejandro Ordóñez y sus seguidores, que los tienen y bastante, entre otros muchos— hacen hasta lo imposible para que la paz no se asome.

Por eso –entre otras cosas y de manera paradójica—, se le sigue echando leña al fuego de la guerra. Aunque es leña seca, por supuesto, para que no haga humo y queme sin dejar rastro. Esa leña seca es la misma que se ha arrojado a la candela eterna en que se ha venido cocinando desde siempre la violencia, también perenne, que se padece en Colombia.

Son la leña y el humo espeso del fraude, del despilfarro, de la estafa, del engaño, de la corrupción y las mentiras desbocadas y generalizadas. Son el humo y la leña abrasiva del robo, de la codicia y de la arrogancia. Son el humo y la leña banales aunque dañinos de la intolerancia, del racismo, del machismo, del fanatismo religioso y político, del sexismo, del clasismo y la discriminación. Es la leña quebradiza de la ignorancia, del oportunismo, del soborno y de la sumisión. Son la leña y el humo también contaminantes, que carecen de solidaridad y abundan en indolencia. Es la leña encendida de envidia, de egoísmo… y de todos los demás odios.

Es la leña, en fin, que arrojan al fuego de la violencia los que no quieren que haya paz, porque le temen. Y como le temen, viven reviviendo o inventado fantasmas para asustar a los que sí quieren ponerle fin a esta guerra con la esperanza de que haya un poco de paz, o por lo menos, de menos muertos, heridos, secuestrados, desaparecidos, despojados y desplazados: de menos sufrimiento en general. Entre esos espectros figuran el de los “sapos que habrá que tragarse enteros” para alcanzar un exiguo sosiego.

Se advierte entonces que las Farc asesinaron, robaron, reclutaron a la fuerza, engañaron, desaparecieron, secuestraron, torturaron, traficaron, desplazaron y violaron.

Se olvidan esos detractores –o peor aún, ignoran o no quieren acordarse– de que los reyes católicos, Cristobal Colón y sus conquistadores, y poco después Simón Bolivar, Santander, Sucre, Córdoba, Girardot, Ricaurte y sus patriotas asesinaron, robaron, reclutaron a la fuerza, engañaron, desaparecieron, secuestraron, torturaron, traficaron, desplazaron y violaron. Que el partido Conservador de Laureano Gómez, Mariano Ospina, Guillermo León Valencia, Misael y su hijo Andrés Pastrana, y sus Chulavitas y Pájaros asesinaron, robaron, reclutaron a la fuerza, engañaron, secuestraron, desaparecieron, torturaron, traficaron, desplazaron, violaron. Asimismo que el partido Liberal de Alberto y Carlos Lleras, Julio César Turbay, y sus Cachiporros y Gavillas, asesinaron, robaron, reclutaron a la fuerza, engañaron, secuestraron, desaparecieron, torturaron, traficaron, desplazaron y violaron. Que también Álvaro Uribe Vélez sus cooperativas Convivir de las Autodefensas Unidas de Colombia, los narcotraficantes y paramilitares Escobares Gavirias, los Ochoas, Popeye, los Castaño Gil y otros Uribeños, asesinaron, robaron, reclutaron a la fuerza, engañaron, secuestraron, desaparecieron, torturaron, traficaron, desplazaron, utilizaron motosierras, desmembraron, descuartizaron y violaron. Que igualmente organismos del Estado como el Ejército, la Policía, las agencias de Seguridad y otros funcionarios, así como cientos de directivos de empresas privadas actuaron a nombre propio o colaboraron para que hubiera asesinatos, falsos positivos (ejecución extrajudicial de estudiantes, campesinos, indígenas, mendigos, desempleados, drogadictos y enfermos mentales que después de muertos fueron hechos pasar como guerrilleros muertos en combate), robos, reclutamientos a la fuerza, engaños, secuestros, desapariciones, torturas, trafico de estupefacientes, lavado de dinero, desplazamientos y violaciones. Algunos pocos –muy pocos de ellos— lo hicieron en nombre de las libertades y la justicia social, otros –los más— lo hicieron en nombre de su dios y las buenas costumbres: la santa inquisición, la avaricia, la envidia, el egoísmo, la rapiña, el racismo, la insolidaridad y, claro, el buen vivir... para ellos. Puestos a escoger, los sapos que habrá que tragarse para ponerle fin a una guerra, son puras ancas de rana gourmet. ¡Bon apetit!

Los enemigos del fin de esta guerra, sin embargo, claman y hasta rezan con sentidas letanías por la la paz, la paz suya, la de ellos.

Se han puesto de moda, en efecto, los grupos de oraciones de los que rezan, entre otras cosas, por la paz… la paz para ellos, se entiende. No para los demás, porque eso no es rentable.

Sí, porque no es que las congregaciones de los grupos de oración sean algo novedoso o inútil, sino que quienes ahora las han puesto de moda son, de manera precisa, los menos interesados en que haya paz y los menos útiles para ésta.

