Por Diana Carol Forero

Hay tantas cosas que debí haber escrito hace tanto tiempo que intentaré ponerme al día, al menos con la que más me apremia por ahora: esta sensación incómoda de estar en deuda con mi conciencia, por no expresar con claridad el torbellino de ideas que me abruma en torno al tema de la paz. Quienes me han leído anteriormente saben mi historia; para quienes no la conozcan, solo acotaré de entrada que hice parte de las filas de las FARC y ahora soy una mujer en proceso de reintegración, lo cual no es precisamente motivo de orgullo para mí –lo primero no, lo segundo sí–. Por tanto, dejaré en claro que, por principio y por experiencia práctica, creo en las segundas oportunidades, creo en que si damos la mano a quien cae, este podrá levantarse mejor. Y es de eso de lo que quiero hablar. De los muchachos de las FARC, de aquellos que podrán tener esa segunda oportunidad que yo misma tuve, si el plebiscito de este domingo logra refrendar los acuerdos firmados con esa guerrilla en una ceremonia el pasado lunes.

Ese día, a eso de las tres de la tarde, estando en la oficina, recibí la llamada acuciosa de mi esposo, instándome a volver más temprano de lo habitual. En su tono de voz había algo de urgente súplica, que me hizo correr con prontitud a buscarlo. Llegando a casa lo encontré sentado frente al televisor en actitud expectante, hecho un nudo de nervios, casi temblando. Hice lo único que podía en ese momento: sentarme a su lado y tratar de tranquilizarlo. Acto seguido, unos minutos después, mi suegra nos llamó a contarnos cómo en su casita, en las laderas de uno de los suburbios de Ibagué, sus hijos y ella esperaban también la firma del acuerdo. Hablé con ella un par de minutos y pronto se dio inicio a la transmisión. Como yo lo vi, un bastante nervioso Timochenko pasó por todos los pasos del ceremonioso ritual, seguido por un tranquilo Juanma, que parecía haber nacido precisamente para ese momento. Luego, el ahora señor Londoño hizo su intervención a nombre de las hasta entonces FARC, y como en tantas reuniones de partido que tuvimos al interior de la guerrilla, escuché el interminable discurrir de los males del país ocasionados por la desidia y la corrupción, por la violencia de todos los actores del conflicto. Y entonces, sin previo aviso, el señor Londoño hizo lo que quizás todos esperábamos, habló del perdón. Dijo que las FARC ofrecían perdón a todos aquellos que habían sido lastimados por sus acciones, por todo el dolor que habían causado con ellas. Mi esposo no pudo más, y de repente lo escuché gemir todos los lamentos que su corazón había refrenado hasta ese momento y lloró un verdadero caudal de llanto amargo represado por su padre, asesinado por las FARC quince años atrás cuando él mismo, arrebatado desde los nueve años de su hogar, militaba a regañadientes en sus filas. Lo abracé y entonces lloramos juntos por toda su infancia y juventud perdidas forzosamente en el monte, por todo el miedo que tuvo tantos años, por su padre muerto, por su hermana asesinada cuando fue a buscarlo en las montañas.

La familia de mi esposo ha sufrido como pocas esta pesadilla, de parte de quienes este 3 de octubre podrían iniciar su reincorporación. En esta familia, como en muchas otras, hay víctimas y victimarios, siendo difícil establecer la línea que separa con claridad a unos de otros. No hay un solo tono de negro o blanco, no hay buenos y malos, pues todos hemos sufrido el rigor de una guerra que nos escogió –como en el caso de mi esposo–, de una guerra a la que no pudimos habernos negado.

