En días pasados el periodista británico John Carlin escribió una columna en el periódico El País reclamando por el silencio del futbolista James Rodríguez en el tema del plebiscito por la paz en Colombia. En términos muy duros lo tachó de cobarde por no tomar partido a favor de un bando o del otro. Carlin, en mi opinión, exagera cuando señala que “No cabe ninguna duda de que si la estrella del Real Madrid sigue el ejemplo de Nairo el resultado del plebiscito dejará de estar en cuestión. El “sí” arrasa.” Siempre he pensado que el apoyo de un famoso, es muy relativo en cualquier tema.

Y es que en Colombia, los famosos en cualquier campo han sustituido a los intelectuales en el debate público. Si hemos de creer a las redes, nos importa más la opinión de Margarita Rosa de Francisco, hacer atribuciones por la paz a Jaime Garzón, o la opinión de Popeye, el sicario, que, digamos, la pedagogía de Antanas Mockus o las columnas de un historiador como Eduardo Posada. En últimas, ¿qué cosa memorable tiene que decir James de la paz de Colombia? Tal vez nada, pero esperamos con atención que hable, como profeta divino. El famoso ha sustituido al intelectual y ello ha reducido la altura de la discusión de ideas, haciéndola banal, pero ante todo efectista.

No es nuevo, ni exclusivo del país. Esta tendencia mundial comenzó a crecer en la medida en que los artistas empezaron a participar apadrinando las causas nobles, buscando hacerlas visibles de forma rápida: Por ejemplo, Bono, de U2, era uno de los líderes de las campañas contra el hambre en África, y como tal hablaba en los organismos internacionales, y hasta al oído de Bill Clinton, Tony Blair y otros políticos de la época. Harrison Ford es uno de los campeones que advierten sobre el aumento de las emisiones de gases de invernadero, causados por la extracción de Palma Africana, en digamos, Indonesia; otro en la onda medio ambiental es Leonardo DiCaprio: el actor ha demostrado interés en la preservación del medio ambiente, no solo apoyando iniciativas, sino también a través de su propio ejemplo; habló en la ceremonia de entrega de los premios Oscar de cómo el cambio climático amenaza a la especie; además se compró una vivienda ecológica en Nueva York provista de techos amigables, paneles de energía solar y fabricada con muchos elementos reciclados; se vinculó al ex vicepresidente de los Estados Unidos y Premio Nobel, Al Gore, en su cruzada para advertir sobre el calentamiento global, y ha prestado su imagen y voz a documentales que señalan el daño causado al medio ambiente. Angelina Jolie en una época fue otra campeona de causas humanitarias que la llevaron a ser declarada embajadora de buena voluntad para la ACNUR, la agencia de la ONU sobre los refugiados (y  también a adoptar un niño camboyano). Qué decir de George Clooney, embarcado en una cruzada política para garantizar la independencia de Sudán del Sur. O en Colombia, Shakira con su fundación Pies Descalzos; o Juanes con Mi Sangre, que tratan temas siempre actuales como la educación o la protección de los niños.

En principio no está mal esta participación en causas nobles. Puede en ocasiones ser positiva, como cuando el artista presta su apoyo para hacer visible la que él cree es la amenaza de turno, los efectos de la catástrofe de hoy, y ayuda en la recolección de fondos para paliarlos, o cuando varias celebridades se ponen de acuerdo para desarrollar algún proyecto ambiental o social y obtener fondos (como la campaña We Are the world, dirigida por Bob Geldof, Quincy Jones y Michael Jackson para mitigar el hambre en Etiopía). Pero quedan dudas: la más importante es la sinceridad del famoso con la causa (que en últimas nunca sabremos). Creo que al final las campañas sociales se prestan para la banalidad y la autopromoción del famoso. En últimas, los famosos son imágenes construidas, viven de ellas, (y con las redes sociales más aun) encarnan personajes o se prestan a hacer publicidad de cualquier índole ajena a su área de trabajo. Un futbolista, por ejemplo, puede anunciar relojes, calzoncillos, apartamentos, lo que le permite estar en la mente de todos sin que eso haga mella en su imagen. Son, por definición, lo opuesto al intelectual, entendido como aquel que hace una reflexión crítica de la realidad y cuestiona las ideas de la sociedad donde vive. Lo lamentable es que pensar, y sobre todo reflexionar, parece que se hace cada vez menos, y el intelectual se va volviendo invisible; pero el famoso, por la razón que sea, sigue omnipresente y seguido por las cámaras.

Esa sombra de banalidad que recubre a la celebridad que se presta, por utilitarismo o nobleza, para visibilizar una causa noble, le exige, en contraprestación, pronunciarse sobre cualquier causa. Al final, si se pronuncia sobre algo, quien realmente responde es la imagen, porque no están en discusión sus ideas, sino la imagen creada. ¿Qué piensa realmente un famoso, sobre el Si o el No? No lo sabemos. Y si se pronuncia, lo hará cuidando su imagen, sus contratos, sus negocios. A veces simplemente es mejor dejar pasar una causa, porque no conviene a sus intereses. De allí que muchos artistas tomen como suyas causas alejadas de su realidad con la excusa de “visibilizarla”, cuando en últimas tal vez lo hacen para minimizar el efecto que puedan tener sobre sus negocios.

Volviendo a James, su silencio es ante todo una forma de cuidar sus intereses. Quizá esté amarrado y obligado por contrato a guardar silencio, pero ante todo, siente que al fin de cuentas no tiene nada que decir. Quizá sea mejor así. Es preferible aguantar las críticas de las redes sociales, (o las burlas, como en el caso del futbolista que anunció su apoyo alNo porque el acuerdo ignoraba a Jesucristo) y guardar  silencio, que tomar partido de forma pública. Al final, quizá ni le creamos, dudemos de su sinceridad y pensemos que a lo mejor su declaración es solo para una galería conformada por personas a quienes no les importará.