El ejemplo más elocuente lo estuvo dando el mismísimo ex procurador general (procurador cardenal, le decían) de la nación, Alejandro Ordoñez, el “audaz”. Desde su casa, es decir desde el edificio de la procuraduría (despacho cardenalicio lo llamaban otros), rezaba a coro con un grupo de oración de señoritas “bien”, es decir de clase alta, o de la “jai” como dice la “guacherna” o “populacho” , vulgo pueblo, con el cual los de la “jai” no sólo se niegan a compartir aunque que sea las migajas de sus riquezas, sino que lo han esclavizado desde siempre con base en el pago de salarios miserables. Y también ¿cómo no? con la evasión de impuestos que deberían servir para obras de beneficio común; y de engaños, y de fraudes, y de estafas… y de campañas electoreras. Pueblo, digo, al que le han negado la justicia social, es decir, la educación, la salud, el trabajo y la vivienda dignos: las oportunidades todas. A ese pueblo al que, por el contrario, han enfermado y embrutecido a punta de “Empresas (privadas) Prestadoras de Salud” inoperantes, corruptas, asesinas; que han maltratado y torturado con trabajos en condiciones inhumanas, de polución y de contaminación, de sermones y homilías, de “telebobelas” y de noticias sesgadas y mentirosas y desinformativas. Y de “sesudos” analisis y editoriales “periodísticos” amañados, escritos por los mismos dueños de los periodicos, que son los mismos dueños de las revistas, que son los mismos propietarios de las emisoras y de los noticieros de radio y de televisión, y de las empresas editoriales, y de la presidencia, y de sus ministerios, y de las iglesias y de sus respectivas universidades, y de otras empresas privadas y públicas, y del país todo… ¡Ah!, claro, y de las señoritas de los grupos de oración.

Ese mismo grupo del palacio cardenalicio del procurador, con guitarra y pandereta, también ha sido contratado por las esposas de ciertos ex presidentes como Pastrana y Uribe –tan preocupadas ellas por la paz, pero que nunca han metido sus delicadas manos a la cartera para sacar una moneda de su fortuna y tirársela a un pobre— para que presente sus conciertos de oración un jueves sí y otro también. Y en ocasiones los viernes y los sábados, y a veces hasta los domingos y otras fiestas de guardar: todo un festival de rezo oral. Y también, claro, de fuegos artificiales. Así se ha pretendido desde siempre, y así se pretende ahora, ¿cómo no?, enceguecer el camino de la paz: con fuegos artificiales. A los presidentes de este país (Colombia, o Locombia, para los entendidos) siempre les han encantado, y a sus cortes de aduladores les fascina, y… ¿qué le vamos a hacer si son así, todos como tan facinerosos ellos? O, ¿será más bien fascinantes, o financistas fascinadores… o las tres cosas? No sé: puede ser una cuestión de semántica. En todo caso, la intención es la misma.

Andrés Pastrana, por ejemplo, para hacerse elegir en el cargo de presidente, se valió de trucos efectistas, aprendidos del expresidente Misael (q.e.p.d.), su padre y mentor, siempre tan sonriente él. Pero más aprendió de su paso de galán por el periodismo farandulero y de “impacto” que se consume en televisión. El más aplaudido de esos actos y el que le valió el apodo de “valiente” y, sin duda, le hizo ganar la farsa electorera, fue el de ir al monte a visitar al viejo y legendario guerrillero jefe de las Farc Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”.

Antes de convertirse en Manuel y mucho antes de ganarse el apodo de “Tirofijo”, Pedro Antonio era un campesino de lo más bien, pero la violencia, la intolerancia, el desalojo y la usurpación de siempre se lo llevaron para el monte. Al principio lo hizo para esconderse y tratar de que no los mataran a él, a su familia, y a sus compañeros, algo que, sin embargo, no pudo evitar: a su madre, tía y hermanas las violaron, las descuartizaron vivas y finalmente las dejaron morir desangradas los “Pájaros y/o Chulavitas”, policías y soldados “héroes de la patria” mandados por gobiernos de la llamada “hegemonía conservadora” como el del entonces presidente Guillermo León Valencia. “Tirofijo” me contó en una entrevista que le hice años atrás –y también lo dice la historia— que tuvo que presenciar todo escondido detrás un árbol. Después de eso se puso a organizar grupos para defender sus vidas, su honra y sus bienes: un puñado de tierra, tres vacas flacas y sin marido, una puerca parturienta y doce gallinas culecas… ¡Ah!, sí, y un gallo tuerto que cantaba con falsete, y una lora verde doctorada en política que le echaba madres a los diestros y a los siniestros —incluidos muchos de los mismos guerrilleros— generadores y/o alcahuetas de todos las violencias y, por supuesto, enemigos de la paz… porque viven de, por, y para la guerra. De esta se nutren y con esta dominan.

Un tiempo después, sin embargo, Marín ofreció rendirse, entregar las armas y claudicar su lucha a cambio de que le devolvieran el puñado de tierra y los animales que le habían quitado. La respuesta de Valencia fue bombardear y ametrallar la zona donde él y su gente se encontraban. Entonces nacieron las Farc y con ellas una de las guerras más cruentas que ha padecido Colombia.

Gau (c)