Recuerdo, por ejemplo, el caso de La Reina, una hermosa niña de dieciséis años que desapareció para siempre del mundo, mas no de mis recuerdos más sentidos. La Reina era huérfana: cuando tenía unos seis añitos un comando paramilitar entró a la finca de sus padres, golpeando y atando al padre para luego violar y asesinar a su madre. Su atribulado progenitor fue desde entonces alcohólico, posiblemente atormentado por el dolor y la culpa de no haber podido defender a su esposa de la brutal agresión que acabó con sus sueños. La Reina, desde lo más hondo de su corazón infantil, soñó con la venganza, y por eso rogó, suplicó e imploró a cuanta comisión guerrillera pasó por su finca, que la llevaran con ellos. Hasta que, cuando tenía unos doce años, alguno de ellos la llevó al campamento. Yo la conocí unos años después y para cuando me contó su historia llevaba ya cuatro años de estar en filas, sin haber llevado a cabo nunca la prometida venganza, sin haber disparado un solo cartucho más que en el polígono, pues por ser mujer, se le relegaba como a mí y como a muchas, a labores internas del campamento. Casi había olvidado ya la razón de su entrada en ese mundo de horror y muerte en el que empezamos a temer no poder despertar alguna mañana –pues cada vez eran más frecuentes los bombardeos– cuando en los primeros albores del 3 de enero de 2009, La Reina murió con su compañero de 17, destrozados por 250 kilos de explosivo y esquirlas que invadieron su sueño de recién enamorados.

Esa misma madrugada murió el “General Pucheque”, un niño de apenas trece años, que era querido por todos en el campamento. Pucheque también era huérfano, o al menos vivía como tal antes de ser guerrillero, con una pareja de ancianos que le había acogido en un corregimiento del sur del Tolima. Allí, Pucheque trabajaba desde los cinco años cogiendo café y ayudando en las labores de la finca, arreglando cercas, ordeñando vacas, entre muchos otros oficios que le eran encomendados. Pucheque trabajaba por la posada y la comida, sin derecho a retribución alguna, en una especie de esclavitud agravada por el hecho de su corta edad y de lo prolongado que había sido dicho martirio. Para cuando Pucheque tenía unos siete años estaba tan cansado de ese sufrir cada día sin descanso que no lo dudó ni un segundo cuando el comandante de la unidad de guerrilleros que iba pasando por allí le preguntó si querría irse con ellos. A diferencia de los ancianos con los que había vivido, conviviendo con los horrores de la guerra, Pucheque sintió un descanso que no había conocido; a pesar de las extensas caminatas y de las pesadas raciones que había que cargar, el niño pudo volver a jugar de vez en cuando y comer casi siempre tres veces al día como nunca lo había hecho. La última vez que vi a Pucheque iba saliendo del campamento bombardeado, delante de la escuadra guerrillera a la que pertenecíamos entonces, a las cuatro de la mañana, en medio del humo de las bombas y el ruido estremecedor de los helicópteros que preparaban el desembarco. Asustado, pues era la primera vez que algo así le ocurría, se perdió del resto de la unidad y fue a salir a una casita que unos civiles tenían en un filo, pero apenas asomó allí, los soldados que ya habían desembarcado le dispararon desde lejos. Si hubieran dejado que se acercara un poco al menos, habrían visto que era un niño y no le habrían hecho daño, eso creo yo. Pero descargaron en su cuerpecito delgado y frágil, aún infantil, tal cantidad de proyectiles que, según contaban los habitantes de la casa, los mismos soldados lloraron cuando llegaron a su lado y lo encontraron agonizando para descubrir horrorizados que era un niño.

Historias como esta aún me hacen llorar cuando las recuerdo. Historias como la de mi esposo, historias que no son ningún cuento, que son parte de la realidad a la que nos ha arrastrado un conflicto vergonzoso y fratricida al que podremos darle punto final este próximo domingo en las urnas. Para que ninguna otra familia pase lo que nosotros, para que nuestros hijos puedan crecer sin el temor de repetir la historia de tantos muchachos de las FARC, estamos dispuestos a apostarle al perdón y a la reconciliación, y desde ya lo estamos haciendo.